Norteamérica 33. Iluminados y trabajadores de Jesucristo

Jueves, 11 de septiembre (continuación).

Desde Soldotna (¡y venga a pasar coches!), un chaval encantado de haberse conocido, que me subió al coche para explicarme fáctica y empíricamente que él siempre recogía a los autoestopistas porque viajaba mucho, me llevó unas pocas millas hasta el siguiente pueblo. Pero luego pasé horas en el arcén sin éxito. A eso de las seis y media empiezo a pensar que tendré que ponerme a buscar un lugar para acampar, pero entonces veo, alucinando, que se para un motorhome. ¿Será a mí, Señor? Sí, hijo mío, a ti es. ¿A dónde vas?, me preguntó el conductor. Intento llegar a Anchorage. Pues vámonos a Anchorage, me dijo. Y subí. ¡Ah, amigo! ¡Eso es comodidad; eso es lujo! Mi nuevo benefactor era un nativo que vivía en Kodiak y que llevaba su viejo motorhome hasta Fairbanks, donde uno de sus vástagos lo necesitaba. Tenía que ser, cómo no, un imprevisible indio quien rompiese la regla inquebrantable de que los conductores de motorhomes nunca recogen autostopistas. Un indio simpático, grande y orondo como un sol, exalcohólico rehabilitado y cristiano practicante, que había cambiado su profesión de mecánico diésel por la de carpintero-constructor. Viajaba en comitiva -a paso de caracol- con un amigo, también de Kodiak, que conducía el vehículo precedente. “Es mi amigo Donald -me dijo Steve- que me ha enseñado todo lo que sé sobre carpintería.” Steve era de esos conductores que esperan a última hora para frenar en un semáforo o al doblar una esquina, y no por tendencias suicidas, especial inclinación al riesgo o afición a los rallies, sino por una defectuosa apreciación de las distancias; y es que luego, los de este mismo género, titubean a la hora de adelantar en tramos suficientemente largos y con buena visibilidad.

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Norteamérica 32. La cuesta de Homer, la vieja de los perros y santo Jamie

Lunes, 8 de septiembre (continuación)

Esta mañana me he levantado a eso de las nueve, tras dormir divinamente: cálido, cómodo y en un silencio casi total. Durante un buen rato no he sabido qué hacer hoy, así que al principio he ayudado a Kelly, partiendo leña, encendiendo el fuego y preparando el desayuno. Ayer se habló algo sobre ir a pescar, así que he estado a la expectativa hasta que he comprendido que, de hacerse, será más bien tarde. También se habló de que Kelly me daría un ride hasta alguna parte dependiendo de hacia dónde me encamine. Pero a media mañana se fue de compras a Anchorage con doña Estupenda. ¿Podía ir con ellas para comprar un libro? No hace falta: nosotras te lo traemos. Y se marcharon sin tomar nota del libro. Así que ahí me quedé, trabando conversación con Mike, el cocinero: otro outcast que trataba de abrirse camino en Alaska, buen chico aunque de dudosos antecedentes; la historia de siempre en esta región. Después de pensarlo un rato decidí largarme a Seward. Aquella gente era muy maja pero de un descontrol total, y yo no quería perder mis contados días en Alaska pendiente del imprevisible proceder de unos jipis. Mike lamentó mi decisión, pero me dio un ride hasta la carretera principal. Antes de despedirnos me dijo que tenía tres días libres y que, de no haber estado su camioneta estropeada, se habría venido conmigo; y me encareció que, si yo volvía a Portage (era paso obligado) antes del miércoles, no dudara en pasarme por allí de nuevo. Sigue leyendo

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Hombres domesticados ante el estímulo sexual

