Cierre de la prensa liberal en Rusia

La producción periodística de Rolo Slavskiy es tan abrumadora que se precisaría un equipo de traductores para reproducirla simultáneamente en otro idioma, y un lector necesitaría dedicación a tiempo completo sólo para absorber todos y cada uno de sus artículos, pues raro es el día en que no publica uno de varias páginas y considerable densidad. (Con su portentosa memoria y su incontinencia editorial, es la versión anglo-rusa de César Vidal, con la notable salvedad de que Slavskiy es, además, muy inteligente mientras que Vidal… bueno, siendo caritativos, digamos que sólo tiene buena memoria.) Por eso, a la hora de acometer la tarea de traducir para el público hispanoablante el contenido más interesante que Rolo, en su afán por explicar al lector angloparlante cómo se entiende esta guerra desde el punto de vista del eslavo de a pie, empezó a subir a Substack poco después de la intromisión de Rusia en la guerra civil de baja intensidad que venía desarrollándose en el Donbass, me encuentro con tres alternativas igualmente insatisfactorias: (a) leerme toda su producción (cientos de artículos) e intentar seleccionar lo más importante o indispensable de cara al objetivo buscado, de lo cual me considero incapaz, (b) empezar por lo último publicado y prescindir de todo lo anterior, aunque su conocimiento sea imprescindible para entender dónde estamos hoy, o (c) proceder cronológicamente desde el principio, donde él empezó, y ver después, sobre la marcha, si es factible y a dónde ese camino me lleva. Así que, habida cuenta la incurable inconstancia de mis propósitos y a falta de mejor consejo, me inclino por la última alternativa.

Antes de comenzar, debo hacer una advertencia: Rolo es un tipo insufriblemente presuntuoso y desdeñoso, pagado de su inteligencia hasta casi la caricatura, acérrimo enemigo de ahorrar tanto elogios sobre sí mismo como invectivas sobre los demás, especialmente sus propios lectores, a quienes desprecia en grado superlativo. Creo que se lo podría definir como un ególatra (en lo que, ahora que caigo, también se parece mucho a César Vidal, salvo que… bueno, siendo caritativos, digamos que Rolo tiene razones para creérselo) y un perfecto gilipollas (en lo cual, esta vez sí, estaría empatado con el señor Vidal). Y aunque ninguna de estas -hmmm- cualidades supone, desde luego, obstáculo alguno para aportar información pertinente y buenos análisis o razonamientos, sí hacen de él (y del otro) un autor al que es necesario leer con la nariz tapada y traducir con el estilo más libre de que sea uno capaz, pues sus textos están entretejidos con panegíricos de Mr. Slavskiy, oprobio hacia sus lectores y escarnio para el resto de la humanidad. Con esto vengo a significar que, aunque la autoría de la información, argumentos y opiniones contenidas en cualquier traducción que pueda yo hacer de sus textos es rigurosamente suya, la redacción será mía, y omitiré cualquier frase o párrafo que no contribuya directamente a la finalidad de informar.

Sin más, paso ya a ofrecer lo que este autor escribía el 12 de marzo del 2022:

La purga de los medios liberales y rumores de nacionalizar la economía

Durante el primer mes de la OME (operación militar especial) en Ucrania ha habido muchas descripciones de la situación, en Rusia, por parte de veteranos, ex miembros del gobierno y exmilitares. La mayoría presentan una idea general bastante precisa, incluyendo los conceptos básicos adecuados para un análisis correcto del conflicto en su contexto político, como la expansión de la OTAN, las promesas incumplidas, los gasoductos hacia Alemania, la malquerencia neoconservadora, etc.

Otros se han centrado en analizar el día a día del aspecto puramente bélico, haciendo todo lo posible por mostrar los avances y las tácticas de ambas partes. Por desgracia, son minoría quienes tratan de proporcionar análisis sobrios de la guerra, y además quedan ensombrecidos junto a quienes ofrecen el relato político de la OTAN o, en menor medida, la línea oficial de la Federación Rusa.

Pero pocos se han referido a los rápidos cambios que están ocurriendo dentro de la sociedad rusa a nivel administrativo, ideológico y social. A nadie culpo, pues quizá estos cambios estén produciéndose muy deprisa y el morbo rojo anaranjado de las explosiones haya cautivado la atención del público. La guerra es algo increíble de presenciar, y ahora podemos verla desde la seguridad de nuestros monitores a medida que las imágenes aparecen en Twitter y Telegram a un ritmo más rápido de lo que podemos absorber.

