El tormento

Los habían hecho tumbarse boca abajo, en paños menores, en el centro de una ampla pieza redonda y vacía, sobre el frío suelo de marmol grisáceo. A pocos centímetros sobre sus cabezas una plataforma de madera les impedía incorporarse, y le recordó al modo en que transportaban a los esclavos en los barcos negreros rumbo hacia América. En torno a ellos y la tarima, un salvaje de tez oscura guiaba a un caballo del ronzal, dando vueltas a paso ligero. Al extremo de la cola, el caballo tenía atada una cuerda que arrastraba, tres o cuatro metros tras de sí, una pesa de tamaño regular, como la cabeza de un mazo, forrada en apretada gamuza. En su caminar, el caballo agitaba la cola incesantemente de un lado a otro, de modo que la pesa al extremo de la cuerda recorría en zigzag, como un látigo, a gran velocidad y casi sin rozamiento, el suelo del aposento; como el disco en una pista de hockey sobre hielo o como en ese juego en el que dos contrincantes, a ambos extremos de una mesa totalmente lisa y limitada en su perímetro, intentan colar en la meta del oponente una ficha grande que se desliza y rebota con celeridad de vértigo al golpearla con un cilindro plano provisto de un asa. Por alguna extraña razón, entre sus cuerpos y el piso se interponía una escasa pieza de tela basta, pero la frialdad del suelo los atería igualmente.

A cada sacudida de la cola del caballo, la pesa viajaba por el suelo de un lado a otro, rebotando en las paredes y golpeándolos luego, bajo la plataforma, con redoblada inercia, lacerándoles la carne o machacándoles los huesos. Con mucha suerte, si tenían tiempo de verla venir y su escasa libertad de movimientos se lo permitía, podían intentar recibirla con daño menor en alguna parte blanda del cuerpo. En caso contrario, el golpe les arrancaba aullidos de dolor. El caballo y su guía daban vueltas y vueltas a la tarima de manera incansable. Como una especie de maldición eterna, aquel suplicio infernal parecía no tener fin; de hecho, él sabía perfectamente que no tenía fin, que era a perpetuidad, y se preguntaba si tenía sentido alguno seguir vivo. Lo mejor era recibir un golpe propicio en el cráneo y acabar en un instante; pero antes de recibir ese impacto definitivo -y acaso no llegara nunca-, su maltrecha anatomía habría de sufrir muchos otros, a cual más insoportable. Sus compañeros de infortunio le habían dicho, además, que le esperaban otros tormentos igualmente atroces que acabarían por quebrantarle el espíritu; que los salvajes le meterían los dedos en la boca para hacerlo vomitar hasta vaciarle por completo las entrañas; que habrían de infligirle torturas de manera inclemente hasta dejarlo exánime y todavía más, hasta privarlo de todo vestigio humano, hecho un despojo animal, un guiñapo envilecido y doliente. Y él sabía bien que no podría resistirlo. Su ánimo, apocado por naturaleza, estaba ya agotado tras una larga historia de angustia emocional, y en esta nueva situación se hallaba al borde del colapso. ¿Qué vida era aquella? Y sin más esperanza que la de seguir siendo torturado hora tras hora, día tras día hasta su total consunción, o durante un tiempo incontable, ¿para qué continuar existiendo ni un minuto maś? Quiso evadirse, esconderse de la realidad cerrando los ojos con fuerza…

Cuando los abrió, se encontró hacinado junto a los otros en un talud del terreno, sobre un parche de yerbajos. No podía más. La perspectiva de otra sesión bajo la tarima y todos los tormentos por venir acabó de derrumbarlo por completo. Se puso de rodillas y, con gran vergüenza de sí mismo (¿pero qué importaba ya?), imploró a sus compañeros que acabasen con él si tenían oportunidad, intentando explicarles las razones para pedirles aquella prerrogativa. Sabía que muchos de ellos, quizá todos, deseaban lo mismo que él, y temía que le reprocharan el mero hecho de solicitar ese privilegio: si alguno hallaba el modo de otorgar la muerte a otro, ¿por qué iban a favorecerlo a él antes que a los demás? Con lágrimas rodando por sus mejillas, ante un coro de ojos indignados, intentó despertar su compasión. Les habló de su completa soledad, de su desdichada existencia, de su total falta de esperanza, de sus interminables años de zozobra, y les suplicaba por favor, por favor, que acabasen con su vida. Algunas miradas mostraron cierta misericordia; otras permanecían inalterables, reprobadoras…

 * * * * * *

Se despertó sudoroso, boca abajo y sin almohada sobre la sábana algo húmeda, la cabeza torcida hacia un lado y el cuello entumecido. Esa postura -comprendió- y el dolor en el cuello explicaban el martirio bajo la plataforma y la dificultad de movimiento; pero la respuesta para todo lo demás no podría encontrarla en el mundo material: habría de buscarla necesariamente dentro de sí mismo.

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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2 respuestas a El tormento

  1. Julio dijo:

    Un relato kafkiano total ¿o es kunderiano? Vaya tortura!!

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