Cómo el empoderamiento sexual de la mujer está creando sociedades de eunucos

Foto: macandmumble.com

El instinto de reproducción —o sexual, mejor dicho— empuja a los machos de homínidos (y de muchas más especies) a copular en toda ocasión que sea posible, siempre que las circunstancias lo permitan sin poner en riesgo la supervivencia; es decir, salvando la necesidad de satisfacer otras necesidades más básicas como eludir un grave riesgo físico, buscar y consumir alimento, descansar o atender a los cuidados propios o de la progenie, así como, en el caso de especies sociales, evitar ser expulsados del grupo. Homo sapiens no es ninguna excepción a ese instinto. Durante decenas de miles de años la conducta sexual de los varones ha venido dictada por el oportunismo: allá donde no hubiese peligro de daño o conflicto social, intentaban —presumiblemente, en cada buena oportunidad que se les presentara— acceder a las hembras en edad de concebir u otras aún apetecibles. Los frenos más eficaces a dicho intento eran básicamente de dos tipos: por un lado, el posible conflicto con otros machos, ya que entre ellos ejercen un control mutuo sobre el acceso a las hembras del grupo, recurriendo a menudo a jerarquías o alianzas que, viniendo en último término respaldadas por la violencia, obliga a una cuidadosa evaluación de costes, pues de lo contrario podría conducir a lesión o muerte. Por otro lado, las fuertes restricciones sociales, cooperativas y de parentesco, en especial con objeto de evitar el incesto, del que las distintas culturas han hecho un tabú en virtud de un mecanismo adaptativo innato. En ausencia de estos dos tipos de freno —o sea, en cualquier contexto sin restricciones internas— la agencia de las hembras para elegir o rechazar a un macho ha tenido siempre una efectividad muy limitada, dada la mayor fuerza física de éste: una hembra sola, sin respaldo de parientes varones ni alianzas femeninas, y sin un macho protector, difícilmente puede rechazar a un “pretendiente” que insiste. Pero, aun con tales restricciones, los varones tenían amplio margen de maniobra para, cuando menos, intentar acceder sin riesgo personal ni reproche social a las mujeres no sometidas a otra autoridad o vigilancia. Sigue leyendo

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Norteamérica 31. La sorprendente Alaska y una guarida de hippies

Domingo, 7 de septiembre. Mismo lugar.

¡Vaya puta mierda de albergue!, si se me permite decirlo. Encima de todas las restricciones que ya he mencionado, el personal es antipático y gilipollas. El único punto positivo es que se nos permite a los huéspedes hacer llamadas locales, gratis, si duran menos de tres minutos.

La jornada de ayer fue muy amena e interesante. Brillaba el sol, aunque hacía fresco, y Alex me llevó con él a visitar la bahía Turnagain, que es preciosa. La carretera discurre flanqueada por el mar (a 50 m) y por las montañas (a 100 m) en un bonito contraste. Tuvimos la suerte de coincidir con el momento de mayor intensidad de la merea entrante, tan grande en esta latitud del Pacífico (la diferencia de nivel entre bajamar y pleamar puede alcanzar el equivalente a cuatro pisos de altura) que producía un fenómeno curiosísimo e impresionante: el agua marina, al inundar el llano, negro y desnudo lecho de la bahía, lo hacía en una única ola que -como el correr de una cortina- avanzaba incesante playa adentro, desde mar abierto, a lo largo de varias milas, sepultando bajo diez pies de agua el lodo bituminoso del lecho, que en un instante desapareció de nuestra vista. Esa singular ola, que se formaba en la bocana de la bahía (donde, por cierto, vimos también unas cuantas de las pequeñas ballenas beluga) y no se detenía llegar a su extremo, iría seguida -es de suponer- por otras, pero mucho menos espectaculares, ya que avanzarían sobre el agua traída por esa primera, no directamente sobre la arena. Sigue leyendo

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Norteamérica 30. Misteriosas pisadas en la noche; el McKinley acude a su cita

Jueves, 4 de septiembre. Mismo lugar.

Anoche descansé bien y, gracias a un paño abrigoso y ligero que me compré en Fairbanks, no pasé frío. Lo que sí me disturbó un rato, a eso de la medianoche, fue la ruidosa llegada de un coche y las voces de sus ocupantes. Al principio pensé que eran locales que venían de juerga y temí que fuesen a darme la noche, pero seguramente eran tan sólo viajeros o montañeros que se conocen la zona y saben dónde pernoctar gratis, ya que pronto dejaron de hacer ruido y, a partir de ahí, el silencio fue sólo turbado por el murmullo del río, el canto de algún pájaro solitario o el paso de un tren por las cercanas vías. El caso es que esta mañana, al salir de la tienda, ya no vi a nadie.

El río Chulitna discurre por un anchísimo cauce plano de origen glaciar y, en su mayor parte, seco en esta época del año, de modo que queda a la vista el lecho de cantos rodados y una multitud de isletas elevadas que, a juzgar por su abundante vegetación y arboleda, no deben de quedar inundadas durante las avenidas. En una de dichas isletas he puesto la tienda. Pese a la escasa pendiente de la cuenca, la corriente circula a una considerable velocidad y la superficie del agua hace un efecto visual muy curioso: parece convexa.
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Norteamérica 29. Viviendo entre parias, inadaptados y exconvictos

Martes, 2 de septiembre. Mismo lugar.

