De Santiago de Chile a Coquimbo

Misma ciudad, el mediodía siguiente

El restaurante se llama Don Elías, y estoy sentado a una mesa de su amplia y sombreada terraza frontera a una calle cuyo tráfico, aunque constante, circula despacio y sin hacer demasiado ruido. La temperatura a esta hora y en esta época del año es aún tolerable, sobre todo si está uno en reposo y a la sombra. La música ambiente del local es suave, de ésas que acompañan pero no incordian. De lo cual resulta, en conjunto, una atmósfera bastante agradable. Vamos: que se está aquí la mar de bien, caramba. He pedido un jugo de mango, que en estas regiones norteñas lo hacen casi invariablemente a partir de pulpa congelada, pues la producción de fruta en esta estéril mitad del país es escasa o nula; pero –eso sí– lo he pagado a precio de zumo fresco y recién exprimido en una terraza de la Plaza Mayor de Madrid; con lo que todo queda dicho; y no exagero.

Frente a mí, semiocultas a la vista por los arbolillos de la terraza de don Elías, y sobre los tejados de uralita o lámina de las bajas construcciones de la acera opuesta, se elevan las áridas, pedregosas y parduzcas montañas sin vegetación perceptible alguna que conforman el valle donde se asienta Copiapó. Desde que dejé atrás Santiago no he visto prácticamente paisaje otro que estos páramos arenosos o estos eriales rocosos, de vez en cuando salpicados con ralos arbustos bajos, este terreno de desnudos y dispersos serrijones, geológicamente todavía joven, poco erosionado, casi por completo desprovisto de agua y en el que predominan los tonos grises, férricos y beis. Las torrenteras son anchas y sus camas, secas, exponen tanto al sol diurno como al frío nocturno su pedregal de cantos rodados, material arrancado a la montaña a lo largo de milenios durante las escasas ocasiones en que alguna lluvia tempestuosa haya bendecido esta franja del planeta. Es Atacama un desierto escarpado de roca, piedra y arena, un inacabable e inhóspito yermo de extraña belleza: la de esos paisajes que fascinan por la engañosa cercanía y reveladora desnudez de sus lejanos relieves, por su variada fisionomía. En contraste con las frondas o los bosques de coníferas, de monótono y a veces empalagoso verdor, estos montes y pampas exponen a la vista cada palmo del terreno, cada una de sus facetas y aristas, cada sombra y cada ángulo, cada matiz del color, cada línea de su perfil. Hace muchos años, en un desierto parecido a este, me encontré con un viajero seducido, como yo, por esa tierra. Charlando con él, estuvimos intentando desentrañar el misterio de la atracción que sobre el espíritu ejerce ese tipo de paisaje. Se nos ocurrió que tal vez se debiese, al menos en parte, a la instintiva sensación de seguridad que un erial ofrece, ya que –al contrario que los bosques (y no digamos ya las selvas)– no oculta sus peligros: salvo los artrópodos y otros bichillos que puedan esconderse bajo las piedras, no hay víboras ni alimañas (ni potenciales enemigos) que no se vean a una distancia suficiente para precaverse contra ellos; no hay cenagales traicioneros, ni grietas invisibles; tampoco distancias que no puedan abarcarse con la mirada. El hombre que se enfrenta al desierto puede saber, porque lo ve, lo que tiene delante; no así quien se adentra en la espesura. Esta idea, en su día, me pareció un gran descubrimiento; hoy ya no estoy tan seguro; pero sigue pareciéndome interesante.

