23 de julio (continuación-2)
Los empleados de la gasolinera donde me dejó el moro fueron de lo más amables y, con paciencia, me dieron todo tipo de explicaciones, apuntándomelas en un papel, sobre cómo llegar al centro [de Toronto], por lo cual no me costó ningún trabajo. También me resultó fácil encontrar un albergue, pero estaba completo y tuve que buscar otro, no asociado a Hostelling International, que estaba en pleno barrio chino (enorme, por cierto). Las condiciones parecían aceptables a pesar del precio, algo mayor que en el anterior porque incluía sábanas y desayuno, además de barbacoa gratis esa noche. La fauna allí alojada apuntaba a que era un albergue verdaderamente alternativo: un montón de tipos pasados de todo, australianos, ingleses, judíos, formando un ambiente relajado, y unas tipas que fueron apareciendo poco a poco, sin que faltara la parejita de tortis reglamentaria. Los únicos con los que podía trabarse conversación eran un par de australianos más o menos majetes que llevaban un rollo relativamente normal. Otra pareja de australianos iban más de “cuando tú vas, yo vuelvo”, sobre todo uno de ellos, el típico bocazas cuyo volumen de voz se impone forzosamente sobre todos los demás, dominando la atención y la conversación, y que me ignoró por completo al llegar. No obstante, su aparente fiereza quedaba del todo eclipsada frente al verdadero duro de la partida: un bigardo hebreo que medía 1’90, corpulento, rapado al cero, del estilo “yo me conduzco como quiero porque nadie tiene los cojones de decirme nada”; un tío de caprichosa conducta al que le apestaban los pies (pese a lo cual los ponía sobre la mesa), especie de ex-militar fanfarrón, especialista en armas, puentes, explosivos, ingeniería y no sé qué más, que había estado en mil países y se paseaba por el mundo avasallando con su puto pasaporte israelí y riéndose de las fechas de salida en él estampadas por las distintas autoridades de migración. Entre otras cosas, alardeaba de que recientemente Israel acababa de acordar con la UE que sus ciudadanos tengan permiso de trabajo allá donde vayan sin necesidad del correspondiente visado. Para colmo, dormía… ¿dónde?, sí, en el mismo dormitorio que me tocó a mí. Y además roncaba. Era de edad indefinida, entre 35 y 45 años (con estos calvos nunca se sabe), e iba totalmente a su rollo, sin que esto signifique que no hablase con nadie, sino que lo hacía con quien le daba la gana, dando por sentado que se le iba a prestar atención.
Yo intenté, sin mucha fe y por tanto sin éxito, de integrarme en la tertulia de cambiantes miembros que, de forma casi permanente, tenía lugar en el pequeño patio trasero; pero la dificultad del idioma y la independencia de los personajes eran serios obstáculos. Los dueños del albergue, una simpática pareja (guapa ella), tampoco contribuyeron mucho a mi inserción, pues se centraban principalmente en quienes hablaban con soltura el inglés.
Ahí empecé a aprender que, en Canadá y al contrario de lo que ocurre en Argentina [mi viaje por este país había sido un par de años antes; de ahí la comparación], nadie invita a cerveza. Cada uno se compra su provisión y ofrece, como mucho, al amiguete. No obstante, yo me comí las dos hamburguesas que tocaban per cápita en la BBQ. Pero, claro, a palo seco: nadie me ofreció una birra y yo no tenía bebida ni me valía la pena ir a comprarla. Cuando, al cabo de varias horas, vi que aquel grupo no era para mí, me acosté y me puse los tapones.
Por la mañana me largué de allí tan pronto tomé el desayuno y bajé las sábanas como un idiota, como si los dueños no tuviesen pies para recogerlas ellos. No es que fuesen antipáticos conmigo; ni siquiera indiferentes; pero un deje de menosprecio en su actitud hizo que no me cayesen bien. [Creo que fue durante este viaje cuando empecé a darme cuenta de la importancia que tiene un pasaporte determinado: los viajeros más respetados y bienvenidos suelen ser, casi siempre, los israelíes, estadounidenses y británicos, por este orden.] Me fui, con alegría, derecho a la estación de autobuses, donde cogí uno hasta Niágara esa misma mañana. Por suerte, ahí había plazas en el albergue, y aunque estaba prohibido dormir en saco nadie me exigió que pagase por unas sábanas. El ambiente no era mucho mejor que en el anterior, a decir verdad. Montones de orientales con su turismo indiferente a las personas, la consabida pareja de lesbis, y poco más; pero al menos no había camarillas de veteranos de vuelta de todo. A mis compañeros de dormitorio ni siquiera los vi.

