Norteamérica 41. Entra Jette en escena y Mariko sale

Martes, 30 de septiembre. Mismo lugar.

Acabado aquel paseo por el parque Stanley, regresé al hostal y llamé a Jette para ver si mantenía la idea -que expresó el día anterior, en el ferri- de tomar un café en su casa. La encontré receptiva; me dijo que no problem, fijó una hora y me explicó cómo llegar. Me quedaba tiempo sobrado para comprarle una botella de vino e ir caminando a su casa, bastante alejada del albergue, en lo que llaman el West Side, un barrio de gente acomodada ubicado en South Vancouver. Atardecía cuando llegué, cosa de las seis y media. Su vivienda, una espaciosa habitación de alquiler, acondicionada como apartamento, en una casa unifamiliar, era básicamente un salón cocina con un colchón en el suelo a modo de dama. Durante mi visita, Jette mantuvo una actitud algo coqueta pero desprovista de verdadera intención, como si la hubiese automatizado a lo largo de su experiencia con el trato masculino; y aunque me miraba con insistencia a los ojos, su mente y su conversación estaban en otra parte. Es una de esas personas centradas en sí mismas que sólo te preguntan por tus cosas cuando, agotado por un momento el flujo de su propio discurso, precisa de un “iniciador” para reanudar su charla; y en cuanto tu respuesta les proporciona una idea a la que agarrarse, el cabo de una madeja cualquiera, retoman la primera persona del singular. No obstante, decía cosas bastante sensatas y me pareció inteligente.

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Norteamérica 40. El bosque pluvial, adiós a Dani y llegada a Vancouver

Domingo, 28 de septiembre. Victoria (Columbia Británica).

El viernes, Dani llegó a Nanaimo después de lo previsto porque perdió un ferry en Vancouver y hubo de tomar el siguiente, así que, como ya era tarde, antes de regresar a Victoria nos metimos a cenar en un chiringuito cercano a la terminal. Pedimos unas alitas de pollo y un fish’n’chips que no estuvieron nada mal, y los regamos con una jarra de cerveza. Ese día no hubo más acontecimientos dignos de mención.

Ayer sábado, por la mañana, nos levantamos tarde, tomamos un café en un lugar cercano a su casa y fuimos a pasar el día por ahí, recorriendo la carretera que costea, hacia el oeste, el sur de la isla. Por el camino paramos a caminar un poco por un parque natural que me impresionó: era un rainforest, un bosque pluvial muy cerrado y oscuro de altísimas coníferas que albergaba tanta muerte como vida, pues tanto los árboles más canijos como las ramas bajas de los más crecidos, al no recibir suficiente luz a través de la tupida cobertura foliar, se deshojan y acaban pudriéndose y cayendo sobre el terreno poblado de helechos y alfombrado de pinocha y hojarasca, formando así un auténtico y caótico vertedero natural de materia muerta, una fronda tan impenetrable que sólo podía transitarse por las veredas, difícilmente mantenidas. Una de ellas nos condujo hasta la misma playa, donde el bosque acaba bruscamente y, desde la orilla del agua, se percibe como una barrera de troncos secos y pelados, blanqueados por el sol, en los que el salitre marino no ha dejado un rastro de vida parásita. En algunos lugares, el mar había socavado el terreno bajo el pie mismo de los árboles, ofreciendo una didáctica vista de la sección vertical del suelo, donde pueden distinguirse -tras la tenue cortina de gotas que rezuman de las raíces medio al aire y de las plantas que viven en el talud- las diferentes capas que lo componen.
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Norteamérica 39. Dani el barcelonés; idas y venidas entre Nanaimo y Victoria

Jueves, 25 de septiembre. Victoria (Columbia Británica).

La vida viene como viene: se esfuma un sueño y llega una alegría. La tarde de ayer, en Nanaimo, fue plácida: la pasé leyendo, escribiendo y charlando. La fauna que había por el albergue (salvo por una tipa más seca que una mojama y que me recordó a la camarera del Mambrú) era afable. Llevaba yo unas horas marcando a una japonesita -guapa la chica, como de unos treinta y pocos- que había aterrizado por allí esa mañana y, mira por dónde, al final del día trabamos conversación por pura casualidad. Lo de siempre: que si de dónde eres, que si qué haces… Se llama Hiromi, es de Nagasaki y pasa en Canadá seis meses para practicar su inglés, que por cierto es bastante pobre. Monitora de canotaje en Japón, lleva aquí ya un tiempo, y ha estado trabajando y viajando. Ayer era su único día en Nanaimo. Al cabo de un rato de charla se fue a acostar y yo me quedé, con otros dos huéspedes, viendo un programa sobre construcción de barcos; y después de conversación.