Parece que me he quedado atascado en Fairbanks. Pensaba pasar aquí dos o tres días, pero llevo ya cuatro, que van a prolongarse a cinco. Aunque el tiempo está regularcillo, el hostal es agradable y asequible, el personal es majo y la cama, cómoda. Durante estos días he ido tomando confianza con los otros huéspedes. En contra de lo que le entendí al principio, el oriental que quería ir Prudhoe Bay (el puto norte de Alaska, junto al mar de Beaufort) no estaba intentando hacer dedo, sino que iba en bicicleta. El otro día fui al cine con la chica de Pensilvania, que se llama Paige (pronunciado como page, página); y aunque es tan superficial como al conocerla me pareció, lo compensa con grandes dosis de simpatía y sociabilidad. Bien pensado, es hasta guapa. Me gusta esa chica. Miles, el encargado del albergue, ha resultado tener un ego del tamaño de una casa y ser tan buen hablador como mal escuchador. Demasiado centrado en sí mismo, cuenta diez veces las mismas cosas intrascendentes como si estuviera desvelándote el misterio de la vida y, cuando habla, no se dirige a toda la audiencia sino sólo a uno, y preferiblemente a una. A él le basta con tener un oyente. En cuanto a Vicky (o Vikki), la australiana, enseguida encontró trabajo en la construcción, así que apenas la veo: sale del hostal a las nueve y no vuelve hasta pasadas las seis, agotada y pensando sólo en acostarse. Bill tiene bastantes conocimientos de historia, es el más culto de todos, pero también el más ermitaño: apenas sale, y pasa gran parte del tiempo acostado, o en el sótano, o en la segunda cocina, donde casi nunca hay nadie. He observado que estos días el centro de reuniones está trasladándose desde la “cocina de Miles” (donde suele estar el encargado) hacia el sótano. Quizá es que los nuevos hemos aprendido lo que los viejos ya sabían: que Miles es un peñazo. Hank, el exconvicto, es un tipo simpático, muy tranquilo, creo que el más listo de todos, y se pasa el día entero bebiendo café en su travel mug. Parece haber venido aquí huyendo de la policía de su estado, y dice que tiene pensado morirse en Alaska. Después está Víctor, el tejano mejicano, un tío simpático que encuentra un extraño placer en hablar español conmigo. Es electricista y trabaja aquí temporalmente (como parece ser el caso de toda la población de Fairbanks), así que sólo lo veo un rato por las tardes.
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Norteamérica 28. Dando tumbos por Fairbanks en busca del hostal idóneo

Sábado, 30 de agosto. Misma ciudad.

Fresca fue mi noche en ese albergue. A la mañana siguiente, o sea ayer viernes, me levanté sin prisas y estuve merodeando por allí. Sarah, la vieja descamada que llevaba aquello, me preguntó si me quedaba o me iba. Cuando le dije que me mudaba al centro se ofreció para telefonear al albergue donde tenía pensado ir, y encontró alojamiento para mí, por 15 $, en una cabin situada en el backyard. Genial. Desmonté mi tienda y preparé mis cosas con calma. Mientras esperaba la hora en que pasaba el próximo autobús, entablé una breve conversación con un japonés, o coreano, que había pernoctado en una tienda cercana a la mía. Me dijo que él se quedaría una noche más y que hoy se iría a dedo a Denali Park. “Bueno, entonces quizá nos veamos allí”, le dije; pero no lo creía probable, porque aunque coincidiésemos en las fechas, el parque es enorme, alberga varios campings y, en cualquier caso, él pensaba hacer acampada libre.

Al subirme al autobús, una india gorda -goooorda- y charlatana se me enrolló y comenzó a hablarme de su hijo único, de que no quería tener más, de que ella sabía defenderlo muy bien y de no sé cuántas otras cosas que no le entendí ni me molesté en entender, porque maldito lo que me interesaban ella, su hijo y su egocéntrica conversación. Cinco segundos antes de apearse me ofreció su teléfono por si “tenía algún problema”, pero ya otros viajeros la conminaban a salir y yo aproveché para hacerme el sueco y despedirla con un buenos días y una sonrisa cortés.
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Norteamérica 27. Algunas impresiones agridulces en Alaska

Jueves, 28 de agosto. Fairbanks (Alaska).

Había algo raro en Hans. Algo que al principio no pude identificar pero que, por último, decidí que tenía que ver con una falta de seguridad en sí mismo o con algún complejo de inferioridad. Bueno, la cosa es que pasé una noche relativamente aceptable a pesar del resfriado y los frecuentes esputos. Al menos, no pasé frío, lo cual no sé si se debió a que la temperatura había subido o a que la fiebre me había bajado. El lugar era delicioso y el silencio absoluto. Eagle, ciertamente, era un destino remoto. Me entraron ganas de quedarme allí… y tal vez debería haberlo hecho.

Esta mañana, con calma, levantamos el campamento y nos fuimos. Por desgracia, en lugar de Hans condujo Gene, que es de esos conductores nerviosos que pisan y sueltan constantemente el acelerador de modo que el coche va a tirones todo el rato; cosa que acabó por levantarme dolor de cabeza y, para mitigarlo, hube de recostarme en el asiento y -por tanto- desentenderme del viaje durante largo rato, hasta que hubo cambio de conductor.
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