Apuros en el metro. Terminal bus San Borja

En las notas escritas ayer me quedé en la Plaza de Armas de la capital chilena, después de comprar divisa nacional, con el tiempo ya muy justo para llegar a la terminal y coger el autocar que me traería hacia el norte. Faltaba menos de media hora para la salida del Plusschile de las 11:45 hacia Coquimbo y, si lo perdía, ya no me valdría la pena esperar al siguiente: tendría que pasar esa noche en Santiago. Aprender cómo funcionaba el metro y comprar la tarjeta correspondiente me llevó unos preciosos minutos. Para llegar a la estación Central, vecina a la terminal San Borja, tenía que hacer dos paradas en una línea, transbordar a otra y bajarme cuatro o cinco paradas más adelante. En los letreros indicadores que hay por los pasillos del suburbano de Santiago no están indicados los nombres de las estaciones intermedias, sino sólo la primera y última de cada línea, de modo que el viajero debe conocer cuál es la estación fin de trayecto hacia la que debe dirigirse para llegar a la que desea; así que al hacer el trasbordo hube de preguntarle a un empleado. “Por ese pasillo de ahí”, me indicó. Y por ese pasillo fui y tomé el primer tren. Pero ya llevaba tres paradas recorridas cuando me di cuenta de que estaba alejándome de mi destino: el hombre se había equivocado al darme la indicación. Me bajé apresuradamente y comenzó entonces para mí una inexorable cuenta atrás de los minutos que faltaban para la salida de mi autocar: apenas veinte cuando me puse a cambiar de andén y coger un tren en sentido contrario; poco más de cinco cuando por fin emergí a la superficie por una de las bocas de la estación Central… en las proximidades de la terminal San Borja. ¿Pero dónde quedaba, exactamente? Un viandante me indicó que “más abajito”, hacia el oeste, pero dos manzanas más abajo, sin encontrarla, otro paisano me dijo que no, que “más arribita”, hacia el este. Para entonces ya había sustituido mi paso por un trote ligero, y preferí no consultar el reloj. Un tercer peatón me proporcionó el dato preciso: la estación de autocares San Borja está en los altos del Mall Plaza Avenida, o sea, precisamente allí donde, dos horas antes, había cambiado en EFEX los primeros euros y comprado la SIM; y donde no debería de haberme dejado seducir por la falsa esperanza de vender mis euros violáceos en Plaza de Armas. Sólo cuando entré de nuevo al centro comercial me atreví a mirar la hora: eran las 11:45 en punto. Mi autobús ya debía de estar saliendo, y yo, que pese al fresco que hace en Santiago por estas fechas había empezado a sudar, aún tenía que encontrar los susodichos “altos”; sólo que ese mall no parecía tener más que una planta, y no encontré la menor indicación ni referencia a ninguna terminal de autobuses.

Asumiendo con resignación la cruda realidad, recuperé el paso sosegado y predispuse mi mente a tener que quedarme ese día en Santiago. No obstante, por ese mínimo margen que a veces damos hasta al azar más improbable, le pregunté a un vigilante dónde (demonios) estaba la San Borja. Me contestó que justo sobre nuestras cabezas, por esa rampa de ahí. De cuatro saltos alcancé el piso superior y, ya fuera de horario, inquirí en la taquilla de Plusschile si el autobús de menos cuarto se había marchado. “Aún no ha salido –respondió la empleada–; todavía está en la plataforma, pero seguramente ya habrán cerrado la planilla de viajeros. Pregúntele al conductor.” Nada perdía con intentarlo, así que acerqueme al andén que me indicaron y preguntele al sobrecargo si me permitirían embarcar. “Sin problema -me dijo-, escoja un asiento vacío cualquiera y yo le cobraré el billete a bordo.” A esto lo llamé entonces “llegar en el último segundo”, aunque no era tanto así, pues, ignaro, estaba aún ayuno de los muy flexibles horarios y usos chilenos en lo atinente al transporte colectivo de viajeros por carretera.

En fin: después de todo llegaría a Coquimbo esa misma tarde.

Terminal de bus San Borja

La máquina –como en la jerga profesional llaman aquí a los autobuses– era de la categoría “salón semi-cama”; es decir, con tres filas de asientos (dos a la izquierda del pasillo, una a la derecha) bastante cómodos y relativamente espaciosos, reclinables en grado suficiente para un razonable descanso. Yo –desconociendo aún la práctica comercial de las compañías de bus chilenas– fui a sentarme en uno de los caros (los de la fila derecha) en el piso superior. Todavía se demoró el bus otros diez minutos en partir, y no bien salíamos de la terminal subió el sobrecargo a cobrarme el pasaje, pero a un precio menor de lo que costaban los asientos más económicos para aquel trayecto, si bien no me entregó billete ni recibo alguno. Tengo para mí que ese dinero se lo embolsaron a medias entre él y el conductor. Pero bastante agradecido les estaba por haberme dejado subir, como para andarme con exigencias y legalismos.