Mi noche fue tan placentra como la anterior, y también mi despertar en la cálida y soleada mañana. Con mucha calma, he ido recogiendo mis cosas hasta que me he encontrado de nuevo con Hiromi, que se iba. ¿Tenía tiempo para un café en el paseo marítimo? Sí, claro. Hemos dado un bonito garbeo y tomado un agradable café, intercambiando email y direcciones. -Tal vez algún día nos veamos en Japón o España. -Sí, tal vez; ojalá nos veamos. -Ojalá, así lo espero yo también. Al dejarla, me pasé por el thrift store del Ejército de Salvación y compré dos camisas y una gorra, todo por cinco pavos. Luego terminé de recoger mis cosas en el hostal y me despedí de los simpáticos compañeros que andaban por allí.

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Norteamérica 38. Adiós a la pequeña, fría en incomprensible Mariko

Miércoles, 24 de septiembre. Nanaimo (Columbia Británica).

El resto del viaje en ferry transcurrió sin pena ni gloria, deambulando por el barco y hablando aquí y allá con algún que otro turista. Junto al sitio que ocupé la mayor parte del tiempo había un norteamericano con su mujer. El hombre, de voz sonora y grave, no paraba de hablarme cada vez que tenía ocasión. Al principio me agradó, pero en cierto momento empezó a echarme un sermón sobre Dios, la otra vida después de ésta, etcétera, que -por improcedente y absurdo- me descolocó y me hizo rehuir a ese predicador aficionado, aunque viajaba en un camper [en Norteamérica llaman así a los pick-ups acondicionados para acampar] y me había ofrecido un lift. También charlé un rato con un canadiense que decía detestar a los estadounidenses y aseguraba que lo que les hacía falta era una buena patada en el trasero. Este tipo era bastante más simpático y más listo que el yanqui, o al menos se hacía querer más, aunque los dos tenían buen humor. A Mariko, después de comer, casi no la vi. No parecía estar muy interesada en mi compañía, así que aproveché para leer y dormitar un poco.

Llegados a Port Hardy decidimos quedarnos en algún camping, y me las ingenié para sacarle un ride a un matrimonio alemán que viajaba también en un camper y estaba, a la sazón, en la bodega esperando para salir. Me contaron, entre otras cosas -y es la segunda vez que oigo eso de un alemán- que en su país no hay mucha gente contenta con la reunificación de las dos Alemanias: los del oeste, porque “absorber” a la otra parte está costándoles mucho dinero; los del este, porque el sistema capitalista los obliga a trabajar para vivir. Esta pareja nos llevó al mismo camping al que ellos iban. Al llegar, como era de noche y no estaba iluminado, tuvimos que poner la tienda en la oscuridad, sobre un terreno empapado y lodoso, sin césped, desigual, en la atmósfera húmeda y neblinosa de la fría noche, y bajo unos altos árboles que chorreaban gotas de rocío. Nos las arreglamos como mejor pudimos, iluminados por la débil luz de nuestras agotadas linternas, y nos echamos a dormir. No hacía mucho frío y yo pronto me quedé dormido, pero en la madrugada, tal vez sobre las cuatro o las cinco, oí que ella se rebullía en su sitio, se levantaba y se iba. –¿Qué sucede? –Nada; no puedo seguir aquí. –¿Frío? –Sí. –¿Y a dónde vas? –A los servicios, que tienen calefacción. –Si te acercas a mí, estarás más calentita. –¡Oh, no, no, no! Pues muy bien, por fin me quedaba clara la cosa. De todas formas, me extrañó que tuviese tanto frío en la noche menos fría de las que habíamos pasado juntos, y pensé que a lo mejor tenía fiebre. Me levanté al amanecer y la vi regresar a la tienda. Me dijo que no había dormido nada en toda la noche, ni ido a tomar un café, ni nada; pero que en su deambular de madrugada vio, muy de cerca, a un oso pescando salmones en el arroyo vecino. ¡Afortunada, la muchacha!

