Norteamérica 24. Pringante caminata, dormida cutre y perroflautas en Edmonton

Jueves, 21 de agosto (continuación)

El último jalón de esa jornada me lo dio un camionero que -no te lo pierdas- se detuvo a recogerme pese a llevar mercancía y sin que yo le hubiese puesto el pulgar. Es muy raro que paren cuando van cargados, porque el camión lleva mucha inercia; pero aun así, queda claro que quienes tienen buen corazón te recogen no matter what. Era un hombre poco hablador, así que pasamos gran parte del camino en silencio. Lo malo fue que me dejó a unos 15 km de Edmonton: en las afueras de Sherwood Park, un satélite residencial para ricos, al estilo de La Moraleja. Supuse que desde allí habría transporte público que lo comunicara con la ciudad, y por tanto me pegué una larga caminata, cosa de 5 km, para adentrarme en el satélite y preguntar. “¿Autobús? ¿Te refieres a esas cosas grandes con muchos asientos vacíos? No, ni idea.” Pregunté no a una persona, sino a una decena, pero nadie sabía. En Norteamérica, y especialmente en las zonas residenciales de ricos, ni Dios coje jamás un autobús. Sólo saqué en claro un par de informaciones contradictorias sobre cierta terminal, que además quedaba bastante lejos, desde donde tal vez salía alguna línea hacia la ciudad. Hacia allá me encaminé, y cuando estaba ya cerca, un conductor de la línea me dijo que la terminal acababa de cerrarse y que no salían más autobuses hasta el día siguiente. No tenía, pues, más remedio que ir andando a Edmonton, a 15 km de distancia, ya que en Sherwood Park no había manera de pasar la noche. Resignado, y sin plan alguno, me puse a caminar, y anduve hasta que el cansancio me obligó a buscar algún lugar medianamente escondido donde poner la tienda. No tuve mala suerte, dentro de lo que cabe: en el centro de una de las grandes isletas ovaladas que los nudos de las autopistas dejan entre las calzadas encontré un parche de césped muy limpio. Huelga decir que se trataba de un lugar ruidoso, pero gracias a los tapones no tuve problema. Lo malo fue que la aprensión de ser molestado a primera hora por algún jardinero madrugador o por algún hijo de puta no me permitió dormir relajado. Pese a su buen corazón, ¡flaco favor me había hecho el camionero que me dejó en Sherwood!; y torpe estuve yo, además. Cosas de mi pobre inglés. Sigue leyendo

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Norteamérica 23. El pow-wow de Big River y día récord de jalones

Jueves, 21 de agosto. Edmonton (Alberta).

La primera noche en la reserva de Big River (a la que a veces llamaban Whitefish) fue bastante buena. A lo largo de ese día fueron llegando algunos asistentes e instalándose en la no señalizada ni delimitada “zona de acampada”. La cosa, en general, estaba tranquila. Tras acabar de consignar novedades e impresiones en mi diario de viaje, esa tarde no hice nada más salvo leer, dejar pasar el tiempo y mirar, tumbado sobre la escasa hierba, cómo el cielo se oscurecía y cómo aparecía la aurora boreal, de la que estuve disfrutando hasta que el frío, o tal vez los mosquitos, me obligaron a meterme en la tienda.

