Ojalá la gente razonase como lo hace la IA… o la mitad de bien

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Se dice que la inteligencia artificial no es, en realidad, inteligente; pero yo me permito discrepar. Busque usted “inteligencia” en el diccionario y verá que la IA encaja en la definición mucho mejor que la mayoría de los humanos: “Facultad de conocer, analizar y comprender”. Bueno, pues si la IA no tiene esas facultades entonces no sé quién las tiene: comprende al menos tan bien como nosotros, conoce infinitamente más y analiza muchísimo mejor.

Pero… ¡pero se trata sólo de una simulación, no de verdadero entendimiento! La IA no comprende absolutamente nada — dirá alguien. Bueno, para debatir sobre esto tendríamos que ponernos a hacer una serie de nuevas consultas en el diccionario (entender, percibir, captar…) y ver si la IA también encaja en todos o algunos de esos términos; pero en la práctica, y para lo que aquí me interesa, esto en realidad no importa demasiado. Me refiero a que si la IA se comporta de modo inteligente, entonces en lo que a mí respecta es inteligente; y mucho más que la mayoría de las personas, por cierto. Sigue leyendo

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Norteamérica 7. Un inglés estrafalario y suerte en la carretera.

Jueves, 31 de julio de 2003. Isla de Fort George (Quebec).

La isla de Fort George está en la desembocadura del Grande Rivière (Gran río) a James Bay. Aquí se ubicaba la aldea de Chisasibi antes de que fuese trasladada -por seguridad- a la orilla sur cuando, dos o tres décadas atrás, se construyó la presa aguas arriba. Hace un perfecto día de verano, que pasaría por cálido incluso en nuestra península Ibérica. La información meteorológica prevé, por lo visto, 35 ºC de máxima. En medio de un cielo totalmente azul, el sol brilla y calienta con toda la fuerza que puede tener en estas latitudes. Apenas hay unas nubes altas por poniente. Continúo escribiedo la crónica de mi viaje sentado aquí a una mesita, en esta espléndida mañana, junto a la casa “de verano” de los Bates, una simpática familia de nativos (con mezcla racial) que me han acogido como la cosa más natural. Esta gente lleva una vida con bastante arraigo de tradiciones y no exenta de lujos. El interior de las casas es muy confortable, están bien aisladas y las ventanas son de aluminio. Pero luego cada familia tiene su tepee (el tipi, la tienda india), en el que, por cierto, de noche se está de maravilla. Sigue leyendo

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Norteamérica 6. Un israelí fanfarrón, excursión a Niágara y llegada a Orillia.

23 de julio (continuación-2)

Los empleados de la gasolinera donde me dejó el moro fueron de lo más amables y, con paciencia, me dieron todo tipo de explicaciones, apuntándomelas en un papel, sobre cómo llegar al centro [de Toronto], por lo cual no me costó ningún trabajo. También me resultó fácil encontrar un albergue, pero estaba completo y tuve que buscar otro, no asociado a Hostelling International, que estaba en pleno barrio chino (enorme, por cierto). Las condiciones parecían aceptables a pesar del precio, algo mayor que en el anterior porque incluía sábanas y desayuno, además de barbacoa gratis esa noche. La fauna allí alojada apuntaba a que era un albergue verdaderamente alternativo: un montón de tipos pasados de todo, australianos, ingleses, judíos, formando un ambiente relajado, y unas tipas que fueron apareciendo poco a poco, sin que faltara la parejita de tortis reglamentaria. Los únicos con los que podía trabarse conversación eran un par de australianos más o menos majetes que llevaban un rollo relativamente normal. Otra pareja de australianos iban más de “cuando tú vas, yo vuelvo”, sobre todo uno de ellos, el típico bocazas cuyo volumen de voz se impone forzosamente sobre todos los demás, dominando la atención y la conversación, y que me ignoró por completo al llegar. No obstante, su aparente fiereza quedaba del todo eclipsada frente al verdadero duro de la partida: un bigardo hebreo que medía 1’90, corpulento, rapado al cero, del estilo “yo me conduzco como quiero porque nadie tiene los cojones de decirme nada”; un tío de caprichosa conducta al que le apestaban los pies (pese a lo cual los ponía sobre la mesa), especie de ex-militar fanfarrón, especialista en armas, puentes, explosivos, ingeniería y no sé qué más, que había estado en mil países y se paseaba por el mundo avasallando con su puto pasaporte israelí y riéndose de las fechas de salida en él estampadas por las distintas autoridades de migración. Entre otras cosas, alardeaba de que recientemente Israel acababa de acordar con la UE que sus ciudadanos tengan permiso de trabajo allá donde vayan sin necesidad del correspondiente visado. Para colmo, dormía… ¿dónde?, sí, en el mismo dormitorio que me tocó a mí. Y además roncaba. Era de edad indefinida, entre 35 y 45 años (con estos calvos nunca se sabe), e iba totalmente a su rollo, sin que esto signifique que no hablase con nadie, sino que lo hacía con quien le daba la gana, dando por sentado que se le iba a prestar atención.