De Toronto a Orillia, con excursión a Niágara
El día estaba de fina llovizna, pero el paseo a lo largo del río hasta las cataratas fue delicioso. La carretera lo bordea por arriba (unos 60-70 m de altura) ofreciendo una gran vista de las tranquilas y verdes aguas (y laderas) aguas abajo de la cascada. El estruendo se hace perceptible poco antes de vislumbrar la caída del lado “americano”, que es menos impresionante que la otra, mayor, en el lado canadiense. Con todo, estas famosas cataratas me resultaron decepcionantes. Lo que más me llamó la atención fue la nube de agua pulverizada que se eleva desde el fondo en la parte central y que a veces oculta del todo la visión, desde arriba, de la corriente de agua que se precipita a velocidad vertiginosa ante el observador: una visión que, desde corta distancia, atrae e invita a arrojarse en las aguas y que ha sido, parece ser, escenario de más de un suicidio. Entre las dos opciones turísticas: subir a un barco que se acerca al pie de la cascada por abajo, o visitarla desde arriba, elegí la segunda por ser la más barata, pero creo que me equivoqué, porque carecía de mayor interés. Luego me di una nueva caminata de regreso al albergue. Por la tarde salí a comer tras escribir algo en el diario, pero como era festivo sólo encontré un lugar donde, por pocos dólares, me tomé un par de Buds [Budweiser] y un peazo cesto de totopos que fui mojando en el correspondiente cuenquito de queso fundido hasta la extinción total (un hartón) de ambos productos. El bar era de lo más americano, con una sonriente y descerebrada camarera y una docena de ociosos clientes que parecían gastar sus vidas bebiendo en la barra o jugando al billar. A la noche, con idea de ver las famosas luces que iluminan las cataratas, volví a pegarme la caminata, per sólo para llevarme una nueva decepción, pues no era para tanto la cosa. Cuando me acosté estaba totalmente agotado: había caminado unos 15 km en total.
También llovía, o lloviznaba, cuando al día siguiente me puse en la autopista para buscar jalón de regreso a Toronto. El primero que me cogió me llevó apenas unos kilómetros, un tío simpático enamorado de Niágara. Pero el lugar en que me dejó era muy malo: una rampa de entrada a la autovía. Para colmo, la lluvia arreciaba. Por suerte, al poco me pilló el primer conductor verdaderamente interesante hasta el momento: un transportista con camión propio que me llevó a lo largo de su ruta de entrega, con una muy amena conversación y una cultura inisutada para su profesión, y que me enseñó el símbolo de Canadá: la cadena de cafeterías Tim Hortons, en una de las cuales nos paramos para que yo viese de lo que se trataba. También estuve ayudándolo a cargar y descargar la mercancía y, llegados a Toronto, me dejó en un lugar de puta madre para hacer dedo hacia el norte. Me despedí de él con pena, pues era una persona muy afable. Su opinión sobre los nativos era que Canadá, por el sentimiento de culpabilidad por haberles quitado la tierra, les costeaba una vida ociosa e improductiva.
El siguiente que me cogió tenía también un pequeño camión -lleno de mierda, por cierto- y me llevó hasta Barrie, pero era un hombre mucho menos interesante, un joven de mi edad, más o menos, que parecía conocer mucho de Europa y haber viajado un montón. Tenía una actitud de esas de “te sorprendo cada vez que hablo”. Simpático, pero anodino.
Más tarde me pilló otro camionero que conducía una cabeza tractora andrajosa azul y sin cinturones de seguridad, hombre de pocas palabras que tal vez se arrepintó de haber cogido a un autostopista que no hablaba bien el inglés, pero que no obstante me dejó bien situado en Orillia. Su gesto de despedida, take care and good luck, fue afable. Ahí acabó mi peregrinar por ese día porque no fui capaz de conseguir otro jalón de importancia. Aun así, cuando me disponía a caminar hacia la ciudad, un tipo con una camioneta de jardinero al que le pregunté por el camping me dijo que él iba hacia allá y me ofreció llevarme. El lugar quedaba a unas tres millas de Orillia, o algo más. Era un sitio delicioso, y por 21 $ (carillo para mí) pude disfrutar de un espléndido spot cercano a un bonito lago. Unfortunately no había dónde comer y yo no llevaba provisiones. En recepción vendían algunas cosas y compré una botella de Mountain Dew [una gaseosa dulce] fresquita, pero resultó que no había nada sólido que llevarse a la boca, así que me zampé la bebida antes de que se me calentara. Pero estaba cansado, y tras poner la tienda me di una ducha que me resultó lo bastante placentera como para compensar la falta de alimento. La tarde, además, estaba buenísima y bajé a la orilla del lago para escribir mi diario [como puede verse por la data del segundo capítulo de esta transcripción], lago cuya paz disturbaba un cretino con una moto acuática; no sólo la del lago, sino la de todo el camping. A la noche tuve que protegerme auditivamente porque el lugar se hallaba en la encrucijada de las rutas 11 y 12 y el ruido de vehículos era constante.
Era aún temprano cuando al día siguiente, y ante la estupefacción de algunos patéticos vecinos reaccionarios, me puse a hacer dedo hasta Orillia, a donde me llevó un hombre mayor que viajaba con su mujer y su hijo Down, pese a que su destino era otro. Como siempre, las personas más amables son las que tienen hijos discapacitados. En Orillia pregunté primero por los horarios de autobuses, y luego fui al albergue, donde el recibimiento y el precio me convencieron para no coger el bus.