Conexión Lituania

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Desde hace semanas el calor es intenso y la humedad considerable, así que voy conduciendo en mangas de camisa; arriesgado, lo sé, pero ¿qué no lo es? A cada momento en la vida estamos decidiendo, acaso sin saberlo, a qué placeres renunciamos a cambio de seguridad. Aun con el traje de cuero, ¿no es más arriesgado viajar en moto que en coche? Y el coche, ¿no es a su vez más peligroso que el autocar? ¿Y este que el tren? Etcétera. Vivir es arriesgado. Quizá para compensar, conduzco a ritmo muy tranquilo, disfrutando la carretera, los paisajes, parándome cada dos por tres a sacar alguna foto.

Casa en el campo, adornada con una cruz. Lituania.

Casa en el campo. Lituania.

En estas latitudes y época del año –plena canícula– ya se empieza a notar la brevedad de las noches. Aunque estoy aún muy lejos del círculo polar –¿es ahí adonde me dirijo?– ya se advierte que el sol se acuesta después y se levanta antes que en España. También en la agricultura, más tardía, se notan la latitud y el clima: hace un mes que en Castilla los trigales amarilleaban, mientras que ahora empiezan a amarillear aquí.

Una granja típica cerca de Vabalninkas. Lituania.

Una granja cualquiera cerca de Vabalninkas. Lituania.

Lituania, el menos septentrional de los estados bálticos, es claramente más pobre que Polonia; menos desarrollado. Aquí no hay apenas otra riqueza que la de los sectores primarios, y me resulta curiosísima la maquinaria agrícola que utilizan, tan vieja que en España no se ve ya sino en los museos. Las casas de las granjas y otras construcciones rurales son todas de madera, antiguas aunque casi siempre muy bien cuidadas, bellamente pintadas, con jardines floridos y árboles ornamentales. El campo es aquí entrañable, aunque el campesino no parece hospitalario; su desconfianza es evidente. Desde el arcén le saco un par de fotos a una de estas bonitas granjas, y se me acercan dos mujereso protestando, no photos. Son altamente suspicaces hacia una cámara en esta parte del mundo, y no titubean en ponerse agresivos.

En general, encuentro a los lituanos algo hoscos, quizá poco acostumbrados al turista extranjero no eslavo.

Predominio absoluto de la madera en las construcciones rurales.

Predominio absoluto de la madera en las construcciones rurales.

Desde que he cruzado la frontera sur por Sejny viajo rumbo norte por carreteras secundarias, atravesando sembrados, pastizales y arboledas en un paisaje liso como la palma de la mano, que siglos atrás estuvo cubierto por ciénagas y aún hoy abunda en terrenos pantanosos. Esquivando Kaunas, la segunda ciudad del país, he venido a recalar en Kedainiai. Pero todo lo que es hermoso, incluso idílico, en las aldeas y pueblecillos, se hace feo en las ciudades o pueblos grandes como este, donde la mayor parte de los edificios son bloques cuadrangulares de ladrillo u hormigón, estilo soviético. Sólo su pequeño casco antiguo es bonito, con calles empedradas y viejas casas de madera.

Vista parcial de Kedainiai. Lituania.

Vista parcial de Kedainiai. Lituania.

Me doy una vuelta por este tranquilo centro histórico y escucho, en cada restaurante por el que paso, algún grupo de gente hablando ruso. Esto es muy corriente aquí. Por una parte los estados bálticos están llenos de turistas rusos, y por otra el 60% de la población lituana habla el ruso con fluidez. Indiscutiblemente, dicho idioma es más útil que ningún otro en esta zona de Europa. Se me ocurre pensar que, en un mundo global, estas lenguas tan extrañas y minoritarias, el letón y el lituano, tienen sus días contados. Son viejas ramas del indoeuropeo que ya no se parecen a nada ni son de utilidad internacional alguna. Fuera de ellos mismos, ¿quién va a aprenderlas? E incluso para ellos, el ruso es mucho más útil. Igual destino, desde luego, les depara al vascuence, al gaélico y a un largo etcétera.

En el hotel donde me he alojado hay dos ruidosos estadounidenses y cuatro no menos ruidosos polacos, como siempre algo bebidos y soltando kurwas (puta) por la boca. Oigo las voces de unos y otros justo bajo mi ventana. Una chica, probablemente natural de aquí, esconde su mal nivel de inglés abusando del fucking, del gonna y del wanna; ¡cosa tan típica!

Soberbia iglesia de madera de los Carmelitas. Kedainiai.

Soberbia iglesia de los Carmelitas, dedicada a San José. Kedainiai.

Por lo demás, es Kedainiai uno de esos pueblos llenos de testosterona donde el entretenimiento favorito de la juventud masculina es andar pegando derrapadas y acelerones con el coche; sistema de ligue que, desde luego, habrían abandonado hace mucho si no diese buen resultado con sus bellísimas mujeres —¡oh mujeres tan divinas!— al estilo soviético.

Jovencitas paseando junto al parque. Kedainiai.

Jovencitas paseando junto al parque. Kedainiai.

Ceno un plato de goulash en un restaurante cercano, atendido por una hosca camarera, y pido también una botella de kvas, esa bebida fermentada de centeno tan popular en los países bálticos y eslavos. En la mesa vecina hay una pareja extranjera. Me llama la atención encontrar tanto turista en esta ciudad pequeña y desconocida, cuyo único mérito es –creo– el de ser una de las más viejas en Lituania.

Anochece. Hay aún animada concurrencia en la terraza del hotel y me siento –solitario– a una mesa para tomar una cerveza. Unos extranjeros, altos y rubios como elfos, suben por las escaleras hacia sus habitaciones llevando cada uno consigo un enorme perrazo. Por suerte no son de los que ladran. Poco a poco las mesas se van vaciando y, al cabo, me recojo yo también a mi cuarto. Leo durante un largo rato y, antes de dormirme, tengo aún que sufrir más de media hora las destempladas voces, en la calle bajo mi ventana, de dos machos alfa que no han ligado esta noche y quieren hacer pagar a los vecinos por ello…

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Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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