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Norteamérica 37. Mariko se desmoraliza; un ride en el momento crítico

Lunes, 22 de septiembre (continuación)

El último jalón de ese día, hasta Moricetown, corrió a cargo de un nativo que me recordó a Jacob (el de Chisasibi) y que viajaba en una van con un niño y un perro. Gustoso nos mostró fotos de sus hijos, los hijos de su novia, y algunos de sus familiares.

Moricetown es una reserva india bastante pequeña que no tiene ni un mal café, una gasolinera o una mísera tienda. Nada. Pero está ubicada en un lugar idílico, arbolado, con mucha agua, rocas entreveradas de hierba, empinadas colinas… Ahí el caudaloso río Bulkley se precipita por una pequeña cascada -donde los nativos han construido unos canales para atrapar peces- antes de estrecharse aguas abajo y pasar a través de un angosto y profundo cañón sobre el que un puente posibilita el paso de vehículos a la orilla este. (Por cierto, tuvimos ocasión de ver a una india, ya mayor, que se ataba una cuerda al cinto y que, para intentar coger algún pez, sumergía en los remolinos del río una red al extremo de una percha con un aro; pero se marchó sin haber pescado nada.) Aún no iba el día muy avanzado y podríamos haber intentado seguir adelante, pero como el lugar era encantador y la tarde templada, tranquila y luminosa, decidimos pernoctar allí.

Trepamos la empinada colina del lado este -en lo alto de la cual se erguía un tipi hecho de madera- y nos hallamos ante una pequeña meseta de césped que podía, o no, pertenecer al camping vecino. Ante la duda, y para ahorrarnos la tarifa, acampamos más bien alejados de la oficina; aunque resultó no ser necesario porque no había nadie en ella. De todas formas, nuestro lugar era excelente, ya que desde el borde de la meseta, apenas a veinte metros de la tienda, disfrutábamos de un bello paisaje: las montañas en torno a nosotros, algunas casas a lo lejos, sobre similares altiplanos, y a nuestros pies el cañón, el río y la reserva india. Usamos a nuestro antojo los baños del camping sin que nadie nos dijera una palabra. Los otros campistas (un grupo de alegres alemanes que viajaban en tres RV’s, unos norteamericanos en una motorhome, y alguno que otro más) estaban, igual que nosotros, sin saber a quién pagar; así que la estancia nos salió gratis a todos.

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Norteamérica 36. Una compañera de tienda, aves migratorias y deforestación salvaje

Lunes, 22 de septiembre. Motonave Queen of the North.

Es difícil escribir durante estas ajetreadas jornadas. Eventos y días se acumulan porque las ocasiones de recogerlos en el diario son escasas e inapropidas: un café rápido en un Tim Hortons, unos minutos de fría claridad en la húmeda mesa de un camping, etc. A ver si este trayecto en el ferry me provee del tiempo suficiente y adecuado para poner al día el cuaderno.

Tras depedirnos de Karl estuvimos un rato intentando conseguir jalón, pero en vista del fracaso -y de la hora- nos dirigimos al camping de la ciudad, llamado Mile 0 (como, por cierto, se llaman muchos otros lugares y negocios en Dawson Creek, ya que es el punto cero de la Alaska highway). Estaba convenientemente ubicado para nosotros, era bonito, limpio y barato. Cuando acabamos de poner la tienda nos metimos dentro y acomodamos nuestros cansados cuerpos como pudimos en el reducido espacio disponible. Pero no fue la estrechez, sino el frío de aquella noche despejada y el pudoroso espacio que dejamos entre los dos lo que hizo que ninguno durmiese bien. Espero que algún día llegue a saber [vana esperanza: hoy, cuando esto escribo, sigo sin tenerlo claro, pese a haber pensado a menudo sobre el tema durante estos últimos 23 años] si soy el tío más pusilánime e idiota que ha parido madre o, por el contrario, el más sensato, pero tanto mi ignorancia sobre lo que una japonesa espera del desconocido con quien duerme dentro de una pequeña tienda, como la total ausencia de señal o indicio, pista o gesto por su parte, inhibieron cualquier manifestación de lo que no sólo mi instinto, sino también el frío, me impulsaban a hacer; así que no me desplacé ni un centímetro, hacia crujía, de mi posición inicial, ni siquiera para evitar el lamentable desperdicio de nuestro calor corporal. Es posible que cualquier tentativa o tanteo -por no hablar de tiento- hubiese provocado su inmediato y quizá encendido rechazo, pero con estos japoneses nunca se sabe: esa cultura de la discreción, el mutismo y la inhibición de deseos, emociones o estados de ánimo tiene por fuerza que conducirlos, por no molestar u ofender, a privarse de lo que quieren. Cabe también dentro de lo posible, aunque tal vez no de lo probable, que la apatía de Mariko fuera sólo aparente y se debiese, precisamente, a las mismas consideraciones que me hacía yo. Sea como fuere, el resultado es que amanecimos arrecidos.

