Journey to Nowhere. Olmed

Posted by on 02/06/2014
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Mucha gente envidia a los viajeros, pero es porque desconocen su drama vital. Todo proceso en el universo, cada partícula en movimiento, cada cambio en la materia, nace de algún tipo de desequilibrio y tiende a anularlo. Sin desequilibrio, el mundo sería un caos homogéneo y entrópico de materia y energía; y de hecho, según algunos científicos, lo será tarde o temprano; y entonces el tiempo se acabará. Pero ésa es otra historia. Lo que pretendo decir es que lo de viajar no es ninguna excepción a la regla: el vagabundo, el peregrino, el nómada, todos ellos van de un lado a otro porque hay en su interior un desequilibrio, porque necesitan encontrar algo que no hallan en su alma: llámese paz, serenidad, fortaleza, sosiego… cualquier cosa. El hombre que sabe quién es y para qué es, rara vez consagra su vida a viajar y, como mucho, se limita a hacer un poco de turismo ocasional, más que nada inducido por la moda y lo que la sociedad espera de ti. Pero ese hombre trashumante, ese errante incansable, ese romántico viajero que solemos imaginar… es casi un mito. El trotamundos no lleva el cansancio en sus huesos, sino en su espíritu; maldice con frecuencia su soledad y raro es que a menudo no se haga, en mitad de sus viajes, la siguiente pregunta: ¿qué estoy haciendo aquí? Engaña a sus dudas existenciales con el conque de llegar hasta un determinado destino, y sustituye con esas falsas metas los objetivos reales de la gente normal: una familia, un hogar, una trabajo permanente… Y tal vez es por esto que, de entre todos los viajeros, el más desgraciado es aquél que ni siquiera sabe hacia dónde va, aquél que camina a la deriva.

Esta es la historia de un viaje a ninguna parte.

Yo suelo escribir diarios durante mis escapadas. Más que con fotografías, intento describir con palabras la belleza que encuentro a mi alrededor, los momentos que vivo, las emociones que siento, los lugares por donde paso. La fotografía puede ser un gran aliado, pero puede también convertirse en un rival de la palabra, en un aniquilador del verbo, y si no le ponemos límites llegará a empobrecernos. Nosotros, los estoicos, tenemos que flagelarnos la mente. Escribir mantiene ágil el cerebro, despierto el vocabulario y en forma la creatividad. Por suerte, hoy día no es necesario renunciar a ningún recurso y se puede -quizá incluso se debe- combinar las virtudes de uno y otro para alcanzar mejor el objetivo de describir experiencias y transmitir sentimientos. Así que aquí os ofrezco estas notas, mezcla de imagen y literatura. Haced con ellas lo que queráis.

* * * *

Es un día ventoso de mayo, parcialmente nublado. He estado preparando la moto durante la última semana: una revisión completa, cambio de aceite y filtro, un cofre más grande que pueda contener un mínimo equipaje; y he comprado algún equipamiento nuevo para mí: botas, pantalones con refuerzos, guantes… Es difícil -por no decir imposible- escoger la vestimenta adecuada cuando no sabes ni a dónde vas a ir, pero me he esforzado mucho en poder cubrir toda una variedad de climas y, aunque no vaya a conseguirlo, confío en que, llegado el momento, Dios proveerá.

Me pongo en marcha por la mañana. No especialmente temprano, la verdad, porque aunque no están las cosas para malgastar la vida, tampoco ando escaso de tiempo, si se entiende lo que quiero decir: el Tiempo y sus trucos traicioneros; ya se sabe. Pero esta vez él y yo hemos llegado a un acuerdo: yo lo dejo que pase, y él, a cambio, me deja pasar. Parece un buen trato.

Me parece relevante dejar claro que ni en el momento de la partida ni durante los días o semanas precedentes siento la menor emoción, el más mínimo entusiasmo por la travesía que ahora emprendo: ya he tratado de dar a entender que viajar es mi destino, no mi elección. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Sentar cabeza no se inventó para mí; o, mejor dicho y para ser honestos, nunca me atreví a hacerlo. Quizá soy un vagabundo de corazón, o un nómada, si queda más bonito, o un giróvago, que es más culto. El caso es que al arrancar el motor de Rosaura -que es como tontamente bauticé a mi moto- esta mañana de mayo, aún no estoy seguro de hacia dónde encaminarme. Tengo una idea aproximada del rumbo que quiero tomar, pero todavía no he escogido una ruta concreta. Los mapas van a jugar un papel esencial a lo largo de este indeterminado periplo, porque iré decidiendo el itinerario sobre la marcha basándome en el trazado de las carreteras y en los lugares a donde puedan llevarme; si bien, por encima de cualquier otro criterio, hay una guía que va a ser mi brújula: la temperatura. Buscaré aquellas latitudes y longitudes que más se adapten, en cada día, a los estrechos márgenes térmicos que permiten una conducción agradable, porque, yendo en moto, cinco grados de más y el motor te asará desde abajo mientras el sol te calcina desde arriba, pero cinco grados de menos y te quedarás pasmado por muy aislante que sea tu equipo. Estamos en mayo y el verano climatológico se cierne sobre España, así que más bien pondré rumbo norte.

