Preámbulo
En esta nueva serie de posts, que tanto puede alargarse mucho como quedar en proyecto truncado, pretendo publicar la transcripción literal del diario de viaje que escribí durante mi periplo por Norteamérica entre junio y noviembre de 2003; una labor que he diferido por pereza y falta de motivación durante quizá demasiado tiempo, más de dos décadas. Al principio, antes de pensar en subir todo ese material a mi blog (de hecho, por entonces ni siquiera lo había creado aún), contemplé la posibilidad de volcarlo todo en un libro y tratar de publicarlo como relato de viajes, pero no llegué a decidirme por dos razones fundamentales: una es la que acabo de apuntar: pura y simple pereza. Convertir un diario personal en un texto bien hecho y de buena calidad, decidirme por una estructura de entre las varias opciones posibles y ser capaz de mantenerla hasta el final, recabar -en su caso- la información necesaria para insertar añadidos didácticos o aclaratorios y, en fin, llevar a cabo una ardua labor de edición era algo que sobrepasaba mis ánimos. La otra razón es que albergo muchas dudas respecto a que, finalizado dicho trabajo, el resultado fuera a interesarle a editor alguno. El mundo editorial, amén de enormemente competitivo, es muy complejo y se rige, en esencia, por criterios crematísticos -cuando de pura propaganda e ideología- que poca relación guardan con el interés que una obra pueda tener para los lectores; de manera que, teniendo esto en cuenta, mi espíritu derrotista me llevó a la conclusión de que las probabilidades de encontrar editor eran demasiado escasas como para valerme la pena el empeño. Así que años después, cuando tuve mi propio blog, me fijé para “algún día” la tarea de subir aquí esos diarios, y parece que ese día ha llegado.
Mi intención es reproducir punto por punto lo que en su día recogí a bolígrafo en dos nutridos cuadernos. Como es natural, mis impresiones de entonces no siempre coincidirán con mis opiniones de hoy, y en algunos casos -dado mi mejor conocimiento actual de la sociedad norteamericana- habrán resultado equivocadas o alejadas de la realidad. En otros casos me parecerá conveniente o necesario complementar el texto con comentarios de nuevo cuño, clarificar algunos puntos o suprimir fragmentos del diario carentes de toda relevancia. Sea como fuere, todo lo que no figure en el manuscrito original irá inserto en cursiva entre corchetes cuadrados.
Una última advertencia: dado mi carácter inconstante y mudable, no garantizo continuidad. Es posible que de pronto me canse de transcribir y deje este trabajo a medias. Todo dependerá de mi estado de ánimo y del éxito (medido en número de clics) de las primeras entregas. Por regla general me conformo con un muy reducido puñado de lectores, pero si veo que esto no le interesa a nadie es fácil que abandone más pronto que tarde. Confío en que no sea así. Siempre recuerdo que un antiguo amigo a quien en su día le presté el manuscrito, cuando acabó de leerlo me dijo: “Pablo, me ha encantado ese viaje que hicimos juntos.” Por mi parte, cuando pienso en aquella aventura se me viene a las mientes una frase algo lapidaria que leí en la carátula del “Rock & Ríos”, aquel memorable álbum de Miguel Ríos grabado durante una serie de conciertos durante el año 1982: “Lo hicieron porque no sabían que era imposible”, ponía. Tengo, en efecto, la impresión de que emprendí aquel viaje porque no era consciente de su dificultad. Recorrer Norteamérica a dedo fue algo que hoy sería incapaz de repetir.
Sin más, paso a ofrecer el relato de aquella modesta odisea personal.
Domingo, 20 de julio de 2003. Niagara Falls.
