Lunes, 22 de septiembre. Motonave Queen of the North.
Es difícil escribir durante estas ajetreadas jornadas. Eventos y días se acumulan porque las ocasiones de recogerlos en el diario son escasas e inapropidas: un café rápido en un Tim Hortons, unos minutos de fría claridad en la húmeda mesa de un camping, etc. A ver si este trayecto en el ferry me provee del tiempo suficiente y adecuado para poner al día el cuaderno.
Tras depedirnos de Karl estuvimos un rato intentando conseguir jalón, pero en vista del fracaso -y de la hora- nos dirigimos al camping de la ciudad, llamado Mile 0 (como, por cierto, se llaman muchos otros lugares y negocios en Dawson Creek, ya que es el punto cero de la Alaska highway). Estaba convenientemente ubicado para nosotros, era bonito, limpio y barato. Cuando acabamos de poner la tienda nos metimos dentro y acomodamos nuestros cansados cuerpos como pudimos en el reducido espacio disponible. Pero no fue la estrechez, sino el frío de aquella noche despejada y el pudoroso espacio que dejamos entre los dos lo que hizo que ninguno durmiese bien. Espero que algún día llegue a saber [vana esperanza: hoy, cuando esto escribo, sigo sin tenerlo claro, pese a haber pensado a menudo sobre el tema durante estos últimos 23 años] si soy el tío más pusilánime e idiota que ha parido madre o, por el contrario, el más sensato, pero tanto mi ignorancia sobre lo que una japonesa espera del desconocido con quien duerme dentro de una pequeña tienda, como la total ausencia de señal o indicio, pista o gesto por su parte, inhibieron cualquier manifestación de lo que no sólo mi instinto, sino también el frío, me impulsaban a hacer; así que no me desplacé ni un centímetro, hacia crujía, de mi posición inicial, ni siquiera para evitar el lamentable desperdicio de nuestro calor corporal. Es posible que cualquier tentativa o tanteo -por no hablar de tiento- hubiese provocado su inmediato y quizá encendido rechazo, pero con estos japoneses nunca se sabe: esa cultura de la discreción, el mutismo y la inhibición de deseos, emociones o estados de ánimo tiene por fuerza que conducirlos, por no molestar u ofender, a privarse de lo que quieren. Cabe también dentro de lo posible, aunque tal vez no de lo probable, que la apatía de Mariko fuera sólo aparente y se debiese, precisamente, a las mismas consideraciones que me hacía yo. Sea como fuere, el resultado es que amanecimos arrecidos.
Entre unas cosas y otras yo apenas había dormido, así que cuando -ya de madrugada- la oí salir de la tienda, y viendo que tardaba en volver, eché su saco por encima del mío y conseguí entrar en calor, y hasta descabezar un buen sueñecito mañanero. Estaba desperezándome cuando Mariko regresó por fin: resulta que había ido a los aseos y, como tenían calefacción, se había quedado allí todo ese rato. Bueno está. Sin más demoras, levantamos el campamento en un pispás y nos fuimos a la carretera para empezar nuestra “jornada laboral”.
El primero en recogernos fue Jamie, un guapo joven que conducía una camioneta enorme, recién comprada de cuarta mano y arreglada para viaje el día anterior. Rubito él, travel mug en mano, con estéticos manchones de grasa por piel y ropa, su aspecto de casual descuido, su look “desastre”, me parecieron demasiado perfectos para ser involuntarios. Quizá quería parecerse a James Dean en Gigante, porque además trabajaba excavando pozos de petróleo para una empresa. Estaba divorciado y se dirigía a Prince George para visitar a su hijita, secuestrada por la celosa exmujer. Pero era simpático y a Mariko le gustó. Lo malo es que apenas se le entendía nada; como a Karl. Y lo peor fue que, a mitad del viaje, se jodió la camioneta: una zapata de freno trasera se había quedado bloqueada y se quemó, derritiendo la junta del diferencial y provocando una pérdida de aceite. Así que allí se quedó Jamie, en un taller mecánico, y nosotros nos quedamos sin un buen ride. Por suerte, al cabo de un rato levantando el pulgar nos recogió un hombre que también trabajaba para una petrolera, poco hablador pero la mar de atento. Nos invitó a café con donuts y nos llevó hasta la salida de Prince George, dejándonos junto al camping. El último jalón de ese día corrió a cargo de Pitt, un comerciante de maquinaria agrícola que nos llevó hasta Vanderhoof. Era rubio, usaba barba y llevaba un bonito sombrero de piel. Como Jamie, era divorciado y su hija vivía con la madre, lejos; pero la niña prefería al padre y dentro de un año, cuando cumpliese los doce, se mudaría a su casa por propia voluntad. A diferencia de Jamie, vocalizaba mejor y -sobre todo- no se quería tanto a sí mismo; claro que, ni era tan guapo, ni tenía una sonrisa tan cautivadora. Me gustó su rasgo de modestia cuando, hablando de que hay gente buena y mala en todas las razas, no se atribuyó la virtud, sino que dijo “yo intento ser de los buenos”.

De Dawson Creek a Vanderhoof con Jamie, Pitt y otro
El arbolado camping de Vanderhoof no estuvo mal y, aunque enfocado sobre todo a los RV’s, pudimos encontrar un lugarcito con césped -eso sí: muy húmedo- en que poner la tienda. Luego fuimos a comprar comida y, al pagar, la cajera del supermercado, que era bastante mona, se nos quedó mirando -sobre todo a mí- con una profunda curiosidad. Tuve el impulso de tirarle los tejos, pero me cohibió la presencia de una compañera suya. De todas formas, ¡vaya usted a saber!: tal como son las mujeres, si Mariko no hubiese estado conmigo quizá la cajera no me hubiese prestado la menor atención.