Ahí lo tenéis al jinete blanco, tal como se fotografiaria dos días más tarde.

Ahí está el Jinete Blanco haciéndose un selfy.

Desde el mismo Madrid cojo la A-6, o sea.: la Nacional Seis de toda la vida, a la que esta sociedad moderna llena de complejos ha preferido rebautizar con esa A de Asepsia, para que ningún bobo se ofenda por la palabra nacional y le llame cosas feas al Gobierno de turno, como por ejemplo nazi o, como mínimo, franquista. Conste que no me gustan las autovías para la moto, pero con Madrid hay que hacer una excepción porque es importante alejarse de la gran ciudad lo antes posible y, además, las carreteras locales de los alrededores han prácticamente desaparecido, de modo que casi no queda alternativa. Cuando esté a treinta o cuarenta millas, ya tomaré una comarcal. En una ocasión me propuse regresar a Madrid sin hacer un sólo tramo por autovía y resultó un auténtico desastre: en treinta quilómetros a la redonda, todas las carreteras locales o comarcales se han convertido en inacabables calles flanqueadas de urbanizaciones o polígonos industriales, infestadas de glorietas y minadas de esa aberración europea que son los túmulos, las “bandas sonoras” o, en el mejor de los casos, los pasos sobreelevados; todas esas medidas anti-velocidad que ponen la guinda en el pastel de lo absurdo: nos gastamos miles de millones en pavimentar decentemente nuestras carreteras para que se pueda conducir suavemente por ellas, y a continuación nos gastamos decenas de millones más en llenarlas de obstáculos para que no se pueda conducir suavemente por ellas. ¡Políticos! Para ese viaje, no hacían falta alforjas: si el objetivo es que los conductores vayan despacio, no había ninguna necesidad de asfaltar primero: con dejar los caminos de grava, o adoquinados, habría sido suficiente. En fin, el caso es que fue lo que se dice un verdadero coñazo llegar a casa.

Dejo la autovía en Guadarrama y continúo por la nacional Durante unos quilómetros, sólo unos pocos, veo a mi izquierda el monasterio del Valle de los Caídos, esa colosal obra de arquitectura, impresionante y majestuosa, que alguna gente quiere derribar porque la erigió el vencedor de la guerra civil española. Genial. Derribemos también las pirámides mayas, construidas por los sanguinarios asesinos del Club de la Obsidiana. Tiene narices la bobada. En fin… Pese a lo divertidas que son, para un motorista, las curvas del Alto de los Leones, me veo obligado a conducir con redoblada cautela porque me doy cuenta de que no he estibado bien el equipaje entre las maletas laterales y el cofre: demasiado peso en este último, lo cual ha sido un error. Tendré que redistribuirlo todo en la primera ocasión.

Nada más pasar el puerto está San Rafael, un pueblo que me trae muchas memorias de la infancia y la adolescencia. Recuerdos de un chalé que olía siempre a rancio, de correteos por su jardín soleado y fresco, de largos paseos bajo los pinos del bosque vecino; también memorias proustianas sobre el pan con mantequilla del desayuno, ese olor tan evocador. Una infancia que percibo ahora tan distante como si no me hubiese pertenecido a mí, sino a la vida de algún antepasado que conociera por referencias. Pero en esta ocasión no me detengo aquí, como otras veces; quizá por miedo a que se me aparezcan, y me persigan, esos recuerdos de los que hablo. Además, hoy hace bastante fresco y San Rafael es el pueblo más frío en toda esta parte de la sierra.

Dejo atrás la radial y cojo en dirección Segovia por la N-603, a lo largo de la cual busco algún lugar donde tomarme un café caliente y, de paso, ponerme otra capa de ropa, la faja y los guantes gruesos. A la altura de Revenga encuentro un pequeño bar que me sirve para ambas cosas. Me encantan estos pueblos de montaña, pequeños y acogedores, de gente brusca pero amable, donde los camareros no desconfían y te tratan casi como a un viejo conocido.

Cruzo la ciudad de Segovia de puntillas, por así decirlo: monumental e histórica, si me detengo aquí cederé a la tentación de las sabrosas tapas que ofrece su gastronomía, y entonces perderé la tarde. Además, he dicho que quiero dejar atrás Madrid lo antes posible; y Segovia está tan cerca, tan plagada de madrileños, que casi podría considerarse un barrio de la capital (con perdón de los segovianos). Lo que me apetece de verdad es llegar al campo, a la zona más rural, de modo que me desvío en dirección a Garcillán y entonces sí que sí: mi elemento: trigo, amapolas y carreteras locales.

Campo de amapolas cerca de Coca.

Campo de amapolas cerca de Coca.

