Jueves, 11 de septiembre (continuación).
Desde Soldotna (¡y venga a pasar coches!), un chaval encantado de haberse conocido, que me subió al coche para explicarme fáctica y empíricamente que él siempre recogía a los autoestopistas porque viajaba mucho, me llevó unas pocas millas hasta el siguiente pueblo. Pero luego pasé horas en el arcén sin éxito. A eso de las seis y media empiezo a pensar que tendré que ponerme a buscar un lugar para acampar, pero entonces veo, alucinando, que se para un motorhome. ¿Será a mí, Señor? Sí, hijo mío, a ti es. ¿A dónde vas?, me preguntó el conductor. Intento llegar a Anchorage. Pues vámonos a Anchorage, me dijo. Y subí. ¡Ah, amigo! ¡Eso es comodidad; eso es lujo! Mi nuevo benefactor era un nativo que vivía en Kodiak y que llevaba su viejo motorhome hasta Fairbanks, donde uno de sus vástagos lo necesitaba. Tenía que ser, cómo no, un imprevisible indio quien rompiese la regla inquebrantable de que los conductores de motorhomes nunca recogen autostopistas. Un indio simpático, grande y orondo como un sol, exalcohólico rehabilitado y cristiano practicante, que había cambiado su profesión de mecánico diésel por la de carpintero-constructor. Viajaba en comitiva -a paso de caracol- con un amigo, también de Kodiak, que conducía el vehículo precedente. “Es mi amigo Donald -me dijo Steve- que me ha enseñado todo lo que sé sobre carpintería.” Steve era de esos conductores que esperan a última hora para frenar en un semáforo o al doblar una esquina, y no por tendencias suicidas, especial inclinación al riesgo o afición a los rallies, sino por una defectuosa apreciación de las distancias; y es que luego, los de este mismo género, titubean a la hora de adelantar en tramos suficientemente largos y con buena visibilidad.