Un poco tarde para empezar un cuaderno de bitácora, cuando ya han pasado más de cuatro semanas desde que empecé el viaje. Pero siempre podré recordar algunas cosas. Recuerdo mi llegada, más perdido que un pingüino en el desierto, al aeropuerto de Newark (New Jersey) tras un cómodo viaje desde Madrid con escala en Lisboa, sin más incidentes que el verme obligado a cambiar, al facturar en Madrid, la fecha de mi reserva para la vuelta. [Dicho sea para desdoro de la aerolínea portuguesa TAP, en el mostrador de facturación me hicieron modificar la fecha del vuelo de regreso porque -dijeron- al viajar como turista no podía quedarme en EE.UU. más de tres meses, y la vuelta que yo había comprado excedía ese plazo con mucho. Les dio igual que les explicase que mi intención era pasar de EE.UU. a Canadá sin vulnerar la estancia máxima y volver a entrar después, renovando así legalmente por otros tres meses. A los empleados de la TAP sólo les interesaba sacarme los 200 y pico euros que costaba el cambio, más los otros tantos que me costó después volver a cambiar la fecha, ya desde Norteamérica, para poder mantener mis planes.]
La sensación de esas primeras horas en EE.UU. es de confusión. Todo parece igual que en Europa -y todo lo es, de hecho-, pero hay una serie de diferencias que hacen que para algo tan simple como coger el autobús te tires dos horas preguntando. Por supuesto, el inconveniente del idioma, que me acompaña todo el viaje, contribuye a complicar las cosas. Por ejemplo, en el aeropuerto te dicen que para ir hasta la ciudad has de coger el bus nº 62, pero cuando vas a abordarlo resulta que no es ése, porque hay varios 62 y cada uno lleva a un lugar diferente. Unos se distinguen de otros en que, junto al número, aparece su destino final. Pero por fin conseguí llegar a Newark (o, más bien, a sus afueras), donde compré un billete para ese mismo día (mejor dicho, esa misma noche) a Washington D.C. (Esto del D.C., Distrito de Columbia, es muy importante en EE.UU., y nunca lo omiten aunque no haya la menor posibilidad de confusión. De hecho, a la capital federal la llaman con frecuencia the District, el Distrito). Lo suyo habría sido pernoctar en Newark y largarme al D.C. al día siguiente por la mañana, pues no eran horas de llegar a casa de Santiago, pero no me sentía con ganas de gastarme un mínimo de 40 $ por un alojamiento vaya usted a saber dónde, alejado de la ciudad, así que forcé la situación. Lo primero que aprendí de USA, o lo primero importante, es que el transporte es muy caro, mucho más de lo que pensaba; aproximadamente el triple que en España. Lo segundo que aprendí, aunque ya había leído algo, es que aquí sólo la clase baja viaja en autobús, hasta el punto de que mucha gente de clase media y la mayoría de la alta ni siquiera considera esa posibilidad, riding the dog como ellos lo llaman [literalmente, “ir en el perro”; y es que la principal empresa estadounidense de transporte de pasajeros por carretera se llama Greyhound (galgo) y su logotipo es un perro de caza]. Por esta razón, las terminales de autobús suelen estar en los peores barrios de las ciudades, atestados de negros y chicanos [“hispanos”, debería haber escrito]. A pesar de lo cual mi viaje fue excelente: el autobús, medio vacío y la gente, tranquila y educada. A mitad de camino hicimos un alto para comer algo y aproveché para llamar a mis anfitriones, informarles de mi hora de llegada (ya los había avisado antes desde el aeropuerto) y concertar con Santiago mi recogida, que por último fue muy poco coordinada porque el hombre llegó casi una hora tarde. Aun así, fue una alegría ver su cara dentro de aquel aparatoso y feo coche color cobre, aunque una vez nos pusimos en marcha me chocó mucho lo mal que conducía; impresión que se vio confirmada durante las semanas que siguieron.

Trayecto en autobús desde Newark Liberty Airport a Washington D.C.