Yo intenté, sin mucha fe y por tanto sin éxito, de integrarme en la tertulia de cambiantes miembros que, de forma casi permanente, tenía lugar en el pequeño patio trasero; pero la dificultad del idioma y la independencia de los personajes eran serios obstáculos. Los dueños del albergue, una simpática pareja (guapa ella), tampoco contribuyeron mucho a mi inserción, pues se centraban principalmente en quienes hablaban con soltura el inglés.

Ahí empecé a aprender que, en Canadá y al contrario de lo que ocurre en Argentina [mi viaje por este país había sido un par de años antes; de ahí la comparación], nadie invita a cerveza. Cada uno se compra su provisión y ofrece, como mucho, al amiguete. No obstante, yo me comí las dos hamburguesas que tocaban per cápita en la BBQ. Pero, claro, a palo seco: nadie me ofreció una birra y yo no tenía bebida ni me valía la pena ir a comprarla. Cuando, al cabo de varias horas, vi que aquel grupo no era para mí, me acosté y me puse los tapones.

Por la mañana me largué de allí tan pronto tomé el desayuno y bajé las sábanas como un idiota, como si los dueños no tuviesen pies para recogerlas ellos. No es que fuesen antipáticos conmigo; ni siquiera indiferentes; pero un deje de menosprecio en su actitud hizo que no me cayesen bien. [Creo que fue durante este viaje cuando empecé a darme cuenta de la importancia que tiene un pasaporte determinado: los viajeros más respetados y bienvenidos suelen ser, casi siempre, los israelíes, estadounidenses y británicos, por este orden.] Me fui, con alegría, derecho a la estación de autobuses, donde cogí uno hasta Niágara esa misma mañana. Por suerte, ahí había plazas en el albergue, y aunque estaba prohibido dormir en saco nadie me exigió que pagase por unas sábanas. El ambiente no era mucho mejor que en el anterior, a decir verdad. Montones de orientales con su turismo indiferente a las personas, la consabida pareja de lesbis, y poco más; pero al menos no había camarillas de veteranos de vuelta de todo. A mis compañeros de dormitorio ni siquiera los vi.

De Toronto a Orillia, con excursión a Niágara

El día estaba de fina llovizna, pero el paseo a lo largo del río hasta las cataratas fue delicioso. La carretera lo bordea por arriba (unos 60-70 m de altura) ofreciendo una gran vista de las tranquilas y verdes aguas (y laderas) aguas abajo de la cascada. El estruendo se hace perceptible poco antes de vislumbrar la caída del lado “americano”, que es menos impresionante que la otra, mayor, en el lado canadiense. Con todo, estas famosas cataratas me resultaron decepcionantes. Lo que más me llamó la atención fue la nube de agua pulverizada que se eleva desde el fondo en la parte central y que a veces oculta del todo la visión, desde arriba, de la corriente de agua que se precipita a velocidad vertiginosa ante el observador: una visión que, desde corta distancia, atrae e invita a arrojarse en las aguas y que ha sido, parece ser, escenario de más de un suicidio. Entre las dos opciones turísticas: subir a un barco que se acerca al pie de la cascada por abajo, o visitarla desde arriba, elegí la segunda por ser la más barata, pero creo que me equivoqué, porque carecía de mayor interés. Luego me di una nueva caminata de regreso al albergue. Por la tarde salí a comer tras escribir algo en el diario, pero como era festivo sólo encontré un lugar donde, por pocos dólares, me tomé un par de Buds [Budweiser] y un peazo cesto de totopos que fui mojando en el correspondiente cuenquito de queso fundido hasta la extinción total (un hartón) de ambos productos. El bar era de lo más americano, con una sonriente y descerebrada camarera y una docena de ociosos clientes que parecían gastar sus vidas bebiendo en la barra o jugando al billar. A la noche, con idea de ver las famosas luces que iluminan las cataratas, volví a pegarme la caminata, per sólo para llevarme una nueva decepción, pues no era para tanto la cosa. Cuando me acosté estaba totalmente agotado: había caminado unos 15 km en total.