Pero igual de impresionante que los restos humeantes de un avión ucraniano es la noticia de que el Eco de Moscú también ha sido derribado. El Eco de Moscú es la principal cadena radiofónica de la oposición liberal, que desde su creación en 1990 promovió la línea política neoliberal en Rusia y dio firme apoyo a Boris Yeltsin. Por aquel entonces la situación política estaba cambiando, con la línea dura de la URSS organizando un nada entusiasta y mal planeado golpe de Estado para intentar salvar al viejo régimen contra los “reformadores liberales” que habían decidido detonarlo. El Eco apoyó a los reformadores (Chubais, Gaidar, Yeltsin, etc.), quienes vendieron por unos centavos los activos estatales a gánsteres judíos y a compañías occidentales creando un sistema de control oligárquico y una operación de saqueo masivo a nivel nacional que aún continúa.

Cuando, el 1 de marzo (de 2022), Roskomnadzor (el órgano de vigilancia de los mass media rusos) cerró el Eco de Moscú, el portazo debería de haber resonado en todo el mundo, pues fue como si el Partido Demócrata estadounidense hubiese cerrado la cadena Fox News. Alexei Venediktov, jefe de edición (judío) del Eco, es un verdadero icono del liberalismo en Rusia. Y la purga no acabó ahí. También cayó Dozhd (Lluvia), un proyecto mediático destinado a adoctrinar a la masa millennial con ideas de “guerrillero de justicia social” y cuyo editor jefe, Tikhon Dzyadko (judío), huyó del país. Igualmente cerraron The Village, un proyecto similar que se autodescribe como hipster. Meduza, otro proyeco que principalmente repetía ce por be artículos de opinión de la web Vice (basura progre), ya se había mudado a Riga el año pasado, como igualmente hizo (esta vez a Kiev) la filial rusa de Radio Free Europe. Y es casi seguro que el Novaya Gazeta (Nuevo Diario), dirigido nada menos que por el propio Gorbachov (nominalmente), sea el próximo en caer.

Naturalmente, la mayoría de estos proyectos mediáticos están dirigidos por judíos y promueven la misma agenda neoliberal que sus primos en Occidente. Y la democracia liberal no puede funcionar sin instituciones liberales, siendo una de las más importantes los medios de comunicación, cuyo papel, después de todo, es conformar el relato político y esbozar los parámetros aceptables de su discurso. En ellos se decide lo que es razonable, deseable y moral y, por supuesto, lo que es extremista, odioso y poco ético. La tarea que los medios liberales se auto-asignan es decidir qué debe excluirse del discurso civil, sea mediante la censura suave o mediante la dura.

Así, las implicaciones de que el Kremlin cierre una poderosa institución liberal como es la prensa están bien claras: Rusia está alejándose del modelo político de democracia liberal y volviendo al tradicional ruso de nacionalismo/autoritarismo. (Más adelante Mr. Slavskiy se verá obligado a matizar esta apresurada opinión, expresada poco después del inicio de la OME.)

Pero los medios no son el único pilar clave del sistema liberal, siendo igual de importantes los oligarcas que los financian. Como regla general, y desde la época de los griegos, la clase empresarial de cualquier sociedad apoya las políticas liberales. Históricamente ha habido, claro está, élites empresariales “económicamente nacionalistas” en lugares como Alemania e incluso titanes de la industria, como Ford en Estados Unidos, que promovieron políticas nacionalistas y un proteccionismo económico; pero esos casos son la excepción más que la regla. Los oligarcas empresariales suelen apoyar la inmigración laboral, una menor vigilancia estatal y a partidos políticos que adopten medidas que les permitan pagar menos impuestos, acceder a los mercados financieros internacionales y escamotear su patrimonio en bancos extranjeros. Después, esta casta contrata a expertos ideólogos que blanqueen sus intereses cubriéndolos con retórica moral. A estas alturas todos hemos oído alabar la santidad del libre mercado, nos han encandilado moralmente las empresas que exhiben banderas BLM y LGBTQ, y aceptamos sin problema que la rutinaria compraventa de políticos por lobbies de todo tipo es simplemente una parte del proceso democrático.

En Rusia, el mejor ejemplo de la estrecha alianza entre oligarcas y medios liberales es Gazprom, una compañía monopolista cuasi estatal dirigida por Alexey Miller (judeo-alemán) que, con dinero proveniente del gas ruso, es accionista principal del mencionado Eco de Moscú y financia muchos otros proyectos políticos y culturales liberales. Pero ahora el brazo mediático de Gazprom ha cerrado el grifo monetario al proyecto de Venidiktov, lo cual ha provocado muchas quejas y una amenaza de demanda por parte de la emisora. Venediktov ha declarado abiertamente que es víctima de una represión política y que el propio Putin apretó las tuercas a Gazprom (lo cual es perfectamente verosímil).