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Norteamérica 35. 1400 km con el generoso y solitario Karl

Domingo, 21 de septiembre. Prince Rupert (Columbia Británica)

Pese a lo bien que me encontraba en Whitehorse, mientras permaneciese allí no estaba conociendo otros lugares, así que tenía que irme antes de que aquel sosiego me dejase clavado en el pueblo demasiado tiempo, dado que en esa región el otoño había acabado ya: cuando llegué, aún amarilleaban las hojas en los árboles; al marcharme, menos de una semana después, ya se habían quedado desnudos. Tras un día que estuvo nublado y frío, al siguiente amanecieron nevadas las crestas de las montañas, con un blanco grisáceo que se confundía con el de las nubes. Aunque aún había días claros, ya eran todos fríos o ventosos, y había que salir bien abrigado, con gorro y guantes. Apenas se veía gente por la calle, salvo los indios gorrones y borrachos, siempre prestos a pedirte unos centavos, holgazaneando cerca de las licorerías o junto a las barracas del Salvation Army, donde les dan comida y cama. Por cierto, la penúltima noche de mi estancia en el hostal vino un negro, con su mujer y dos hijos, pidiendo alojamiento fiado, a lo que los alemanes se negaron. Quizá hicieron bien, pero los encontré un poco estirados y bastante selectivos. Ella no me cayó bien: demasiado tiquismiquis para regentar un hostal. Aparte, había algo de falso en su rígida política “ecológica” y de reciclaje. Sigue leyendo

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Norteamérica 34. Un judío mentiroso, el grupito de Whitehorse y el “Yukon time”

Jueves, 11 de septiembre (continuación)

Todo el viaje transcurrió a lo largo de inacabables bosques de aspecto otoñal iluminados por el sol del atardecer y, en el horizonte, hacia uno u otro punto cardinal, siempre alguna cadena de altas montañas nevadas. Hasta pasamos muy cerca de un largo glaciar cuyo extremo, de un blanco muy puro, derritiéndose año tras año -lenta pero inexorablemente- en un yermo campo de montículos negros y lodosos, parecía una gaviota caída en un barrizal.

A veces, mientras Abe conducía incansable, yo dormitaba. Ya atardecía cuando llegamos a la frontera. Mi paso fue rápido, pero a él lo retuvieron más de media hora. Esperándolo en el coche, lo vi hablar largo rato con la oficial dentro del puesto. En cierto momento salió y vino a buscar algún documento en la guantera. Me dijo: “ya acabo; van a hacerme un pase.” Por fin regresó con unos papeles en la mano. –¿Todo resuelto? –Sí. –¿Y cuál era el condenado problema? –Bueno, hace unos veinte años tuve algunas condenas por peleas y tengo antecedentes penales. Pero desde hace quince estoy limpio; ni siquiera me han puesto una multa de tráfico; así que la agente ha accedido a hacerme un pase temporal de siete días para que pueda cruzar hasta los Lower 48; una vez allí, puedo solicitar del gobierno canadiense una rehabilitación permanente. Esto coincidía con lo que Hank, el exconvicto del albergue de Fairbanks, me había contado de cierta ocasión en que, en la frontera canadiense, le dijeron “we don’t want people like you in our country.” Tal vez Canadá se cuida mucho de ser el país receptor de toda la escoria yanqui. Pero significaba, también, que Abe me había mentido otra vez: ni era israelí, ni ignoraba por qué podía tener problemas en la frontera. ¿Un violento rehabilitado? Puede ser.

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