El tipo de autobuses que se gastan en estos grandes países iberoamericanos, sin infraestructura ferroviaria y con malas carreteras, me resultaba ya familiar por mi viaje a Argentina de hace veintitantos años: como las distancias son enormes y los viajes se eternizan (llegan a durar hasta día y medio), casi todo el transporte público se hace en cómodos autocares que, para compensar por los pocos asientos (a causa del mucho espacio que ocupan), tienen dos pisos. Incluso creo recordar que, en el país vecino, algunos de los servicios incluían, como los aviones, un catering en el precio del pasaje (aunque bien puede mi memoria engañarme y que esto fuese en Tailandia, donde también usan ese mismo tipo de carrocerías).

La deplorable política de reservas hoteleras en Chile

Para cuando logré despachar, a lugar secundario en mi mente, esa larga mañana de despropósitos y sosegarme un poco, estábamos ya fuera de la capital. Sentíame animado y en disposición de disfrutar del paisaje todo lo posible. La carretera discurría entre amplísimos valles de árido aspecto. Su trazado, visible con frecuencia en toda la extensión del horizonte, tenía largas y pronunciadas pendientes, curvas de enorme radio cuya línea acentuaba el relieve, la forma y el tamaño de los montes y gargantas por donde pasaba. Durante buena parte del trayecto el océano Pacífico nos acompañó a la siniestra mano, ora cerca, ora lejos, pero siempre allí como una referencia grisácea –plateada o plomiza según la luz o las corrientes marinas– bajo el cielo nuboso. Pese a esforzarme por mantener los ojos bien abiertos para no perderme ni un detalle de ese épico panorama estepario, al calorcillo de la calefacción y vencido por el cansancio acumulado no tardé en quedarme dormido en el cómodo sillón reclinable. Cuando me despabilé habíamos recorrido ya más de un tercio del camino hasta Coquimbo y el autobús acometía las rectas inacabables de Huentelanquén, cuya longitud aparece acentuada por las larguísimas pendientes del terreno, que realzan la distancia que lo separa a uno de su final, allá en la lejanía.

Aproveché que el viaje era largo para colocar la SIM en el móvil, configurar la red de datos, conectarme al mundo digitalizado de nuestra era y verificar el estado de mis reservas hoteleras. En casa, antes de partir, había hecho dos de ellas para mi primer día en Chile, por si acaso una me fallaba; lo cual resultó buena precaución, pues durante los días que pasé en Canadá uno de los hospedajes me había enviado un mensaje diciéndome que me anulaban la reserva “por políticas de Booking”, torpe y falsa excusa con la que querían esconder la verdad: que no se fiaban de mí porque no había hecho una transferencia bancaria previa para “garantizar la reserva” (deplorable costumbre del sector hotelero chileno), pese a que en mensajes anteriores, en que les explicaba que las transferencias intercontinentales eran excesivamente onerosas para el cliente, se habían mostrado conformes en pasar por alto, para mí, dicho requisito. Se conoce que el hecho de no poder yo informarles, un día más tarde, de la hora precisa en que llegaría al alojamiento disparó su desconfianza, se lo pensaron mejor y, con muy poca honestidad, procedieron a cancelarme la reserva sin decirme ni una palabra. Si no llega a ser porque recibí un mensaje automático de Booking informándome de la anulación me habría presentado en el hotel sin reserva.

Adviértase que hablo de una transferencia bancaria, no de un pago online con tarjeta; y es que muchos de los establecimientos de hospedería en Chile no admiten pago con tarjeta ni reserva de pago electrónico a través de Booking. En lugar de ello, una vez el sistema te ha mandado el mensaje automático de confirmación, lo que hace el establecimiento es enviarte otro mensajito con un número de cuenta chileno para que les ingreses ahí el pago, con aviso de que, caso de no recibirlo, cancelarán la reserva; práctica que se me antoja bastante deshonesta, habida cuenta, sobre todo, que nunca informan de esto último en las condiciones del hospedaje, antes de reservar.

