El puente del Diablo

La idea, más o menos, que había ido cuajando en mi cabeza durante las  jornadas anteriores era llegar hasta Italia por los Alpes evitando en lo posible, por demasiado transitado, el litoral mediterráneo; en realidad, tratando de atravesar en lo posible las regiones menos pobladas; o sea, cruzando el Rosellón (o Languedoc), por el interior, de un extremo a otro; y esto me llevó dos días (no el pensarlo, sino el hacerlo, se entiende).

Esta zona de Francia alberga una auténtica red de carreteras de tercer orden uniendo copia de pequeños pueblos que no distan entre sí, por término medio, quizá más de cinco quilómetros, pese a lo cual debe ser -a juzgar por los largos trechos de vegetación agreste que he recorrido- una de las zonas con menos densidad de población de este país donde tocan, hoy por hoy, justo a una hectárea por persona.

Y es una región de naturaleza familiar, en cuanto me recuerda mucho, en su geología y flora, a Sierra Morena, mi tierra natal. Los pueblos, en cambio, son muy diferentes, con ese aspecto casi puramente medieval que parece no haber cambiado desde hace cinco siglos. Por cierto que, en la poca prisa que tienen los habitantes del Languedoc por “arreglar” sus viejas casas, modernizar los estilos, sustituir las viejas puertas y ventanas, renovar el antiguo mobiliario, etc, a pesar de que no les falta poder adquisitivo para ello, me parece ver -y esto no pasa de ser mi conjetura- un país que ama su pasado, que no reniega de él; y también un país que ama la vida rural y no se avergüenza de ella. Al menos así lo interpreto al compararlo con los harakiris urbanísticos que se han perpetrado (y continúan) en los pueblos de España durante las últimas cuatro décadas.

Estaba, dicho sea de paso, el campo esplendoroso, cubierto a grandes parches por un matorral con flores de un amarillo intenso, rabioso, que le daban al paisaje verdioscuro un tono de alegría. En concreto, una zona del Languedoc llamada País Cátaro (Pays Cathare).

A través del Pays Cathare.

A través del País Cátaro.

Así, en mi ruta a lo largo del Rosellón, desde Rennes-les-Bains hasta Vaison-la-Romaine, me encontré por ejemplo sitios como Villerouge-Termenès, cuyo castillo del siglo XII, de arquitectura militar, maziza e imponente, fue erigido en símbolo del poder eclesiástico, y propiedad del arzobispado de Narbonne hasta nada menos que la revolución francesa, en que se vendió como bien nacional a una decena de vecinos, que lo poseyeron hasta muy recientemente.

Castillo de Villerouge-Termenès.

Castillo de Villerouge-Termenès.

Callejón en Villerouge-Termenés.

Callejón en Villerouge-Termenés.

O lugares o como Olargues, un pueblo tan genuinamente medieval -y algo laberíntico- que me resultaría imposible resumirlo en tres o cuatro fotografías; haría falta todo un reportaje para transmitir las imágenes que registró mi retina y la impresión que quedó grabada en mi memoria. Así que no voy ni a intentarlo. Baste una panorámica general del pueblo, su característico y esbelto puente romano, llamado del Diablo, y la torre de su castillo arruinado.

Panorámica de Olargues.

Panorámica de Olargues.

Y en verdad me parece que tiene, pese a su sencilla elegancia, un sí es no es de diabólico este puente. Resulta difícil a veces identificar por qué algo nos causa determinada impresión, pero en este caso el mote le cae que ni pintado, aunque vaya usted a saber de dónde le viene; igual de alguna leyenda local que no tiene nada que ver con su aspecto. Quizá en esta otra foto se aprecia mejor:

El Puente del Diablo.

El Puente del Diablo.

Había en Olargues, además, un pequeño museo en una enorme casa bajomedieval de extraña e intrincada arquitectura, dedicado a las artes y tradiciones populares para honrar la memoria de sus mayores, del que me llamaron la atención algunos objetos, como un cuaderno de ejercicios de una niña llamada Marie-Jeanne Poujade o un viejo periódico de Lyon, ambos de 1918, pronta a acabar la Primera Guerra Mundial.

No sé bien por qué me fijé especialmente en ellos; acaso porque me recordaron a otros similares que había en casa de mis abuelos, cuadernos escolares o periódicos de aquella misma época, pronto hará un siglo; no tan distintos, incluso, de los que aún se editaban cuando yo era pequeño.

Cuando Marie-Jeanne Poujade iba a la escuela.

Cuando Marie-Jeanne Poujade iba a la escuela.

La Broderie, editado en 1918.

La Broderie, editado en 1918.

Por cierto que la dicha casa tenía también algo de mefistofélico, de siniestro, con dos entradas que daban a distintas callejas a diferentes alturas, su estrecho patio interior de tapias altísimas, como un pozo cuadrangular, sus muros y plantas en muchos planos de corte, llena de recovecos, sus recias puertas, pequeños ventanucos y bajas bóvedas. No es que ninguno de estos elementos pertenezcca, de por sí, al Reino de la Oscuridad, pero el conjunto podía muy bien haberse llamado -como el puente- Casa del Diablo y nadie se habría extrañado de ello.

Una de las entradas a la casa-museo. Curiosa la arquitectura con muchos planos de corte.

Una de las entradas a la casa-museo. Curiosa la arquitectura con muchos planos de corte.

Más aún: tan sólo con darle un giro al enfoque con el que se mire, estoy seguro de que en una grisácea y tormentosa tarde otoñal la propia villa de Olargues, con sus calles estrechas y reviradas, sus empinadas cuestas y ese torreón puntiagudo en lo alto del monte adquiriría un aspecto verdaderamente satánico.

Pero no aquel día de cielos tan azules, a cuyo atardecer fui a dar con mis huesos a una habitación en un tranquilo hotel de Lodève, una pequeña ciudad llena de moros que, salvo por su arbolada ribera, me hizo poca impresión, sobre todo al compararla con los pueblos de que acababa de visitar. Además, estaba ya cansado de andar pateando calles y no tenía las neuronas muy receptivas, de modo que tras una hora de exploración y haber sacado apenas un par de fotos fui a recostarme en una de las tumbonas en la luminosa terraza del hotel para leer un poco antes de cenar; lo que hice al aire libre, en el jardincillo de un restaurante cercano que me habían recomendado. Y fue un acierto, porque por primera vez la cocina francesa estuvo, en mi experiencia, a la altura de su fama internacional.

Lodève.

Lodève.

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2 respuestas a El puente del Diablo

  1. Julio dijo:

    Estupendas fotografías para complementar a un texto excelente.

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