Domingo, 12 de octubre. Mismo lugar.
Tardé una hora en llegar andando, aquella tarde bonita y soleada, hasta donde pudiese ponerme a hacer dedo, y no bien me había descargado las mochilas, un simpático surfista en una camioneta se paró y me dió un lift hasta Corvallis, dejándome en el mismo camping. Enseguida trabé conversación con un hombre joven, tal vez de mi edad o menor, que recién llegaba y al que le pregunté cómo se pagaba allí, pues no había dependiente. Era un camping de “autoliquicación”: se suponía que los clientes metían el dinero en un sobre y lo depositaban en un buzón ad hoc. Luego llegaron dos o tres tipos más. Se trataba de un grupo de padres que iban a pasar una noche con sus respectivos hijos en plan Boy Scout. El primero con el que hablé, alto, rubio, seguro de sí mismo, con ademanes autoritarios, pronto delegó la función de relaciones sociales en Wayne mientras él cocinaba un pollo a la holandesa en dos grandes peroles sobre brasas, y con brasas también en las tapas. Wayne, de pelo negro, tez morena y cara de mejicano, era más amigable, simpático y charlatán. Cuando le pregunté por el supermercado más cercano, se ofreció a llevarme. Él no tenía ninguna necesidad de ir, así que le agradecí doblemente el lift. Luego me enseñó una cocinilla portátil que llevaba, una miniatura que no pesaría ni medio kilo, y también la esterilla que usaba, hinchable, delgada y muy ligera. ¿Cuánto puede costarme una de ésas? –le pregunté–. ¿Sabes? –me contestó–, yo quiero comprarme una nueva, así que mañana, cuando levantemos el campamento, puedes quedarte ésta. Te la regalo.
Fue muy generoso por su parte. Eran poco más de las siete cuando se hizo de noche, pero yo no tenía ni pizca de sueño y absolutamente nada que hacer, así que me quedé por allí alrededor, merodeando como perro al acecho de las sobras de un festín y calentándome de cuando en cuando las manos al triste calor de las brasas de mis vecinos. Wayne se acercó a ver cómo iban los peroles y a charlar conmigo mientras los otros, en una mesa algo distante, enseñaban nudos a los niños. Brandon, el hijo de Wayne, me había saludado rato antes con afecto, casi con entusiasmo. Muy rubio me pareció el niño para padre tan moreno. En la oscuridad de mi mesa me atiborré de leche con galletas, observando al alegre grupo alrededor de la luz que llevaban y escuchando sus voces indistintas. Ya iba a meterme en la tienda cuando, una vez que tuvieron el pollo preparado, el líder me invitó a unirme a ellos. “Cena con nosotros; tenemos más de lo que podemos comer.” A mí ya no me quedaba apetito, pero acepté gustoso la invitación por disfrutar de la compañía y hacer algo para engañar al tiempo. Servidos que estuvieron los platos, toda la actividad quedó unos momentos en suspenso en tanto uno de los niños rezaba la oración de gracias. Ya me parecía a mí que todo aquello era demasiado fraternal como para que no hubiese religión de por medio. De hecho, un rato antes creí escuchar a uno de ellos llamar a otro “hermano Nosequé”.
El pollo con patatas, cocido en una salsa a base de champiñones, estaba riquísimo. Cuando dimos cuenta de él, cocinaron en los mismos peroles (que habían “limpiado” con papel de cocina) sendos postres de melocotón y de frambuesa, tan empalagosos que casi reviento. Acabado el condumio, nueva acción de gracias. Entonces, uno de los scouts leyó un pasaje de una biblia -que apareció por arte de Birli y Birloque- y a partir del cual el líder extrajo cierta enseñanza trascendental que impartió al personal: “cada vez que sirves a una persona, estás sirviendo a tu Dios”. Se trataba, en suma, de un grupo de mormones. La amenaza religiosa en este país es omnipresente, y es raro encontrar a un blanco que no esté ligado, de un modo u otro, a alguna iglesia o secta protestante. Pero, bueno, pasé con ellos un rato entretenido.
La noche no fue muy fría y pude dormir bien, pero de madrugada empezó una lluvia que se prolongó toda la mañana, de manera que, como en esas condiciones era un engorro levantar el campamento, decidí quedarme un día más y aprovechar para dar un paseo, ver la ciudad, hacer alguna compra y mirar el correo. Cuando los mormones empacaron para marcharse, Wayne me ofreció llevarme hasta Corvallis. Por el camino le pregunté pícaramente que dónde podía darme una ducha, y la artimaña dio resultado: me dijo que podía hacerlo en su casa; así que allá fuimos. Me presentó a Heidi, su mujer, y a Celina y Adriana, sus dos guapas y morenas hijas. El único que étnicamente no encajaba en aquel grupo era el mayor, el rubio Brandon. Una vez que me hube duchado me invitaron a desayunar, pero yo no tenía hambre. Pasé, no obstante, un rato con ellos y, antes de despedirme, me ofrecieron volver por la tarde para compartir su cena. Se conoce que les caí en gracia.