También llovía, o lloviznaba, cuando al día siguiente me puse en la autopista para buscar jalón de regreso a Toronto. El primero que me cogió me llevó apenas unos kilómetros, un tío simpático enamorado de Niágara. Pero el lugar en que me dejó era muy malo: una rampa de entrada a la autovía. Para colmo, la lluvia arreciaba. Por suerte, al poco me pilló el primer conductor verdaderamente interesante hasta el momento: un transportista con camión propio que me llevó a lo largo de su ruta de entrega, con una muy amena conversación y una cultura inisutada para su profesión, y que me enseñó el símbolo de Canadá: la cadena de cafeterías Tim Hortons, en una de las cuales nos paramos para que yo viese de lo que se trataba. También estuve ayudándolo a cargar y descargar la mercancía y, llegados a Toronto, me dejó en un lugar de puta madre para hacer dedo hacia el norte. Me despedí de él con pena, pues era una persona muy afable. Su opinión sobre los nativos era que Canadá, por el sentimiento de culpabilidad por haberles quitado la tierra, les costeaba una vida ociosa e improductiva.

El siguiente que me cogió tenía también un pequeño camión -lleno de mierda, por cierto- y me llevó hasta Barrie, pero era un hombre mucho menos interesante, un joven de mi edad, más o menos, que parecía conocer mucho de Europa y haber viajado un montón. Tenía una actitud de esas de “te sorprendo cada vez que hablo”. Simpático, pero anodino.

Más tarde me pilló otro camionero que conducía una cabeza tractora andrajosa azul y sin cinturones de seguridad, hombre de pocas palabras que tal vez se arrepintó de haber cogido a un autostopista que no hablaba bien el inglés, pero que no obstante me dejó bien situado en Orillia. Su gesto de despedida, take care and good luck, fue afable. Ahí acabó mi peregrinar por ese día porque no fui capaz de conseguir otro jalón de importancia. Aun así, cuando me disponía a caminar hacia la ciudad, un tipo con una camioneta de jardinero al que le pregunté por el camping me dijo que él iba hacia allá y me ofreció llevarme. El lugar quedaba a unas tres millas de Orillia, o algo más. Era un sitio delicioso, y por 21 $ (carillo para mí) pude disfrutar de un espléndido spot cercano a un bonito lago. Unfortunately no había dónde comer y yo no llevaba provisiones. En recepción vendían algunas cosas y compré una botella de Mountain Dew [una gaseosa dulce] fresquita, pero resultó que no había nada sólido que llevarse a la boca, así que me zampé la bebida antes de que se me calentara. Pero estaba cansado, y tras poner la tienda me di una ducha que me resultó lo bastante placentera como para compensar la falta de alimento. La tarde, además, estaba buenísima y bajé a la orilla del lago para escribir mi diario [como puede verse por la data del segundo capítulo de esta transcripción], lago cuya paz disturbaba un cretino con una moto acuática; no sólo la del lago, sino la de todo el camping. A la noche tuve que protegerme auditivamente porque el lugar se hallaba en la encrucijada de las rutas 11 y 12 y el ruido de vehículos era constante.