El martes estuvo marcado por una mayor afluencia de personal: espectadores, danzarines y músicos que, según llegaban, fueron acampando hasta casi llenar la zona. Como el espacio libre disminuía, pronto tuve cerca un par de vecinos. Unos eran tres indios adolescentes (dos niños y una niña, de entre 8 13 años), que se dirigieron a mí y con quienes me fui al lago para darnos un baño. Por el camino me contaron algunas curiosidades, por ejemplo qué bayas eran comestibles, cuándo estaban en sazón y cuáles eran más dulces. También me hicieron muchas preguntas, algunas bastante graciosas. ¿Y en España hay four wheelers? (Ellos los llamaban quads) [Aquí debí de confundirme en algo, porque un four wheeler es un 4×4, y no tiene nada que ver con un quad.] ¿Y hay coches? La chica se pasó todo el rato escupiendo, costumbre bastante habitual entre los indios. El lago tenía unas bellas, límpidas, cálidas y tentadoras aguas azul turquesa, aunque algo traicioneras: la pendiente de la playa era suave hasta la orilla, pero adentro se hacía bastante acusada y, cinco metros más allá, ya no hacías pie. Me llamó la atención que los tres chavales se bañaran con toda la ropa puesta. Allí estuve con ellos, refrescándonos del calor de aquel día (no tan fuerte como el anterior, gracias a la brisa), hasta que se cansaron. Adiós, precioso lago turquesa. Camino de vuelta, la niña -no se me olvidará- me gorroneó la toalla… ¡para ponérsela sobre la camiseta mojada! Y ni siquiera me dio las gracias. Los indios son así. Ya cerca del lugar donde estábamos acampados, yo no lograba ver mi tienda, y por un momento me inquieté; pero allí estaba: es que un equipo de indios, con tres fragonetas, se había establecido justo delante; con lo cual me quitaron las vistas y me cortaron la brisa, y a cambio me trajeron todo el humo de una hoguera que habían encendido justo a barlovento de mi puerta, apenas a cinco metros. Gente de mirada hosca y aspecto poco recomendable, pero no me parecieron hostiles. Cuando más tarde les rogué que interpusieran alguna de sus fragonetas entre el fuego y mi tienda, me dijeron que “Ok, no problem, sure” y que en cuanto se hicieran con las llaves de una de ellas la pondrían allí. Pero luego pasaron de mí, porque el caso fue que no la pusieron.

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Norteamérica 22. Extrañas conversaciones – Un español aterriza en el pow-wow de Big River

Lunes 19 de agosto. Reserva india de Big River (Saskatchewan)

Esta mañana, según lo planeado, Gregg me llevó hasta Flin Flon a eso de las siete y, tras ducharme  y despedirme de él, me uní a la expedición hacia Saskatoon en el truck que arrastraba el remolque con la mudanza. Íbamos Debie (la mujer de Gregg), Aaron, la perra y yo. Durante la primera hora hicimos el viaje prácticamente en silencio, y sólo se animó un poco cuando Debie se lanzó a hacerme las preguntas de cortesía. Aaron también salió de su mutismo. Hicimos dos paradas: una para comprar café y otra para ver un precioso lago color turquesa. Cinco horas después de la partida, me dejaron en el el cruce de Prince Albert, donde mi intención era hacer dedo hacia el oeste por la ruta Northern Woods and Waters. Debie, una mujer cariñosa pero claramente falta de amor, se despidió de mí muy afectuosamente, diciéndome que me esperaban de nuevo y que les mandara un e-mail alguna que otra vez.

De Flin Flon a Prince Albert con Debie y Aaron

Cuando apenas llevo tres minutos en la carretera, se para a mi lado el segundo vehículo al que pongo el pulgar: es un camión maderero con la batea vacía. —To Shellbrook?, le pregunto al conductor. —Yes, jump in. Se llama Harvey, y es un nativo Cree al que, por su mala pronunciación y el ruido del motor, casi no le entiendo lo que dice; apenas lo suficiente para enterarme de que se dirige a Big River (donde vive) y que allí carga troncos para llevarlos a Prince Albert. Como a partir de Shelbrook no tenía yo muy claro por qué ruta tirar de las tres que parten de allí, al conocer el destino del conductor me decido por Big River, que además es la dirección que más me apetece: hacia el noroeste. Durante la charla, Harvey me entera de que en la reserva india de Big River empieza mañana un pow-wow. ¡Ah, sí? -le digo- ¡Qué interesante! Pues tal vez me quede a verla. Pero resulta que -¡oh!, mala suerte- la reserva no está en Big River, sino a 50 km campo adentro y por carreteras de tierra, aunque desde Debden la distancia es de tan sólo 12 km. —Would you like to go to the reservation?Yes, but… –No hay problema; llamo a mi mujer y le digo que vaya a recogerte. Mis hijas se encargan de la organización del pow-wow y una de ellas va a bailar. –Pues vale, muchas gracias.