Pese a ser ya muy tarde para ellos, Eladia (la madre de Santiago) y Claire (su mujer) me esperaban levantadas y me prodigaron una cordial acogida. Me habían destinado el dormitorio de Alice, su hija, a la que habían alojado -con gran alegría por parte de ésta- en un colchón en el suelo de la habitación del matrimonio. María ocupaba el tercero y último dormitorio de esa enorme casa. Las viviendas unifamiliares en EE.UU., no importa lo grandes que sean, suelen tener pocos dormitorios (ubicados upstairs). La de los Walter, por ejemplo, tenía en la planta baja un recibidor enorme y espléndidamente desaprovechado, una cocina, un cuarto/biblioteca/escritorio, otro para laundry y un gran adosado que usaban como salón y comedor. También un aseo. Arriba, además del baño, los tres dormitorios mencionados.
Salvo por esa noche, mis recuerdos de las dos primeras semanas se confunden en una sucesión de días bastante similares durante los que estuve visitando la ciudad, tomando contacto y familiarizándome con los usos del país. Ignoro si siempre ha sido así, pero lo cierto es que actualmente el pueblo norteamericano vive obsesionado con la seguridad. O, mejor dicho, la inseguridad. No sólo algunas (bastantes) actividades turísticas han sido suspendidas (como la visita a la Casa Blanca o a la sede del FBI), sino que en cada edificio visitable, desde Correos hasta el museo de ciencias, desde una galería de arte hasta el monumento a Washington, le registran a uno la bolsa o lo hacen pasar por otras medidas de seguridad. [Entonces no era consciente de ello, pero hoy sé que toda esa neurosis comenzó a raíz del famoso ataque a las Torres Gemelas en septiembre de 2001, ocurrido menos de dos años antes.] Aparte, una de las primeras impresiones que he sacado es que, pese a lo que dicen y proclaman, se trata de un pueblo bastante poco libre; tal vez a causa de su ignorancia [más bien, su poca cultura general]. Un pueblo poco libre que vive en una contradicción permanente: la de unos principios vitalistas, ecologistas y supuestamente humanitarios, pero sustentados en una economía consumista al máximo. Con lo que cada norteamericano tira a la basura podría vivir otra persona. El derroche de energía, recursos y alimentos no tiene parangón con nada que yo haya visto hasta ahora. Todo es producir y consumir. Y su patriotismo exacerbado y fanático sólo es comparable, en magnitud, con su fe en Dios. Y eso que yo, durante mis tres semanas de permanencia con la familia Walter, tuve contacto principalmente con gente culta y “demócrata”, quizá más libres que el resto. [No sé si podría mantener en pie, hoy día, muchas de estas impresiones y opiniones, así como otras que han de seguir. No es que fuesen totalmente equivocadas, pero desde luego las matizaría mucho, las expresaría de modo muy diferente o incluso, algunas, las corregiría del todo. Confieso que a menudo hablo con poco conocimiento de causa y me fío demasiado de mi intuición, no siempre infalible.]
Mi primera semana la dediqué prácticamente entera a hacer ver la ciudad, y durante la segunda permanecí más en casa, leyendo o cocinando. En concreto, visité las principales atracciones que no requerían estar a las 8 de la mañana haciendo cola para conseguir entrada, como ocurre con el Washington Memorial o el Capitolio. Así, me recorrí todo el National Mall [ese gigantesco parque alargado, con el obelisco en el centro, que se ve en muchas películas estadounidenses], la librería del Congreso, el palacio del Supreme Court, que es algo así como el Tribunal Supremo, la parte del Capitolio accesible sin entrada (por cierto: casi todo es gratis; el D.C. no exprime a sus turistas; de eso se encargan los bares, restaurantes, transportes, etc.), los memorials a Lincoln y Roosevelt, el monumento a Washington (el obelisco), a la guerra de Corea, a la del Vietnam, algunos museos del Instituto Smithsoniano, como el de Air & Space o el de Natural Sciences, un par de galerías de arte (moderno y clásico) donde por primera vez he admirado algunos cuadros de pintores famosos (entre ellos, europeos), museos o galerías de arte oriental, así como otros lugares interesantes de la ciudad, como el barrio chino, la universidad George Washington, el JFK Center for Performative Arts, el Tidal Basin (un lago pequeño que se surte con agua del río Potomac), Union Station, el antiguo edificio del U.S. Post Service y alguna otra cosa que se me quedará en el tintero.
