Viernes, 25 de julio de 2003. Larder Lake (Ontario).
Larder Lake ha resultado ser un lugar delicioso. No sé si fue casualidad, suerte o ambas, pero el tipo que me trajo desde North Bay hasta aquí me hizo un gran favor. El camping no está mal de precio y el entorno es maravilloso. Ahora, después de tomarme un par de cervezas (¿o fueron cuatro?) en lo de Tamie (Windsor Tavern) y tras una rápida conversación con Ben, el danés naturalizado canadiense que acaba de enseñarme su autocaravana, aprovecho los últimos minutos de luz para escribir un poco.
Mediaba ya el mes corriente cuando, tras regresar a casa de los Walter desde la isla donde habíamos estado una semana, empecé mi gira propiamente dicha. Santiago fue tan amable de llevarme a la estación de autobuses al cabo de aquella última tarde de piscina y despedida en el 7032 de Bentley Boulevard, Takoma (MD), donde dije adiós a una Claire que creo disfrutó sinceramente mi estancia, a una Alice tiritando de frío tras salir del agua y a una Eladia que me pedía disculpas por aquello en lo que pudiera haberme ofendido [al transcribir esto me pregunto si es que la mujer no tenía la conciencia tranquila, o si era una insincera fórmula automática]. Fue un detalle que Santiago me acercase a la terminal, porque, tal vez a causa de la gente que había ido al D.C. para la próxima celebración del 4 de julio (que nosotros habíamos celebrado en la playa viendo la película Finding Nemo, yendo por la tarde a la feria, donde Claire compró para mí unos churros que no probé porque, la verdad, no tenía nada de hambre, y asistiendo a unos fuegos artificiales), había allí tal multitud y confusión de ticket booths que no supe hasta el último minuto si sería capaz de comprar el billete para mi autobús. Gracias a que una de las taquilleras fue algo amable. Santiago aguantó toda la espera junto a mí, al pie del cañón, y nos despedimos afectuosamente.
Mi trayecto (en parte nocturno) constaba de varios tramos. El primero, con el autobús lleno, hasta la ciudad de Nueva York. Felizmente, me tocó sentarme junto a la “chica guapa” (y, no obstante, simpática), que resultó hacer el mismo transbordo que yo, aunque de poco me sirvió esto, porque ella iba escuchando música e indiferente a casi todo lo demás. El segundo, tras una larga espera de tres horas en la terminal de N.Y., en otro autobús ya más desahogado, hasta Albany, a cuya tranquila estación llegué sobre las 7 de la mañana. Me habría gustado quedarme un día en esa ciudad si hubiese sabido de algún alojamiento en un albergue u otro hospedaje barato, ya que, por lo que pude ver desde que llegué allí hasta que cogí un tercer bus hacia Lake George (en el extremo sur del parque Adirondack), me pareció una bonita, amplia, espaciosa y tranquila ciudad de tamaño medio. Pero supuse que no habría nada asequible a mi presupuesto, así que mi estancia en Albany se limitó al tiempo del transbordo: unas cuatro horas.

De Washington a Lake George en autobús
Era ya por la tarde cuando el amable conductor del autobús me dejó al pie mismo del camping de Lake George, donde tuve la suerte de coincidir, en recepción, con un tipo (padre de un Dawn, según me dijo) que me ofreció compartir su sitio de acampada, ahorrándome así los 19 $ que me habría costado uno propio; y además me invitó a compartir sus Coca-Colas. El camping era una mierda, justo al lado de la carretera, pero a caballo regalado no se le mira el diente.
Después de poner mi tienda (por primera vez en ese viaje) me di una vuelta por la playa (había que pagar para bañarse) y luego por el pueblo, un lugar enteramente turístico, como las localidades costeras del verano español, con mil restaurantes y sitios donde gastarse los $$ que yo no tenía. Mi única adquisición fueron unas viandas en el supermercado, que empecé a consumir al anochecer junto a mi nuevo amigo y que no quiso compartir conmigo porque ya había cenado. Por cierto, tiene Lake George una reproducción de un fuerte llamado William Henry que, pensé, quizá era el mismo Fort Henry del que hablaba Zane Grey en sus novelas; pero, como no estaba seguro, preferí ahorrarme la entrada [según compruebo ahora mismo, se trata de otro fuerte].
La conversación con mi anfitrión (que iba acompañado por dos chicos algo raros, quizá también Down) fue algo difícil, por el idioma, y al cabo de un rato me acosté dispuesto a afrontar una difícil noche de ruido, pues no llevaba tapones para los oídos. A la mañana siguiente, cuando me desperté, los tres pájaros habían volado. Yo levanté el campamento, me eché encima mis dos mochilas (la grande a la espalda, la pequeña al pecho) y me puse a hacer dedo, caminando por la carretera hacia el interior del parque Adirondack en dirección Warrensburg, con la tranquilidad de que, si nadie me cogía, eran sólo 7 millas de distancia. A mitad de camino me subió a su camioneta un tipo que recorría las carreteras de la zona remolcando un enorme toro de cartón con el anuncio de un rodeo para el día siguiente, y por hacerme un favor me llevó hasta un camping a tomar por culo, donde luego no me quedé porque era carísimo: el típico RV park [Recreational Vehicle, o sea, un parking para caravanas] de pestilentes ricachos con sus lujosas casas rodantes; así que me tocó regresar a pie. Al final caminé lo mismo, pero tardé más, que si hubiese hecho andando todo el trayecto inicialmente planeado.