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Norteamerica 21. El inolvidable Dallas Mymko, un hombre entre un millón

Domingo, 18 de agosto. Mismo lugar.

Al levantarme esta mañana -a eso de las ocho y media- me encontré a Gregg en casa, pero como tenía que irse a Flin Flon me llevó antes a casa de Dallas para que desayunase allí, y enseguida se marchó. Estuve charlando con Dallas en su terraza junto al lago mientras me tomaba un té con tostadas, y al cabo de un rato nos fuimos a pescar en su bote, como estaba planeado. Era una lancha del año 82, con el motor dentro, como las que suelen verse en algunas pelis de esa época. El tránsito fluvial entre el pequeño Athapapuskow y el grande fue precioso. En cuanto a la pesca, Dallas tiene instalado una especie de sonar en la barca, del que se ayuda para ver la profundidad y calcular el mejor lugar para atrapar algo. Cuando dimos con un sitio que le satisfizo, detuvimos el motor y lanzamos las líneas. En una hora ya habíamos cogido dos truchas, y a mí me tocó la fácil tarea de tirar del sedal. Luego enfilamos hacia un lugar de la costa más cercana, donde un individuo bastante particular llamado Mike parecía estar esperándonos. Me dio la bienvenida con unas palabras que -tengo la sensación- debe de usar siempre: welcome to Limestone.

Imagen satélite de la zona lacustre al sur de Flin Flon

Limestone es el nombre de una parcela junto a la orilla, situada en un lugar estratégico, muy cerca del punto que es paso obligado entre el lago chico y el grande. Aquello es precioso. Hay allí varias cabañas que se alquilan durante el verano, y Mike es el encargado de cuidarlas. Entre ellas destaca una muy bonita, hecha con troncos al más puro estilo canadiense, cuyo mítico dueño muró año y medio atrás, y que van a demoler en breve, al parecer por su mal estado de conservación. Fue construida en 1921 y es la más vieja del conjunto. Frente a las cabañas, formando semicírculo, hay una extensión de césped; y entre éste y el lago algunos pequeños macizos de árboles bastante altos. Mike me llevó hasta uno de éstos para mostrarme el trabajo demoledor del que son capaces los castores: un único ejemplar había hecho, a mordisco limpio y en apenas unos días, una considerable incisión en la base del tronco a lo largo de todo su perímetro, como un anillo. En torno, por el suelo, estaba todo lleno de grandes astillas, algunas de hasta 8 centímetros, que había arrancado el castor a bocados. Me quedé asombrado. Por lo visto, llevaba el hombre tres días intentando dar caza a este animal, esperándolo apostado de madrugada con una escopeta y poniéndole trampas. Al parecer, el castor llegó a caer en una de ellas, pero se zafó con facilidad. Mike es bastante torpe, según la fama, pero buena persona, y su cuerpo es viejo y algo contrahecho: renegrido, arrugado, pequeño, lisiado de un antebrazo y, para colmo, tartamudo. Antiguo trabajador en las minas, ya jubilado, muy encallecido por la vida, ahora se encarga de cuidar Limestone en los veranos para hacer algún dinerillo extra y suplementar su pensión. Le encanta que lleguen visitas y le agrada tener alrededor la compañía de otras personas, pero tampoco lamenta que se marchen. Se notaba enseguida que era un hombre que podía pasarse perfectamente sin nadie más, y supuse que, acostumbrado a la visita frecuente pero efímera de mucha gente, se había inmunizado contra su inevitable marcha.
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Norteamérica 20 – Flin Flon, memorables encuentros y una brisa con aromas de antaño

