Jueves, 21 de agosto (continuación)
El último jalón de esa jornada me lo dio un camionero que -no te lo pierdas- se detuvo a recogerme pese a llevar mercancía y sin que yo le hubiese puesto el pulgar. Es muy raro que paren cuando van cargados, porque el camión lleva mucha inercia; pero aun así, queda claro que quienes tienen buen corazón te recogen no matter what. Era un hombre poco hablador, así que pasamos gran parte del camino en silencio. Lo malo fue que me dejó a unos 15 km de Edmonton: en las afueras de Sherwood Park, un satélite residencial para ricos, al estilo de La Moraleja. Supuse que desde allí habría transporte público que lo comunicara con la ciudad, y por tanto me pegué una larga caminata, cosa de 5 km, para adentrarme en el satélite y preguntar. “¿Autobús? ¿Te refieres a esas cosas grandes con muchos asientos vacíos? No, ni idea.” Pregunté no a una persona, sino a una decena, pero nadie sabía. En Norteamérica, y especialmente en las zonas residenciales de ricos, ni Dios coje jamás un autobús. Sólo saqué en claro un par de informaciones contradictorias sobre cierta terminal, que además quedaba bastante lejos, desde donde tal vez salía alguna línea hacia la ciudad. Hacia allá me encaminé, y cuando estaba ya cerca, un conductor de la línea me dijo que la terminal acababa de cerrarse y que no salían más autobuses hasta el día siguiente. No tenía, pues, más remedio que ir andando a Edmonton, a 15 km de distancia, ya que en Sherwood Park no había manera de pasar la noche. Resignado, y sin plan alguno, me puse a caminar, y anduve hasta que el cansancio me obligó a buscar algún lugar medianamente escondido donde poner la tienda. No tuve mala suerte, dentro de lo que cabe: en el centro de una de las grandes isletas ovaladas que los nudos de las autopistas dejan entre las calzadas encontré un parche de césped muy limpio. Huelga decir que se trataba de un lugar ruidoso, pero gracias a los tapones no tuve problema. Lo malo fue que la aprensión de ser molestado a primera hora por algún jardinero madrugador o por algún hijo de puta no me permitió dormir relajado. Pese a su buen corazón, ¡flaco favor me había hecho el camionero que me dejó en Sherwood!; y torpe estuve yo, además. Cosas de mi pobre inglés. Sigue leyendo