Por fin siento que he escapado al campo gravitatorio de Madrid, como la molécula de Nitrógeno que, tras una colisión, gana la energía suficiente para liberarse de la atracción terrestre hacia el universo exterior y vagar por la estratosfera durante una eternidad. Garcillán, Nava de la Asunción, Coca… Muchos de estos pueblos de la llanura castellana son feos hasta decir basta, víctimas de un “progreso” que nunca vino acompañado de una sensibilidad hacia la belleza ni de un aprecio por lo tradicional; al contrario: la mayoría de esos pueblos han despreciado el atractivo de su sencillez y humildad, y cada vecino, confundiendo progreso con rechazo de lo antiguo, en cuanto ahorró un poco de dinero metió los bulldozers y derribó su vieja casa familiar de piedra o adobe para construir un bodrio de ladrillo tan feo como le fue posible. Así, una buena parte de Castilla se ha deshecho y rehecho: rompiendo casa por casa, y aldea por aldea, lo que había de más bonito en esta tierra.

Pero el campo… ¡ah, el campo! Los campos de trigo son dorados como una bendición, y cuando las nubes cubren el sol y los chubascos dejan caer su cortina en lontananza, el día ofrece sus mejores fotografías. Habría que estar ciego para no verlas.

Margaritas entre los trigos, amapolas entre las avenas locas, y los chubascos haciendo cortina al fondo.

Margaritas entre el trigo, amapolas entre las avenas locas y chubascos en la lejanía.

Antes de darme cuenta he llegado a Coca, cuyo nombre me resulta ligeramente familiar aunque no sé por qué: quizá figuraba en algún libro de la EGB, o vaya usted a saber. Soy un ignorante geográfico e histórico. La carretera se dirige en derechura a las ruinas de sus murallas, donde el arco de una antiquísima puerta de piedra luce una placa con esta inscripción: Flavio Teodosio el Grande, emperador de los romanos, nació en Coca en el año 345. Murió en Milán en 395. Gran soldado, buen cristiano, sabio y justo legislador. Pero ahora el buen Teodosio lleva ya dieciséis siglos criando amapolas. ¡Qué insignificancia es la vida! Cincuenta años tenía cuando murió, ¡y ya era nada menos que emperador de Roma! A esa misma edad yo no soy más que un vagabundo de camino hacia ningún lugar. Pensamiento: si quieres ser algo en la vida, más te vale lograrlo antes de los cincuenta, porque a partir de esa edad cada año más que cumples va contra nuestra naturaleza.

Aparte de viejas murallas y una hermosa puerta arqueada, también tiene Coca un castillo; pero no me paro a visitarlo porque, por lo demás, la fealdad de este pueblo me espanta y espero encontrar otras cosas más interesantes por el camino. Casi me siento aliviado cuando, vista y fotografiada la puerta de piedra, vuelvo a montar en Rosaura y me pierdo entre los trigales, como quien dice.

Llegando a Olmedo. Paisajes que no han cambiado en milenios.

Un paisaje secular cerca de Olmedo.

Poco después llego a Olmedo, la conocida villa, y decido buscar alojamiento aquí: amén de pagar el debido tributo a Lope de Vega, he oído que hay unas termas en este pueblo, con un buen complejo hotelero. ¡Ah, Olmedo! Los versos de la coplilla popular, hechos famosos gracias al gran dramaturgo, se me vienen a la mente una y otra vez con toda su musicalidad, su belleza y la carga de nostalgia que llevan siempre esos estribillos antiguos:

Que de noche lo mataron
al caballero:
la gala de Medina,
la flor de Olmedo.

¡Qué grande fuiste, Don Lope, Fénix de los Ingenios, como justamente te apodaron! Aunque no llegaste a emperador de Roma, hay un lugar privilegiado para ti en mi corazón y en mi memoria. Formas parte de mí, señor de Vega y Carpio. Debería aprovechar esta ocasión para releer tu obra sobre Olmedo y reavivar las emociones de antaño, cuando la leí por primera vez, en aquellos tiempos del Instituto. Lástima que este pueblo que inmortalizaste no haya sabido conservar su encanto medieval y, al igual que sus vecinos, haya dado en afearse a sí mismo durante el devastador terremoto cultural de los años setenta. Y es que, aparte el balneario, Olmedo es tan fea como cualquier otra localidad de la región: lugares que nunca han tenido regulaciones urbanísticas ni ganas de ello, y donde cada vecino puede alegremente construir el horror definitivo ante la insensible mirada del alcalde (¿quizá incluso con su aplauso?) u otra autoridad cualquiera. Pero dije que pernoctaría aquí, y lo haré; a ver si el balneario puede ayudarme a tonificar mi cuerpo y relajar mi espíritu.

Este balneario es un oasis en doble sentido: agua en mitad del desierto y belleza en medio de la atrocidad. ¡Y ya le vale!, porque los precios no son para menos; aunque, teniendo en cuenta lo que ofrece, tampoco son excesivos: amplias y bien provistas habitaciones, bonitos jardines, vistas pasables, instalaciones bien cuidadas, música relajante, atmósfera espiritual, una piscina termal del tamaño adecuado, ni muy vacía ni muy abarrotada, donde todo funciona como debe; empleados agradables, desayuno copioso y menú de masajes surtido y asequible, con personal profesional pero sin ser estirado. Castilla, al fin y al cabo. Olmedo bien vale un fin de semana.

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