Volví caminando hasta el camping (una buena tirada de dos o tres millas), hice algunas cosas y regresé de nuevo, también a pie, a la ciudad, donde pasé un buen rato en la biblioteca municipal mirando el correo y actualizando el diario. Llegado el momento, nueva caminata hasta la casa de Wayne. De paso compré, a modo de aportación solidaria, unas tarrinas de helado, ya que ellos no bebían vino por prescripción religiosa. Pasamos una velada muy agradable y Wayne me dijo que podía quedarme allí a pasar la noche: él me llevaría al camping para recoger mis cosas. Oferta que, por supuesto, acepté encantado. La cena consistió en tacos mejicanos, con los ingredientes sobre la mesa para que cada uno se preparase los tacos a su gusto: las tortillas, la carne picada (que Wayne, buen cocinero, había guisado de manera excelente), el encurtido, puré de frijoles, guacamole, queso en fibras, lechuga y algún otro ingrediente que olvido. Huelga decir que, antes de meterle mano a aquellas apetitosas viandas, se hicieron los preceptivos ruegos al Cielo, en los cuales me incluyeron tan generosamente que no pude, no me atreví, a negarles el amén final. (Más adelante se verá que aquella oración por mí no fue debidamente atendida por el Creador.) Como los niños se acostaban temprano, antes de salir hacia el camping les di las buenas noches, y Celina y Adriana no vacilaron un segundo en echarme los brazos al cuello y darme un abrazo cariñoso y tierno. ¡Angelicales criaturas!
Tras levantar la tienda con el auxilio de Wayne a la luz de los faros del coche, y antes de volver a la casa, me pidió que le ayudase a montar una puerta en cierto taller de Albany, pues por lo visto es carpintero (y diseñador gráfico publicitario). Le dije que con mucho gusto, así que allá nos fuimos. Estuvimos más de dos horas manos a la obra, pero no pudimos concluir por falta de materiales. Durante el viaje de vuelta me desveló el misterio: sus tres niños eran adoptados. A Brandon, hijo de padre desconocido y madre drogadicta y violenta, lo habían adoptado hacía tres años cuando el chaval tenía ya ocho. Las niñas, de sangre mejicana, eran hermanastras, hijas de una mujer también violenta y drogadicta. El padre de Celinda, la mayor de las dos, era un tipo peligroso y agresivo que estaba encarcelado para una buena temporada; el de Adriana era un hombre muy majo que, no obstante, decía no ser el mejor padre para ella. Los tres chavales habían sido rescatados de sus hogares por los servicios sociales porque eran maltratados activa y pasivamente. Celinda, al parecer, incluso había sufrido algún tipo de abuso sexual. De modo que he ahí la razón de la desemejanza física entre los cinco componentes de esa encantadora familia.
Llegados a casa, aún estuvimos hablando un buen rato y tomando algunas golimbradas de última hora. Antes de acostarnos (yo dormí en el sofá), Wayne me ofreció quedarme otro día más con ellos, pero yo demoré mi respuesta hasta la mañana siguiente. Al despertar, sólo él estaba levantado. Ninguno dijimos nada, pero quedó sobreentendido que aceptaba su oferta. Me permitió usar su lavadora y aproveché para lavar toda mi ropa como Dios manda. Para desayunar les preparé unas tostadas con aceite, ajo y tomate. Al acabar, se alistaron para ir a misa. ¿Nos acompañas? No mostré mucho entusiasmo, y ellos no insistieron. En ningún momento estuvieron pesados con el tema religioso: se limitaron a comportarse con generosidad. Para el sacramento de la misa y no sé qué celebraciones posteriores (que les llevarían tres horas, nada menos) se vistieron como para una boda. Yo dediqué todo ese tiempo a chatear por internet y a escribir todo esto. Amén.
[A esta familia la recuerdo bastante bien, aunque haya olvidado sus caras. En concreto, hay una frase que me dijo Wayne y que, pese a no tener la menor relevancia, se me quedó grabada hasta el día de hoy, quizá por coincidir al cien por cien con ella: If there’s something I can’t stand, that’s a dull knife. (Si hay algo que no puedo soportar es un cuchillo romo.) Tenía, en efecto, todos sus cuchillos perfectamente afilados.]
Muy interesantes y entretenidos tus escritos, me encantan los títulos que les pones, con ese toque de intriga y misterio que anima al lector a comenzar la lectura inmediatamente…
¡Muchas gracias! Me alegro de que te gusten los títulos y de que el esfuerzo valga la pena: lo creas o no, buscar título para cada episodio es una de las cosas que más me cuestan.