Martes, 2 de septiembre. Mismo lugar.
Parece que me he quedado atascado en Fairbanks. Pensaba pasar aquí dos o tres días, pero llevo ya cuatro, que van a prolongarse a cinco. Aunque el tiempo está regularcillo, el hostal es agradable y asequible, el personal es majo y la cama, cómoda. Durante estos días he ido tomando confianza con los otros huéspedes. En contra de lo que le entendí al principio, el oriental que quería ir Prudhoe Bay (el puto norte de Alaska, junto al mar de Beaufort) no estaba intentando hacer dedo, sino que iba en bicicleta. El otro día fui al cine con la chica de Pensilvania, que se llama Paige (pronunciado como page, página); y aunque es tan superficial como al conocerla me pareció, lo compensa con grandes dosis de simpatía y sociabilidad. Bien pensado, es hasta guapa. Me gusta esa chica. Miles, el encargado del albergue, ha resultado tener un ego del tamaño de una casa y ser tan buen hablador como mal escuchador. Demasiado centrado en sí mismo, cuenta diez veces las mismas cosas intrascendentes como si estuviera desvelándote el misterio de la vida y, cuando habla, no se dirige a toda la audiencia sino sólo a uno, y preferiblemente a una. A él le basta con tener un oyente. En cuanto a Vicky (o Vikki), la australiana, enseguida encontró trabajo en la construcción, así que apenas la veo: sale del hostal a las nueve y no vuelve hasta pasadas las seis, agotada y pensando sólo en acostarse. Bill tiene bastantes conocimientos de historia, es el más culto de todos, pero también el más ermitaño: apenas sale, y pasa gran parte del tiempo acostado, o en el sótano, o en la segunda cocina, donde casi nunca hay nadie. He observado que estos días el centro de reuniones está trasladándose desde la “cocina de Miles” (donde suele estar el encargado) hacia el sótano. Quizá es que los nuevos hemos aprendido lo que los viejos ya sabían: que Miles es un peñazo. Hank, el exconvicto, es un tipo simpático, muy tranquilo, creo que el más listo de todos, y se pasa el día entero bebiendo café en su travel mug. Parece haber venido aquí huyendo de la policía de su estado, y dice que tiene pensado morirse en Alaska. Después está Víctor, el tejano mejicano, un tío simpático que encuentra un extraño placer en hablar español conmigo. Es electricista y trabaja aquí temporalmente (como parece ser el caso de toda la población de Fairbanks), así que sólo lo veo un rato por las tardes.
Ayer llegaron dos hermanos casi gemelos, Ben y John, alpinistas -o quizá sólo montañeros- que han pasado varios días en el parque Denali conviviendo con los osos. Son jóvenes, y parecen dos copias de Jeremías Johnson. Las dos japonesas Junko (que no son lesbis; bobadas mías) por fin se dignaron, hace unos días, a abrirse un poco y charlar, quizá animadas por mi tortilla de patatas, que les encantó. Se despidieron anoche porque marchaban esta mañana temprano. Estos días he preparado otro par de platos sencillos que el personal acogió con bastante aprobación: champiñones al ajillo, y judías verdes. Hank dijo que nunca antes había probado el aceite de oliva, pero que le ha gustado. También he pasado largos ratos viendo la tele; entre otras, una película rusa muy larga y bastante buena llamada Siberíada, de la que jamás había oído hablar antes. [Con los años, esa peli se convirtió en una de mis must see, una verdadera epopeya siberiana que ha llegado a hacerse muy popular entre los amanes del cine soviético.] Y entre las charlas, las caminatas al supermercado, la cocina, la lectura y la tele se me han ido estos días. A ver si me sacudo la pereza de encima y continúo mañana mi viaje. Pero estos días lluviosos…
Miércoles, 3 de septiembre. Talkeetna, Alaska.
Ayer tarde fui a cenar con Bill y Paige. Hank pensaba venir también, pero tuvo una discusión con Bill y cambió de opinión. Al parecer, aquél le debe dinero a éste, el cual al verlo cenar le reprochó, de bromas, que cómo se atrevía a comprar comida, debiendo dinero, a lo que Hank reaccionó bastante mal, cabreándose y fuck you-ándolo. Así que Bill, durante la cena, se emborrachó. Parece que, después de todo, el expresidiario tiene bastante mal temperamento. Luego se quejará de que lo discriminan por sus antecedentes, pero su actitud no parece la de alguien con propósito de enmienda. Pese a todo, su compañía se me hace más agradable que la de Bill, demasiado ruidoso y bastante borrachín: todo lo que él traga de Vodka, Hank lo bebe de café; con la diferencia de que éste se lo gorroneaba a Miles y aquél se paga el alcohol de su bolsillo. ¡Vaya dos patas para un banco! Antes de salir estuve un ratillo hablando con Víctor, el Tex-Mex, que quiso invitarme a una cerveza, pero no acepté porque ya tenía el compromiso de salir a cenar; y él no quiso unirse a la partida. Durante esa charla me habló de un amigo suyo al que habían encarcelado por no sé qué razón. Tengo la impresión de que Alaska es una especie de refugio para toda clase de outcasts; gente fuera de la ley, o marginados, que huyen de su pasado, o incluso de su presente, que se esconden de algo, que quieren ser olvidados o comenzar de nuevo.