Volvimos al camping justo a tiempo para contemplar el ocaso. Más allá de los árboles, el sol se ponía sobre la lejana llanura conformando un bello paisaje, y por encima de nuestras cabezas el azul rosáceo del cielo boreal cobraba inusitada vida al poblarse de gansos que, migrando hacia el sur, lo surcaban en aflechadas, inacabables bandadas cuyos graznidos estuvimos escuchando durante varias horas hasta bien entrada la noche, al punto de que, por ratos, el ruido se volvía escandaloso. Calculo que pasaron decenas de miles.
Fue otra noche fría, pese a que unos nublados prometían hacerla templada; y además mi compañera de tienda se mostró igual de impasible que la noche anterior. Por la mañana fuimos capaces de encender un fuego y calentarnos así un poco antes de levantar el campamento.
El primer jalón nos lo dio una pareja de simpáticos chavales que nos llevaron hasta Fort Fraser, un diminuto pueblo. Al cabo de un buen rato de esperar allí, vimos que, desde el interior de un coche parado en una esquina, nos hacía señas un indio. Dejando nuestras mochilas en el arcén, nos acercamos para ver qué quería. Al llegar a su altura, el hombre nos preguntó: –¿Qué hacéis ahí? –Estamos hitchhiking hacia Prince Rupert. –Sí, pero ¿qué hacéis ahí? –Pues eso: hitchhiking. –¿Y no queréis un ride? –Claro. –Pues entonces, ¿qué hacéis ahí? Get the hell in! Me hizo gracia. Lo que el tipo nos preguntaba era que a qué esperábamos para subirnos al coche. Este hombre nos dio un buen lift hasta Burns Lake y, durante el trayecto, le hizo mil preguntas a Mariko sobre el posible interés que podría despertar entre el turismo japonés una empresa, que quería montar, dedicada a mostrar la vida y costumbres de la población nativa. Era un emprendedor que aspiraba a que los indios no recibiesen subvenciones del gobierno por no hacer nada, sino que tuvieran sus propias fuentes de ingresos. Nos dijo a qué etnia -de entre las decenas que aún quedan dispersas por Norteamérica- pertenecía él, pero no lo entendí bien. Lo que sí entendí fue algo sobre su modo de vida tradicional: salvo cuando salían a buscar alimentos, toda la tribu hacía vida social, cocinaba y dormía en una big house hecha de troncos. También nos dijo que los indios de aquella provincia (Columbia Británica) eran los únicos que no habían firmado tratados con el gobierno canadiense y que, por consiguiente, aún tenían reclamaciones de tierras pendientes de resolver.
Desde Burns Lake, el siguiente ride nos lo dio un chaval joven y simpático por cuyas venas corría –nos dijo– una mezcla de sangre checoslovaca, indoasiática e irlandesa. Era perito forestal, pero había pasado de trabajar por la naturaleza a trabajar contra ella, pues últimamente estaba empleado como leñador en el mayor aserradero del mundo: una compañía que aserraba árboles al escandaloso ritmo de sesenta hectáreas de bosque por día. Peleado con su gobierno, su país, su novia y hasta consigo mismo, quería “saltar del barco antes de que se hunda” y emigrar no sabía aún si a Japón o a Costa Rica. Nos pintó una imagen bastante negativa de Canadá: el 85% de su industria era propiedad estadounidense; se deforestaba a un ritmo mucho mayor del que se reforestaba (por lo que en quince años tal vez no quedase mucho por talar); y estaban arrasando el bosque con la excusa del escarabajo del pino, una enfermedad –introducida, sospechaba él, por las madereras o por el propio gobierno– que estaba matando árboles a gran ritmo; un país, además, que malgastaba sus recursos como un niño malcriado –fueron sus palabras– y que tenía un gobierno débil en manos del capital, si bien el sistema era más propio del comunismo, ya que las grandes empresas (hidroeléctricas y madereras, sobre todo) estaban coparticipadas por el gobierno federal o los provinciales. Era un hombre escéptico y decepcionado que, conociendo de primera mano los principales problemas de Canadá, pero carente de la energía o la iniciativa suficientes para tratar de hacer algo, prefería esconder la cabeza bajo tierra y emigrar. Vivía solitario en el campo, en un terreno de su propiedad que pensaba vender pronto por un buen precio. Quizá por esa soledad, en lugar de dejarnos en Houston, adonde se dirigía, nos llevó bastante más allá y, a mitad de camino, se desvió para darnos un tour por unas pistas forestales. Al llegar a Smithers, y antes de despedirnos, nos dio una vuelta por el pueblo, cuyo ayuntamiento estaba intentando –dado que la localidad carecía de una personalidad propia y definida– conferirle un aire suizo, aprovechando que en las montañas a cuyo pie se ubicaba había varias pistas de esquí. Y es cierto que la zona, gracias a la abundancia de ríos, lagos y unas empinadas montañas boscosas, a menudo coronadas por nubes de formación orográfica, tenía cierto parecido con Suiza. Esta parte del país es preciosa, y la estación del año acompaña mucho.

Tres jalones para ir de Vanderhoof a Smithers