Cui prodest bellum

Cualquiera que sea el resultado de la “operación militar especial” rusa en Ucrania, esto podemos dar por seguro: el electorado de la Europa atlantista quedará persuadido de la absoluta necesidad de la OTAN y -relegando al olvido cualquier idea de disolver una alianza que, en puridad, perdió su razón de ser hace ya más de tres décadas- dará carta blanca a sus gobernantes para embarcarse en enormes incrementos del presupuesto militar en sus respectivos países. Con la disculpa de que necesitamos perentoriamente defendernos del oso ruso, los miembros europeos de la OTAN gastarán en material bélico fabulosas cantidades de dinero extra que saldrá, por supuesto, del bolsillo de los contribuyentes. Ya el canciller Shcolz ha anunciado su intención de aumentar el gasto militar de Alemania en unos cien mil millones de euros para el próximo año. Los demás países de la Alianza a este lado del Atlántico harán, en mayor o menor medida, otro tanto; e incluso el muy pacifista gobierno de Pedro Sánchez se verá presionado para aumentar nuestro presupuesto de defensa, mal que les pese -al menos de boquilla- a sus socios comunistas.

Y una buena mitad de la multimillonaria cifra que Europa puede llegar a gastar durante los próximos años en armamento, tecnología y material bélicos irá a parar a las arcas del Tío Sam, que será quien nos venda gran parte de los juguetes letales para indecible alegría de las élites financieras y el complejo militar-industrial estadounidense, el llamado Deep State; los mismos poderes, por cierto, que promovieron el golpe de estado en Kiev en 2014 (disfrazado de revuelta espontánea popular) para derrocar al presidente legítimo de Ucrania y colocar en su lugar títeres que, como el actual Volodimir Zelenski, siguen las directrices de Washington.

Hay, además, una segunda consecuencia que podemos dar también por segura: los futuros del gas y del petróleo (que determinan los precios presentes) se mantendrán en máximos históricos durante muchos meses (y esto pese a que, paradójicamente, la demanda mundial actual de dichas materias primas es menor que hace unas semanas), lo cual hace que vuelva a ser rentable para Estados Unidos poner en marcha otra vez -lo están haciendo ya- su contaminante industria de extracción de hidrocarburos por el costoso método del fracking, y cuya producción le compraremos los ingenuos europeos a precio de oro en detrimento del gas y petróleo que, bastante más baratos, pueda vendernos Rusia. Pero, como ha dicho doña Úrsula von der Leyen, “El sacrificio por la libertad y nuestros hermanos ucranianos tiene un precio también para Europa, y debemos estar dispuestos a pagarlo”. En resumidas cuentas: aún más mercado y beneficios para el coloso americano.

Así las cosas, si aplicamos ahora al conflicto armado en Ucrania la regla principal del análisis político: “¿qui prodest?” y vemos que el único ganador, o al menos el principal, es Estados Unidos, va de suyo sospechar -si no afirmar categóricamente- que, contra lo que los gobiernos de Occidente y sus asalariadas terminales mediáticas quieren hacernos creer, esta guerra ha venido gestándola desde hace tiempo el mencionado beneficiario. Gas, petróleo y armas (amén de otros turbios objetivos globalistas o hegemónicos que no me siento capaz de analizar) son poderosas y más que suficientes razones para que la Casa Blanca haya venido desdeñando desde hace años las razonables y legítimas exigencias del Kremlin respecto a la neutralidad de Ucrania, y para que, una vez colocada -con dudosa legalidad- en el despacho oval esa otra marioneta del Deep State que es Joseph Biden, vengan desde entonces empujando disimuladamente a Vladimir Putin hacia el temerario paso que finalmente ha dado. Paso que, por otra parte, no es más que una profecía autocumplida por parte de EE.UU: acosar al oso con un pelotón de cazadores y, cuando por fin el oso da un zarpazo, justificar el acoso. Quizá Rusia no suponga para Occidente más peligro que el que éste crea manteniendo la OTAN y sitiando con ella a Rusia.

Gas, petróleo y armas son poderosas razones también para que esta intervención en Ucrania se prolongue mucho más de lo imprescindible, pues asistimos a la absurda contradicción de que, en lugar de interponernos para que cesen las hostilidades entre dos que se pelean, o en lugar, incluso, de intervenir militarmente y sin hipocresías, arriesgando nuestro propio pellejo, a favor de aquél a quien percibimos como más débil y “justo”, lo que hacemos es suministrarle armas a punta pala y respaldarlo “moralmente” con sanciones a su enemigo de tal manera que nuestro favorito no deponga las armas ni salve la vida, sino que se desangre poco a poco durante el mayor tiempo posible, no porque lo queramos mal, sino porque beneficia inmensamente al Tío Sam, aunque perjudique a su protegido.

Acerca de The Freelander

Viajero, escritor converso, soñador, ermitaño y romántico.
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