Era aún temprano cuando al día siguiente, y ante la estupefacción de algunos patéticos vecinos reaccionarios, me puse a hacer dedo hasta Orillia, a donde me llevó un hombre mayor que viajaba con su mujer y su hijo Down, pese a que su destino era otro. Como siempre, las personas más amables son las que tienen hijos discapacitados. En Orillia pregunté primero por los horarios de autobuses, y luego fui al albergue, donde el recibimiento y el precio me convencieron para no coger el bus.

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Norteamérica 5. Extraños compañeros de albergue y un ride a Toronto

23 de julio (continuación)

Fue en ese albergue donde empecé a forjar una teoría del lesbianismo en las viajeras; teoría que desde entonces no ha hecho sino afirmarse, porque vengo observando que las mujeres que viajan en grupo, que son muchas, no prestan la menor atención a los hombres. [Esta peregrina idea, fruto quizá de la frustración más que de otra cosa, se vio desmentida con el tiempo y la madurez, pero como aquí estoy transcribiendo literalmente el diario de viaje que escribí, omitirla ahora sería faltar a la honestidad.] Por cierto que esa tarde una zorrita [dicho aquí en el sentido de “astuta y pícara”] costarricense hizo uso de sus atractivos para aprovechar mi masculina fuerza en su beneficio, usándome para subirle la maleta hasta la habitación. Era una señorita bien, muy apenada por haber olvidado su cámara y horrorizada por tener que compartir dormitorio con otras mujeres, así que peleó en recepción por algo “más privado”. Por suerte, vi a tiempo de qué iba y no me cuidé más de ella. Una vez que me deshice de su influjo fui a pasear por la ciudad hasta que a las 20:30 empezó la actividad organizada por el albergue para esa noche: un bar tour. Mi compañero de dormitorio, un joven surcoreano que apenas hablaba inglés, muy simpático y educado, se apuntó también y allá nos fuimos los dos. Sigue leyendo

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Norteamérica 4. Parada y fonda en Drummondville, Quebec.

Martes, 29 de julio de 2003. Chisasibi (Quebec)

Bien, lo hice. Y no puede decirse que no me haya acompañado la suerte en este reciente tramo del viaje, porque hacer dedo desde Larder Lake a Chisasibi [unos 1000 km] y llegar en dos días es una hazaña récord. Pero eso lo contaré cuando llegue el momento. Ahora me toca hablar de “los canadienses” Lucas y Hellen.

Ya me había sorprendido ella cuando hablamos por teléfono días antes y le anuncié que estaba en Estados Unidos, camino de Montreal, desde donde podía ir hasta Drummondville a hacerles una visita, pero su calurosa acogida, a mi llegada, me sorprendió aún más. Desde el primer momento me trató como si me conociera de toda la vida (aseguraba acordarse de mí, cosa que dudo). [Esta duda que expresén en el diario era infundada: como he sabido después, Hellen tiene muy buena memoria, y aunque sólo nos habíamos visto una vez, bastantes años atrás, me recordaba perfectamente.] Es una mujer muy agradable, aunque algo dominante, y tiene un verdadero interés (pasión, más bien) por su profesión y todo lo relacionado con ella: el lenguaje y los idiomas. Habla un español casi perfecto y sin apenas acento, aunque por falta de interés o de previsión no ha educado a sus hijos en el bilingüismo, aprovechando que Lucas habla español nativo. En su casa se habla francés, lengua que él parece controlar muy bien.

Me temo que, durante mi estancia con ellos, le arrebaté su habitación a Kate [la hija], pero todos fueron conmigo tan amables como si yo no estuviese molestando en absoluto. Ni siquiera me dejaban fregar los platos, y sólo me permitieron encargarme de cocinar cuando hicimos unas tortillas de patatas (que, por cierto, fueron un éxito). Estuve cuatro o cinco días, y no me quedé más no por falta de ganas, sino por no molestar: era ya más de lo que en un principio había planeado.