Viernes, 16 de agosto. The Pas (Manitoba)

Hace una soleada mañana, y la tarde amenaza ser calurosa. Ayer, en cambio, hizo un tiempo muy bueno, soleado pero con brisa, aunque tan fuerte que a veces molestaba un poco. Estuve visitando la biblioteca, y pasé toda la mañana deambulando entre los nativos y viendo las festivas actividades: lanzamiento de hacha y lanza, careras de niños y una regata de canoas, cuyo curso seguí con interés, en la que veintiún participantes de Canadá y EE.UU., principalmente, remaron durante casi tres horas río arriba y abajo. Luego, con idea de visitar el lago Clearwater, fui a una tienda de deportes para preguntar por una bici de alquiler. No problem: 10 bucks. Me pareció caro e intenté regatear el precio. El tipo, de nombre John, me preguntó que para qué la quería, y al saber que era para ver el lago me dijo que él mismo iba a ir allí esa tarde, y me ofreció llevarme en su coche. Quedamos para dos horas después, a las seis. Durante ese rato conocí a otro sujeto que paraba en el camping, un hombre de unos 35 años, cuyo nombre ya he olvidado, que había participado en la carrera de canoas y que tenía muchas ganas de hablar. Barbita y pelito rubios, simpático y jovial, dijo ser estadounidense y llevar poco tiempo haciendo canotaje.
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Norteamérica 19. Doce horas y siete jalones para hacer 400 km

Miércoles, 13 de agosto (continuación)

Mientras estuve en ese cruce hice dedo a varios coches, pero no paró ninguno hasta que, al cabo, vi acercarse una Ford F350 que arrastraba un enorme remolque de caballos; pero no me molesté en ponerle el dedo porque la conducía una mujer. Y sin embargo se detuvo y me ofreció llevarme hasta Swann River, lo cual le agradecí infinito. El aire acondicionado de la cabina fue como un oasis para mí; y más aún lo fue la parada intermedia que hicimos para cargar agua en un manantial junto a la carretera: agua purísima de la que me apipé, porque la Coca-cola no había hecho sino darme más sed. La mujer era granjera y tenía una enorme cantidad de tierras, cultivos, vacas y caballos (cuyos orines aprovechaban para no sé qué industria química). Le pregunté que por qué me había recogido. Me dijo que le di pena, bajo el sol, en tal día de calor (31 grados).

En Swann River, un indio impasible con un super-truck me llevó hasta el cruce de Birch River mientras me hacía una serie de preguntas encadenadas cuyas respuestas no parecieron merecerle ningún comentario.

El cruce era un lugar, literalmente, in the middle of nowhere, de modo que al cabo de un buen rato de inútil espera ya me veía acampando tras un viejo galpón cercano; pero un simpático fulano en una camioneta toda descojonada, que trabajaba de conductor para una empresa de reparto de combustible, me dio un ride hasta Mafeking, un pueblo de apenas 300 habitantes donde me sentí más o menos “a salvo” porque había un parquecillo en el que, según me dijo el hombre, podía acampar gratis. Sólo que no había duchas. En cualquier caso, como al día siguiente su jefe viajaba hasta The Pas, lo prevendría de mi probable presencia en la ruta y le diría que me llevase si me veía. Pero mi sensación de seguridad no tardó en esfumarse al ver el ganado que pululaba por allí. Primero, dos sujetos que parecían miembros de la mítica “tribu de los Indios Gorrones” me indicaron, en un pésimo inglés, que “theis a cap’l guys goin’ to d’paa” (hay un par de tipos que van a The Pas), pero resultó ser falso. Luego, otro indio salió del lugar en que estaba encalomado, tras una construcción (y no sé cómo pudo verme desde allí), y me pidió dinero para un café; cosa que luego repitió con otros transeúntes. Más tarde vi a los tres indios juntos, todos lobos de la misma camada. Aparte, no dejaban de ir y venir, carretera arriba y abajo, los mismos coches de macarras en un hervor de actividades inciertas e inconcretas. Sigue leyendo

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Norteamérica 18. Trenes de una milla y el inclemente sol de las praderas

Lunes, 11 de agosto. Mismo lugar.

