Norteamérica 23. El pow-wow de Big River y día récord de jalones

Jueves, 21 de agosto. Edmonton (Alberta).

La primera noche en la reserva de Big River (a la que a veces llamaban Whitefish) fue bastante buena. A lo largo de ese día fueron llegando algunos asistentes e instalándose en la no señalizada ni delimitada “zona de acampada”. La cosa, en general, estaba tranquila. Tras acabar de consignar novedades e impresiones en mi diario de viaje, esa tarde no hice nada más salvo leer, dejar pasar el tiempo y mirar, tumbado sobre la escasa hierba, cómo el cielo se oscurecía y cómo aparecía la aurora boreal, de la que estuve disfrutando hasta que el frío, o tal vez los mosquitos, me obligaron a meterme en la tienda.

El martes estuvo marcado por una mayor afluencia de personal: espectadores, danzarines y músicos que, según llegaban, fueron acampando hasta casi llenar la zona. Como el espacio libre disminuía, pronto tuve cerca un par de vecinos. Unos eran tres indios adolescentes (dos niños y una niña, de entre 8 13 años), que se dirigieron a mí y con quienes me fui al lago para darnos un baño. Por el camino me contaron algunas curiosidades, por ejemplo qué bayas eran comestibles, cuándo estaban en sazón y cuáles eran más dulces. También me hicieron muchas preguntas, algunas bastante graciosas. ¿Y en España hay four wheelers? (Ellos los llamaban quads) [Aquí debí de confundirme en algo, porque un four wheeler es un 4×4, y no tiene nada que ver con un quad.] ¿Y hay coches? La chica se pasó todo el rato escupiendo, costumbre bastante habitual entre los indios. El lago tenía unas bellas, límpidas, cálidas y tentadoras aguas azul turquesa, aunque algo traicioneras: la pendiente de la playa era suave hasta la orilla, pero adentro se hacía bastante acusada y, cinco metros más allá, ya no hacías pie. Me llamó la atención que los tres chavales se bañaran con toda la ropa puesta. Allí estuve con ellos, refrescándonos del calor de aquel día (no tan fuerte como el anterior, gracias a la brisa), hasta que se cansaron. Adiós, precioso lago turquesa. Camino de vuelta, la niña -no se me olvidará- me gorroneó la toalla… ¡para ponérsela sobre la camiseta mojada! Y ni siquiera me dio las gracias. Los indios son así. Ya cerca del lugar donde estábamos acampados, yo no lograba ver mi tienda, y por un momento me inquieté; pero allí estaba: es que un equipo de indios, con tres fragonetas, se había establecido justo delante; con lo cual me quitaron las vistas y me cortaron la brisa, y a cambio me trajeron todo el humo de una hoguera que habían encendido justo a barlovento de mi puerta, apenas a cinco metros. Gente de mirada hosca y aspecto poco recomendable, pero no me parecieron hostiles. Cuando más tarde les rogué que interpusieran alguna de sus fragonetas entre el fuego y mi tienda, me dijeron que “Ok, no problem, sure” y que en cuanto se hicieran con las llaves de una de ellas la pondrían allí. Pero luego pasaron de mí, porque el caso fue que no la pusieron.

A las siete empezó el pow-wow. Se trata de una especie de exhibición-concurso de trajes y danzas indias. Como más tarde me explicó uno de mis invasores vecinos, había tres clases de danzas: traditionals, fancy y grass dancers, cada una de un estilo diferente: la traditional, pausada; la fancy, rápida; la grass dance, ondulada. Para cada tipo usaban trajes de diferentes estilos. Los fancy dancers llevan dos coronas de plumas (cresta y cola) y plumeros en las manos; los grass dancers, cascabeles en los pies y muchos flecos; los traditionals van menos adornados, pero sus ropas me parecieron las más bonitas y auténticas. Me dijeron que algunos de esos trajes costaban hasta 3000 dólares. Cada equipo de danzarines tenía sus  propios músicos, que se ponían en dos círculos a ambos lados de la arena, y dentro de cada círculo había un único gran tambor que todos los músicos golpeaban a la vez que cantaban (si a eso puede llamársele cantar). Al ritmo de esta música bailaban los otros. De todas formas, lo que más me impresionó fue la entrada inicial, en desfile, formada por el conjunto de todos los bailarines, en procesión, moviéndose al ritmo de los tambores y los alaridos, y encabezada por cinco “grandes jefes” que enarbolaban los colores de: Canadá, EE.UU., la nación cree de Big River, otra cuyo nombre no pillé y -no te lo pierdas- Inglaterra. En dos palabras: im-prezionante. De hecho, es el espectáculo más pintoresco y colorido que he visto nunca. Estuve allí un largo rato viendo esos bailes, pero como la función no terminaba hasta pasadas las dos de la madrugada, antes del final me volví a mi ahumada tienda.