Hellen es la típica madre que sólo respira y ve por la nariz y ojos de sus hijos. Cualquier conversación que tenga que ver con ellos, o con los idiomas, le encanta. Si se tratan otros temas, se desentiende un poco. En cualquier caso, es una excelente anfitriona. Por contraste, en Lucas descubrí una faceta radical, reaccionaria, que no le conocía y que hace que su inteligencia luzca menos. Con una memoria portentosa para los números y los datos, su avidez por el conocimiento es enorme. Todo le interesa, y sus puntos de vista acerca de las cosas están sólidamente fundamentados, aunque desde mi punto de vista algunos sean erróneos. Tiene, por otro lado, un gran sentido del humor, es muy transigente y nada orgulloso. Pasamos unos buenos ratos montando en bici, jugando al Scrabble (por cierto, Hellen tiene bastante mal perder y cada dos por tres le vetaba a su marido palabras que eran válidas), al balón o al bádmington con los niños y conversando sobre temas muy variados.

Kate es una chica excesivamente buena, tipo angelito, tímida e introvertida, que nunca molesta a nadie, siempre cede en todo y no protesta por lo que le toque hacer. Esos días el matrimonio tenía una discusión permanente porque Hellen la había apuntado (no sé si por razones religiosas o de apariencia) a una especie de ayuda social, una hora por las mañanas, y apenas estaba durmiendo nada. Lucas se oponía a esa actividad, pero la madre se salió con la suya. Emanuel, por su parte, es un chaval simpático, agradable y cariñoso, centro de atención esos días porque está jugando la temporada de verano en un equipo de fútbol local y todo gira alrededor de sus partidos. Si Kate habla un español deficiente, Emanuel lo habla peor.

Estuvo también de huésped en la casa un primo de los muchachos, algo bruto pero buen chico, con el que me llevé muy bien y que cuando me fui lamentó mi marcha, creo. Otro personaje que pasó por allí cada día para quedarse varias horas fue una gorda de risa chillona y mirada huidiza que no sé muy bien lo que pintaba ni a qué iba (alguna amiga o pariente ociosa), que no hablaba una palabra de español y que, por tanto, apenas participaba en la conversación, ya que Hellen, por consideración hacia mí (y desconsideración hacia ella), cuando yo estaba presente usaba sólo el español; pero estoy seguro de que no me perdí nada.

Un día fuimos en un school bus, con el equipo de Emanuel, a ver un partido de los Dragones de Drummondville contra los Dragones de otra localidad (empataron). Con viaje y todo, fue una tarde entretenida. Una mañana estuvimos en la piscina, donde me quedé con las ganas de nadar porque no tenía gafas. También, una tarde, fuimos a ver un pequeño festival de folclore que había en la ciudad. Y así, entre actividades varias, mi tiempo con ellos se fue volando, con gran pesar por mi parte. Se dormía bien en aquel piso silencioso, en una construcción de seis apartamentos (peor vivienda que donde residían la vez anterior).

De Drummondville a Montreal en coche

El día de mi marcha Lucas me llevó hasta Montreal, nada menos, donde me compré una guía de viaje del Canadá. Mi amigo estuvo regateando con un moro usurero el precio de una habitación para mí, cercana a la terminal de autobuses, pero no hubo trato, así que nos dimos un gran paseo hasta el albergue juvenil, donde por suerte encontré alojamiento para esa noche. Una vez hecha la reserva y ya más relajados nos paseamos por la calle St. Catherine hasta que cruza con no recuerdo cuál otra en la zona más cutre de la ciudad (que, por cierto, pese a lo cosmopolita, bulliciosa y llena de mendigos, no parece peligrosa), y ahí nos tomamos unas hamburguesas en un McDonalds, a pleno sol, divirtiéndonos en poner a parir, sin malicia pero sin bajar el tono (hablábamos en español, claro está), a un tipo cualquiera que ocupaba una mesa vecina y que nos oía ajeno a nuestra charla. Una chiquillada, pero nos echamos unas buenas risas.

Después de admirar durante un buen rato a las excelencias femeninas que pasaban por delante (el lugar era un auténtico escaparate y pase de modelos), volvimos hasta el coche, Lucas me llevó hasta el albergue y nos despedimos efusivamente. Con lástima lo vi alejarse, porque es un compañero sencillo, afectuoso y entrañable.

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Reseña y análisis de “Nivel 13” (1999)

Advertencia preliminar: la presente reseña contiene espóilers, pero sólo a partir de cierto punto que en su momento indico.