Ayer por la tarde asistí, a escasos metros de las vías, al impresionante paso de un larguísimo tren de mercancías por el pueblo. Algo en verdad digno de contemplar. A la dudosa luz del atardecer se veían hacia oriente, desde muchos quilómetros de distancia y bajo una gigantesca luna roja, los focos de la locomotora reflejándose y repitiéndose en los raíles como dos rayos; y se escuchaban graves -nítidos pero lejanos- sus insistentes pitidos de aviso. Casi diez minutos después, el tren hizo su entrada en Dauphin y pasaba de largo. Dos locomotoras lo arrastraban: una en cabeza y otra a mitad de su longitud: ochenta vagones, nada menos. La tierra temblaba a su paso y yo sentía la vibración en los pies. Cuando aún no habían pasado las tres cuartas partes del tren, la bocina de la locomotora se oía ya débil hacia el oeste, donde el sol se había puesto un buen rato antes. La escena me dejó boquiabierto durante un buen rato: nunca antes había visto nada igual. A estos trenes, por lo visto, los llaman “de una milla” porque miden 1600 metros.

Un poco de lectura y unas vueltas por el pueblo trajeron la noche. Tardé más de media hora en encontrar un bar. Una Molson Canadian, la cerveza nacional, me sirvió para entablar conversación con el camarero. Tras preguntarme por las generales de la ley (de dónde era, qué hacía allí, adónde me dirigía), me invitó a la segunda cerveza. Pero el bar estaba vacío, así que al cabo de una hora ya me encontraba de vuelta en el camping, dispuesto a acostarme. La noche, silenciosa y templada, no pudo ser mejor.
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Norteamérica 17. Ucranianos en Manitoba y los lejanos horizontes de la llanura

Sábado, 9 de agosto (continuación)

De los dos albergues que hay en Winnipeg, he venido a caer en el más cutre y solitario. Apenas seremos media docena de huéspedes y el ambiente es muy aburrido, mientras que el otro, a una manzana de distancia, bulle de actividad. ¿Quién me mandaría quedarme aquí? Pues la impaciencia y el presupuesto: en el otro, donde estuve primero, no había recepcionista, y como no me apetecía esperar me vine a éste, que además es un dólar más barato. Como aspecto positivo, en cambio, estoy solo en el dormitorio, lo cual no es una ventaja menor.

El centro de Winnipeg queda a una media hora andando, y la ciudad me ha parecido, verdaderamente, una buena mierda: antiestética y sucia, de edificios roñosos y calles deterioradas que recuerdan a las urbes hispanoamericanas, llena de negratas, “indiatas” desvirtuados, chinos feos, sudacas y mendigos. El único lugar atractivo me ha parecido The Forks, la horquilla, donde el río Assiniboine desemboca en el Red. Ahí hay algunas zonas verdes, un centro comercial, un paseo fluvial bastante bonito y un puñado de “indios” haciendo el ídem, sacando cuartos al turismo local a base de vestirse al supuesto estilo primitivo y exhibirse en tipis, todo de lo más peliculero. Indios, por cierto, de mirada ofensiva y feroz, descarada, agresiva, como si por su sola existencia se les debiera algo. Pero hacía un calor de la hostia y los muchos enjambres de mosquitos no daban respiro (como me había advertido Harold), así que no disfruté mucho del largo y fatigoso paseo que me di. Desde entonces no dejo de dudar qué hacer mañana y, caso de irme, qué ruta tomar. Dejaré la decisión, como de costumbre, para el último momento, mañana por la mañana. Hoy estoy muy cansado y, en vista de la birria de ambiente que hay en el albergue, me voy a acostar. Sigue leyendo

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