Por cierto: aparte de un matrimonio que había puesto un chiringuito, yo era el único hombre blanco que andaba por allí; o, por lo menos, no vi a ningún otro. Lo que sí vi fue indio algonquino: muy moreno de tez, pero con los ojos azules más claros que imaginarse pueda; casi albinos.

A mitad de la noche, o quizá ya de madrugada, me despertaron las estridentes, intermitentes e incesantes risas de las sqwahs del grupo vecino. Los indios son realmente divertidos y les encanta bromear y reírse; pero yo he tenido que dormir con los tapones puestos.

A la mañana del miércoles apareció mojada la lona de mi tienda: habían caido algunas gotas durante la noche. Busqué un rato a mi amigo Harvey (el camionero que me había llevado hasta Debden), pero no lo vi por ningún lado. Tampoco aparecieron las indias que me habían dicho que vendrían a buscarme. Así que, en vista de que el programa para los tres próximos días iba a desarrollarse -según me dijeron- más o menos en los mismos términos que lo ya visto, decidí que no me valía la pena quedarme allí. Doblé, pues, la tienda mojada como estaba y me marché.

Once lifts para ir desde Big River hasta Sherwood Park

El resto de ese día consistió en un verdadero rosario de lifts: nada menos que once en total; el récord en lo que va de viaje. Primero me dieron un corto jalón, hasta un cruce de caminos, un par de monjitas de la caridad, católicas ellas, de habla francesa y muy agradables. Después, un matrimonio me hizo un hueco imposible en su coche lleno de hijos y me aproximó hasta Debden. Allí me puse a hacer dedo en dirección oeste, hacia Victoire, pero como no pasaba nadie por ese lado cambié de idea y me coloqué en la ruta principal, dirección sudeste. Enseguida me recogió un tipo con un camión mecánico que me dejó en Shellbrook, donde retomé la dirección oeste. Al cabo de un rato, en  vista de que nadie paraba, me puse a caminar. Estaba ya a sólo un kilómetro del cruce hacia North Battleford cuando me recogió otro conductor, un exmilitar con una interesante conversación de la que apenas pude disfrutar -¡lástima!- porque él iba sólo hasta ese cruce. Allí -¡oh, milagro!- un matrimonio de granjeros (que son la fauna más miedosa que puede uno encontrar por las carreteras de Norteamérica) me llevó hasta Leask. Parecía gente culta, la charla fue entretenida, y dijeron estar encantados de haberme dado el jalón. El trecho entre Leask y Blaine Lake lo hice en un truck hecho mierda, a cargo de un par de jóvenes y marchosos indios cree en plan “puta madre, colega”; pero, la verdad, gente más amable no se puede encontrar. Al dejarme en el cruce de Blaine Lake me dieron, haciendo el saludo indio, todas sus bendiciones. De ahí hasta Speers me llevó otro indio en un truck nuevo; un tipo curioso y preguntón, pero vanidoso. El siguiente lift, bastante largo -hasta Maidstone-, corrió a cargo de otro indio, un tío de lo más afable y culto que trabajaba supervisando a excarcelados con la condicional y que renegaba de la destrucción del planeta. En Maidstone me recogió un cuarto indio, muy buena gente, que me llevó a Marshall y me ofreció su casa en caso de que no encontrase un nuevo ride, o directamente si así lo prefería; ofrecimiento que debí haber aceptado. Le prometí enviarle una postal desde España. El quinto indio del día me llevó desde Marshall hasta Lloydminster, y de ahí a Innisfree fui con un joven blanco, majete, químico de las petroleras, que conducía a toda hostia un Ford Mustang nuevecito, del paquete. Prometió dejarme en un punto cojonudo para hacer autostop, pero resultó ser una mierda: en plena autopista, donde los coches pasaban a toda velocidad.

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Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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