La cena no estuvo mal, en un restaurante mejicano que ofrecía bufet libre de comida bastante pasable. Alejandro, el camarero hispano, al enterarse de que yo era español pareció estar encantado y me dijo un par de veces que le gustaría que volviese por allí, pero como yo me iba hoy, le propuse que, mejor, quedásemos los dos para cuando él saliera del trabajo. Aceptó; de modo que al terminar de cenar acompañé a mis compañeros al albergue y me volví. Estuve hablando con Alejandro en un bar vecino durante casi tres horas. Me pareció un buen tipo, calmado y bastante razonable, aunque a saber si no era otro exdelincuente. De origen mejicano, llevaba ya años trabajando en EEUU. Las dos primeras veces que vino lo hizo de mojado; luego logró arreglar los papeles, se casó con una yanqui y tuvieron un par de hijos en Tejas. Después vivieron tres años en Arizona, en una reserva de indios navajos, de los que decía que eran perezosos, borrachos y delincuentes… ¿De qué me suena esto? Por último, cómo no, acabó divorciándose y se vino a vivir a Fairbanks, donde pasaba casi todo el año salvo los meses más crudos del invierno, en que volvía a Méjico con su padre. Me invitó a su casa si paso por Méjico cuando esté él, y si no está, también; para lo cual me facilitó varios números de teléfono. Conversar en español ha sido como encontrar un oasis en el desierto. Entre otras cosas me habló del tequila: el auténtico se saca del agave, es de color tostado y muy caro incluso en Méjico. Pero cuando empezó a escasear -ya que una vez que se corta (o cosecha, o lo que sea) tarda unos cinco años en volver a producir)- las destilerías empezaron a hacerlo de mezcal, que es parecido pero de peor calidad, porque además lo mezclan con alcohol de otras procedencias. Esas famosas botellas con un gusano dentro son de mezcal; y hay, al parecer, varias formas de prepararlo, con gusanos de varios tipos, o sin bicho. Ambos licores se toman con sal y limón en pequeños chupitos llamados tequileros; y no es bebida especialmente de mujeres, que él sepa.
Anoche me despedí de Paige y esta mañana de nadie, pues todos estaban acostados cuando me puse en marcha hacia el sur. Primero una chica joven (¡increíble!) me dio un ride de apenas 5 km. Luego me recogió Scott, un piloto de avionetas que vive en un pueblo perdido del norte de Alaska, sin carreteras. Se dirigía a Anchorage para recoger a su hermana y su sobrino, que venían a visitarlo. Hice todo el viaje con él hasta el cruce de Talkeetna. Por el camino nos paramos un par de veces a mear y a tomar café. La carretera es muy bonita y la estación acompaña con sus colores, aunque la lluvia hizo el viaje un poco aburrido. A la entrada del parque Denali nos paramos para echar un vistazo, pero estaba todo lleno de gente y de coches, así que nos fuimos enseguida. Desde el cruce me trajo a Talkeetna un hawaiano criado en Tejas –otra vez Tejas– que pasaba aquí el verano trabajando. Como el camping no tiene duchas y es de pago, me sugirió que acampase en la orilla del río, aunque supuestamente está prohibido; pero algunos locales a quienes he preguntado me han dicho que no me preocupe, que nadie va a echarme ni a decirme nada. Así que ahí he dejado mi tienda, abandonada entre unos arbustos junto al río, y me he venido al pueblo para pasar el rato y comprar algo. A pesar de que ha dejado de llover, todavía no he visto el tímido monte McKinley, el pico más alto de Norteamérica, porque el cielo sobre las montañas, hacia el norte, está nublado. De hecho, ése es el propósito de venir aquí: poder disfrutar, si el tiempo acompaña, de una aceptable vista de ese monte… sin pasar por el sacadineros del parque Denali.

De Fairbanks a Talkeetna con Scott, el piloto
Talkeetna es un pueblo turístico con bastantes tiendas de souvenirs, actividades de recreo y otras tourist traps para que se dejen la pasta los visitantes, que todavía -aunque ya es temporada media (shoulder season)- invaden las calles; o mejor dicho, la calle. Ahora estoy en un bar del año de la pera que hay en el downtown, lleno de rurales bebiendo cerveza, sentado a una mesa con una pint of Alaskan Amber frente a mí, 3’50 $. El suelo es de madera, como en los salones del far west. Todo el local es de madera, in fact. Lo único que me sobra es el televisor, aunque por suerte lo tienen con el volumen quitado. En las paredes, cuadros con viejas fotografías de la época: indios, tramperos, no sé qué gobernador; cuernos de caribú, alce, ciervo, muflón; cabezas de oso, raquetas de nieve, un salmón disecado, una piel de oso en el techo… El local, hay que reconocerlo, es una chulada.