Introducción

Pese a su indiscutible éxito, yo nunca llegué a ver Matrix. Aparte de que Keanu Reeves me parece un pésimo e inexpresivo intérprete, el primer cuarto de hora de la película me resultó lo bastante cliché y hollywoodense como para pasar de ella; lo cual no quiere decir que no sepa más o menos de qué va, ya que la dicotomía red pill versus blue pill que planteaba ha adquirido enorme difusión en Occidente, ofreciendo un útil meme con el que diferenciar entre, por un lado, las pocas personas que “están en el ajo”, en el secreto de la verdad, y por otro el grueso de la población, supuesta víctima de un engaño colosal, cuando no de una falsa realidad. Por su parte, Nivel 13 (The thirteenth floor) también plantea la existencia de mundos virtuales (por oposición al “real”), pero con una solidez argumental que le da sopas con honda a muchos otras obras de ciencia ficción. Sigue leyendo

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Norteamérica 3. Cruzando el estado de Nueva York

Viernes, 25 de julio de 2003. Larder Lake (Ontario).

Larder Lake ha resultado ser un lugar delicioso. No sé si fue casualidad, suerte o ambas, pero el tipo que me trajo desde North Bay hasta aquí me hizo un gran favor. El camping no está mal de precio y el entorno es maravilloso. Ahora, después de tomarme un par de cervezas (¿o fueron cuatro?) en lo de Tamie (Windsor Tavern) y tras una rápida conversación con Ben, el danés naturalizado canadiense que acaba de enseñarme su autocaravana, aprovecho los últimos minutos de luz para escribir un poco.

Mediaba ya el mes corriente cuando, tras regresar a casa de los Walter desde la isla donde habíamos estado una semana, empecé mi gira propiamente dicha. Santiago fue tan amable de llevarme a la estación de autobuses al cabo de aquella última tarde de piscina y despedida en el 7032 de Bentley Boulevard, Takoma (MD), donde dije adiós a una Claire que creo disfrutó sinceramente mi estancia, a una Alice tiritando de frío tras salir del agua y a una Eladia que me pedía disculpas por aquello en lo que pudiera haberme ofendido [al transcribir esto me pregunto si es que la mujer no tenía la conciencia tranquila, o si era una insincera fórmula automática]. Fue un detalle que Santiago me acercase a la terminal, porque, tal vez a causa de la gente que había ido al D.C. para la próxima celebración del 4 de julio (que nosotros habíamos celebrado en la playa viendo la película Finding Nemo, yendo por la tarde a la feria, donde Claire compró para mí unos churros que no probé porque, la verdad, no tenía nada de hambre, y asistiendo a unos fuegos artificiales), había allí tal multitud y confusión de ticket booths que no supe hasta el último minuto si sería capaz de comprar el billete para mi autobús. Gracias a que una de las taquilleras fue algo amable. Santiago aguantó toda la espera junto a mí, al pie del cañón, y nos despedimos afectuosamente. Sigue leyendo

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Norteamérica 2. La familia Walter

Lunes, 21 de julio de 2003. Orillia (Ontario).

No sabría decir, pero es posible que haya cerca de mil personas alrededor de este lago y parque natural [provincial, en realidad] en que me hallo. Las mil pendientes de un único sujeto, o al menos inevitablemente conscientes de su existencia. [No sé lo que quise decir con esta críptica frase.] Pues sí, nunca falta un gilipollas con una moto acuática que no tiene nada mejor que hacer sino ruido y más ruido dando vueltas sin cesar. Bass Lake, creo que se llama este camping cercano a Orillia, en la provincia de Ontario, al que he venido a parar tras un día entero de autostop desde Niagara Falls [las famosas cataratas]. Cuatro conductores me han cogido, uno de los cuales, camionero autónomo, me ha llevado desde cerca de Niágara hasta Toronto en un entretenido viaje con amena conversación en la que me ha introducido a una “tradición” típica y exclusivamente canadiense: los cafés Tim Hortons. [Se trata de una cadena de cafeterías, semejante a Starbucks, de la que los canadienses parecen sentirse muy orgullosos.] Sigue leyendo

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