Ahora bien: el Deep State occidental conoce muy bien esta situación política y siempre ha contado con que, a largo plazo, los oligarcas rusos puedan derrocar a Putin y sus siloviki (personal militar y de seguridad). La fórmula es sencilla: apoyar los intereses y proyectos mediáticos de la élite liberal empresarial para irritar al pueblo ruso y, en un momento dado, provocar un golpe de estado tipo Maidan con el que derrocar al gobierno e instalar un régimen prooccidental. Si esto suena a conocido, probablemente sea porque el plan para Rusia se diferencia muy poco del plan para Ucrania, Georgia, Kazajstán y muchos otros estados que han sufrido revoluciones de color en el pasado reciente.

En este punto, y para dar una visión general de la situación política en Rusia, no está de más mencionar brevemente otro componente clave de ese plan: los nacionalistas. Tanto en Rusia como en la mayoría de estados post-soviéticos los nacionalistas se aliaron con los liberales y se dedicaron a formar -en sus propias palabras- un taran (un ariete) con el cual derribar las puertas del Kremlin. (Todo suena cada vez más familiar. Cuando conoces el manual de estrategias del Deep State occidental es bastante fácil ver, a través de la pantalla ideológica y la retórica moralista, lo que realmente sucede a puerta cerrada.) Muchos destacados nacionalistas rusos se declararon enemigos jurados de Putin y fomentaron una suerte de “nacional-liberalismo” o “nacional-democracia” que les permitió justificar ideológicamente su alianza con oligarcas como el ucraniano Kholomoisky y marchar contra Putin junto a la oposición liberal.

Sin embargo, los recientes acontecimientos han demostrado que Putin, a quien no parecía importarle que la situación se descompusiera durante el estancamiento político de los últimos veinte años, ha decidido actuar contra esta facción liberal, empujado por los últimos ataques occidentales en forma de sanciones económicas dirigidas a los oligarcas rusos. Las sanciones parecen tener el objeto de irritar a dichos oligarcas y provocarlos a actuar, a organizarse políticamente para exigir a Putin que acceda a las demandas de Occidente y evitar así que les incauten su dinero escondido y les corten sus líneas de crédito. Ahora, como se ve, esta clase empresarial está notando la presión de las sanciones occidentales y Putin ha decidido hacer de yunque contra el cual el martillo occidental la golpea. Vemos a Dmitry Medvedev, expresidente y ex primer ministro, tanteando la arena política y hablando abiertamente de un vasto programa de nacionalización económica; palabras que hace tan sólo un mes habría sido inaudito escuchar, pues habrían roto la tregua mantenida entre Putin y los oligarcas durante las últimas dos décadas. Por su parte, patriotas rusos de todas las clases y colores, ya sean comunistas, centristas, “putinistas” o incluso muchos nacionalistas no vendidos, han venido pidiendo esto mismo desde que se evidenciaron las desastrosas consecuencias de la campaña de privatización de los años 90 bajo la dirección de Yeltsin.

Resumiendo: vemos que la administración Putin está tomando medidas activas para cerrar los medios liberales y despojar de sus activos a la oligarquía “enemiga”. En la práctica, esto significa que el gobierno tomará un mayor control de las industrias clave y Putin pondrá a los suyos a cargo de éstas. El resultado final debería de ser bastante similar al modelo chino, el cual Putin ha elogiado a menudo por su idoneidad para defender los intereses nacionales y promover proyectos económicos en línea con los objetivos declarados del propio gobierno. Esta síntesis entre el Estado y las grandes empresas era, para los marxistas en los años 70, la “definición de libro” del fascismo, pese a que había sido practicada por monarquías, estados comunistas, estados nacionalsocialistas y literalmente por cualquier estado nacional de la historia en tiempos de guerra o crisis económica. Ya veremos según pasen los días, pero hay pocas razones para creer que Medvedev esté fanfarroneando en este asunto. Con Rusia enfrentada directamente a la OTAN, el país se verá obligado a adoptar una economía de guerra, y eso necesariamente significa una mayor integración del Estado y las grandes empresas, con una casi segura lista de purgas de elementos desleales en la clase empresarial.

Mientras tanto, en solo una semana la sociedad civil rusa ha sido sacudida hasta sus entrañas:

  • En lugares de trabajo y universidades están trazándose líneas entre traidores y leales.
  • Puede que la Duma no sobreviva mucho tiempo en su estado actual.
  • Se discute abiertamente la ley marcial.
  • Se ha abandonado la idea de los códigos QR y de implementar la agenda 2030 en lugares como Moscú y San Petersburgo.
  • Los liberales están saliendo del país hacia Georgia, Armenia, Turquía y Riga.
  • Los inmigrantes de Asia Central están siendo deportados en masa y muchos huyen por su propia voluntad.

Si en los años 90 surgió una nueva oligarquía democrático-liberal del caos de los últimos días de la Unión Soviética, la década de 2020 se perfila como la sentencia a muerte de ese viejo orden político. Rusia está atravesando una nueva metamorfosis política ante nuestros mismos ojos.

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Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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