Lo primero que vi ahora al tener ya conexión en el móvil fue que me habían anulado también otra reserva, no la “de seguridad” para esa noche en Coquimbo sino una que había hecho para la noche siguiente en Copiapó (la ciudad desde la que ahora escribo). La causa, empero, fue idéntica: un exceso de desconfianza. Tras haber acordado con el dueño (que también tenía la mencionada política de transferencia previa) el pago en efectivo, cambió de opinión cuando le pregunté si podía acogerme al beneficio fiscal establecido por la legislación chilena según el cual los extranjeros no residentes están exentos de pagar el IVA en los hoteles si abonan su alojamiento en divisa extarnjera (sea efectivo, sea tarjeta bancaria). Exta ley, pensada para atraer turismo y afluencia de divisas, gusta poco a los hoteleros, e intentan aprovecharla en su favor cobrando el IVA a sus clientes pero no declarándolo en sus cuentas con el fisco. Nunca antes me había ocurrido que en menos de 48 horas me cancelasen dos reservas de Booking; y esta empresa no está exenta de culpa, pues pese a conocer las malas prácticas chilenas no hacen nada por solucionar los trastornos que le originan al cliente.

Mas la decepción con el nefasto maridaje Booking/Chile no quedó ahí: al comprobar la mencionada reserva que, “por si acaso”, había hecho para esa misma noche en Coquimbo resultó que ¡también me la habían cancelado! Y ya iban tres. Quienquiera que fuese el encargado del hospedaje decía haber mantenido conmigo una conversación de voz a través de Whatsapp en la que, supuestamente, yo le había dicho que me encontraba tranquilamente en España y no tenía la menor intención de alojarme esa noche en la chilena ciudad de Coquimbo. Este malentendido tenía cierta explicación, que no obstante no justificaba la anulación: en mi perfil de Booking yo no tengo mi número de teléfono verdadero, sino uno inventado, de manera que si desde algún hospedaje intentan contactar conmigo usando dicho número, la persona que les responderá no seré yo, sino algún desconocido. No obstante, en toda mi larga y nutrida experiencia con Booking jamás me había ocurrido que un hotelero abandonase la segura y fiable herramienta de mensajería que dicha plataforma ofrece y se pusiese, por su cuenta y riesgo, a enviarme mensajitos o hacerme llamaditas por Whatsapp. En este caso concreto, ya había intercambiado con el hospedaje varios mensajes, a entera satisfacción de ambas partes, mediante la app de Booking y no había razón alguna para que, inopinadamente, decidieran “continuar” la conversación por otros medios ajenos a esa plataforma sin que nadie se lo mandara; y por otra parte, teniendo en cuenta la información, de todo punto inconsistente, que el hospedero había recibido por uno y otro canal, lo mínimo que debería haber hecho era retomar el chat de Booking para averiguar el porqué de esa aparente contradicción, en lugar de coger y cancelar unilateralmente la reserva sin intentar verificar nada y, sobre todo, contraviniendo la política de Booking, que encarece –tanto al alojamiento como al cliente– que usen con preferencia su herramienta de mensajería para, entre otras razones, evitar ese tipo de problemas.

Así, en apenas dos días he aprendido una dura lección que tendré muy presente para el resto de mi estancia en este país: En Chile es preferible no usar Booking, pero si no hay otro remedio, se debe evitar en lo posible reservar en hoteles que exijan transferencia previa. (Si bien, como digo, la mayoría de ellos no avisan de tal requisito hasta después de haber realizado la reserva.)

En vista de las circunstancias, no tuve más remedio que buscar sobre la marcha, desde mi asiento en el autobús, un nuevo alojamiento, eligiéndolo esta vez no en virtud de mis criterios habituales sino de la falible impresión que me causaran sus “condiciones” y su descripción. Por suerte, esta última reserva fue la definitiva.

 

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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