Miércoles, 24 de septiembre. Nanaimo (Columbia Británica).
El resto del viaje en ferry transcurrió sin pena ni gloria, deambulando por el barco y hablando aquí y allá con algún que otro turista. Junto al sitio que ocupé la mayor parte del tiempo había un norteamericano con su mujer. El hombre, de voz sonora y grave, no paraba de hablarme cada vez que tenía ocasión. Al principio me agradó, pero en cierto momento empezó a echarme un sermón sobre Dios, la otra vida después de ésta, etcétera, que -por improcedente y absurdo- me descolocó y me hizo rehuir a ese predicador aficionado, aunque viajaba en un camper [en Norteamérica llaman así a los pick-ups acondicionados para acampar] y me había ofrecido un lift. También charlé un rato con un canadiense que decía detestar a los estadounidenses y aseguraba que lo que les hacía falta era una buena patada en el trasero. Este tipo era bastante más simpático y más listo que el yanqui, o al menos se hacía querer más, aunque los dos tenían buen humor. A Mariko, después de comer, casi no la vi. No parecía estar muy interesada en mi compañía, así que aproveché para leer y dormitar un poco.
Llegados a Port Hardy decidimos quedarnos en algún camping, y me las ingenié para sacarle un ride a un matrimonio alemán que viajaba también en un camper y estaba, a la sazón, en la bodega esperando para salir. Me contaron, entre otras cosas -y es la segunda vez que oigo eso de un alemán- que en su país no hay mucha gente contenta con la reunificación de las dos Alemanias: los del oeste, porque “absorber” a la otra parte está costándoles mucho dinero; los del este, porque el sistema capitalista los obliga a trabajar para vivir. Esta pareja nos llevó al mismo camping al que ellos iban. Al llegar, como era de noche y no estaba iluminado, tuvimos que poner la tienda en la oscuridad, sobre un terreno empapado y lodoso, sin césped, desigual, en la atmósfera húmeda y neblinosa de la fría noche, y bajo unos altos árboles que chorreaban gotas de rocío. Nos las arreglamos como mejor pudimos, iluminados por la débil luz de nuestras agotadas linternas, y nos echamos a dormir. No hacía mucho frío y yo pronto me quedé dormido, pero en la madrugada, tal vez sobre las cuatro o las cinco, oí que ella se rebullía en su sitio, se levantaba y se iba. –¿Qué sucede? –Nada; no puedo seguir aquí. –¿Frío? –Sí. –¿Y a dónde vas? –A los servicios, que tienen calefacción. –Si te acercas a mí, estarás más calentita. –¡Oh, no, no, no! Pues muy bien, por fin me quedaba clara la cosa. De todas formas, me extrañó que tuviese tanto frío en la noche menos fría de las que habíamos pasado juntos, y pensé que a lo mejor tenía fiebre. Me levanté al amanecer y la vi regresar a la tienda. Me dijo que no había dormido nada en toda la noche, ni ido a tomar un café, ni nada; pero que en su deambular de madrugada vio, muy de cerca, a un oso pescando salmones en el arroyo vecino. ¡Afortunada, la muchacha!
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