Enterarme del sistema de transporte en el D.C. me costó bastante trabajo, aunque al final lo conseguí. Funciona a base de transfers, o transbordos. Cuando coges el metro o un autobús te entregan un transfer con el que luego te puedes subir, con un “pequeño” coste adicional o sin él, según, a otros transportes en las dos horas siguientes. Aparte, al ser una ciudad muy extensa, tiene dos zonas: la ciudad propiamente dicha, o sea el Distrito, y las ciudades dormitorio o satélite, en una de las cuales vivían los Walter. (Y escribo “los Walter” porque la que manda en esa familia, de manera indiscutible, es Claire Walter). Siguiendo con el transporte, no existen bonos de equis viajes, sino pases diarios, semanales o mensuales que son independientes para el metro, los buses del anillo interior y los del exterior. Un sistema desventajoso para el pasajero. Metro y buses que, por cierto, no tienen nada de qué presumir frente a los de Madrid, bastante mejores.
Durante mi estancia allí coincidió que en el Mall se celebraba un festival de folclore de: Escocia, Indonesia y los Apalaches. Que alguien me explique la conexión entre esos tres rincones del planeta, por favor. En cualquier caso, no saqué nada en claro de Escocia, tan sólo un rato entretenido de los Apalaches, intentando enterarme de unas recetas para barbacoa, y un rato muy interesante de Bali, viendo una recreación con marionetas, bastante macabra pero fascinante, de algún baile tribal no desconexo sin duda con prácticas de vudú, al ritmo de una música inquietante.
También en el Mall, quizá aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, había otra especie de festival o “muestra” (a falta de palabra mejor) de no sé qué grupo sociocultural estilo “cristianismo natural” cuyos participantes, relacionados no sé cómo a las doce tribus de Israel, iban ataviados con ropa artificiosamente “sencilla” (las mujeres, vestidos largos holgados, sombrero de tela o paja, pelo suelto y largo obligatorio; los hombres, parecido, pero pantalones en lugar de faldas, claro, y barba obligatoria; es un decir) y decían ser una nación por la paz y el entendimiento, sin territorio asignado; una especie de nación universal [eso sí: protegidos por las leyes y el ejército de los EE.UU. En cualquier caso, sabiendo lo que hoy sé, esta información no me encaja: si Israel estaba por medio, el cristianismo no pintaba mucho allí, y viceversa. Así que supongo que no me enteré bien de qué iba este festival/muestra.] Todo lo que tenían a la venta era producción natural y elaboración artesanal, y había incluso una sidrería cuyos dueños, españoles ellos, tenían tal cara de hastío y malas pulgas que no me entró ninguna gana de hablarles. Por cierto, casi todas las mujeres que participaban en esta “muestra” eran tan guapas y simpáticas como inaccesibles. La chica que hacía las veces de recepcionista e informadora estuvo contándome durante un cuarto de hora -hasta que llegó su novio- que eran una “nación universal por la paz”, y todas esas bobadas utópicas.
Pero lo más interesante de mi estancia en Washington (D.C.), con diferencia (tengo que intentar acordarme de ver la película Le Moulin Rouge), fue el contacto con los Walter y la gente a la que me presentaron. [No tengo la más remota idea de por qué incluí esta referencia a Le Moulin Rouge, pero si lo escribí, por algo será, así que ahí queda.]
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No. Quizá se le pueda instalar al blog algún “plugin” que imite esa función, pero como mis artículos los lee tan poquísima gente nunca me he tomado la molestia de comprobarlo.