A dedo desde Lake George hasta Warrensburg
Sábado, 26 de julio. Mismo lugar.
Día gris y semilluvioso, no es el mejor tiempo para ir a pescar con esta gente del Windsor Tavern, pero ya veremos qué resulta. Los desayunos están saliéndome bien en este camping: ayer me invitó el dueño (o el encargado) a un nutritivo breakfast a base de tortilla de verduras, tostadas y café; hoy me ha invitado Ben el danés, Ben Hansen (16650 Jane Str., Kettleby, Ontario L0G1J0), a un café extra large con un par de tostadas untadas en mantequilla y mermelada casera de fresa. Delicioso. Gratis. ¡Por Baco que mis gastos de manutención están siendo baratos!
Pero seguiré con la narración donde la dejé, que llevo unos diez días de retraso.
Como el camping de Warrensburg no resultó, seguí andando y haciendo dedo a la vez. Por suerte, poco antes de dejar atrás el pueblo, un matrimonio mayor en un pick-up cubierto se detuvo a mi lado y me preguntaron sobre mi procedencia y destino. Satisfechos con las respuestas, me ofrecieron “jalón” hasta Indian Lake y me acercaron a un lugar en que se permitía la acampada libre. Fatigado como estaba, antes de ponerme a buscar un sitio adecuado donde plantar mi tienda me tomé un descanso de varias horas, comiendo y leyendo apaciblemente a la orilla del lago. Luego inspeccioné el lugar, pero no pude encontrar ningún pedazo de terreno conveniente para la tienda porque los únicos buenos se hallaban junto al lago y allí estaba prohibido quedarse, así que cargué de nuevo con mi equipaje y me puse otra vez en ruta. En Indian Lake me entretuve un rato tomando una cerveza en un restaurante, atraído por la bonita cara de una camarera, y después seguí mi andadura.

De Warrensburg a Indian Lake, a dedo y a pie
Empezaba ya a atardecer y parecía que mi cupo de suerte para ese día se había acabado; pero no del todo: internándome un poco entre los árboles del espeso bosque que la carretera atravesaba pude al menos encontrar un par de metros cuadrados de terreno despejado y medio llano donde poner la tienda. Era el filo del anochecer cuando, casi devorado vivo por los mosquitos, me dispuse a dormir. Fue una larga e incierta noche en la que apenas pude pegar ojo, pues cualquier ruido se me antojaba un peligro en aquellas espesuras donde, según alguien me había dicho, abundaban osos y alces.
A la mañana siguiente levanté temprano el campamento y, recobrada la moral, me puse a hacer dedo, siempre caminando. No tardó mucho en darme jalón un tipo bastante informal, con una camioneta astrosa, que de primeras pasó de largo pero cien metros más allá hizo un giro en redondo y vino a recogerme. Supongo que le remordió la conciencia. Trabajaba el hombre en la construcción, o algo así, e iba cada día desde Indian Lake hasta Saranac Lake, donde me depositó sano y salvo al cabo de una hora.

Desde Indian Lake, a dedo, hasta Saranac Lake
Allí eché un vistazo a un par de moteles baratos, pero no me convencieron y me fui. Andando unos kilómetros en dirección a Lake Placid llegué a un camping económico (12 $) en la localidad (puramente teórica, pues apenas vi media docena de construcciones) de Ray Brook. No era aún mediodía cuando me hallé perfecta y cómodamente instalado en una magnífic y privilegiada parcela, donde acabé pasando un par de noches. Por cierto que durante ese tiempo no tuve ningún problema en desplazarme varias veces a dedo entre Saranac y Placid sin tener que esperar en ningún caso más de quince minutos a que alguien me diera un lift.

Ray Brook, entre Lake Placid y Saranac Lake
Saranac es un pueblito encantador a orillas del lago Flower, a lo largo del cual discurre su calle principal, bordeada por abundantes zonas verdes, mesas de picnic y lugares idóneos para sentarse un rato a leer un buen libro. Como atracción de interés tiene la vieja estación de un antiguo ferrocarril, que exhibe curiosas fotografías de tiempos pretéritos. Placid es más turístico -pese a ser menos bonito- porque, según creo, fue sede de unos juegos olímpicos de invierno. Es también más caro. Con todo, el único recuerdo destacable de esos días fue la cerveza que me tomé la segunda noche en el bistro que había junto al camping, de nuevo atraído por una camarera y de nuevo sin más resultado que media hora de soledad relativa (en lugar de total) a cambio de una merma considerable en mi bolsillo. En el camping trabé un rato de conversación con un tipo bastante ameno que, por desgracia, se marchó antes que yo, así como con la pareja de canadienses que acampaban junto a mí. Pero quizá el mejor, más amable y simpático ser humano con el que hablé durante mi estancia ahí fue la regordeta señora que trabajaba en recepción.
Pasados mis dos días en Ray Brook desmonté la tienda y continué el viaje. Un tipo muy agradable me llevó hasta Malone, lugar con muy buena pinta donde me habría quedado a pasar una noche de no ser porque lo más barato que encontré costaba 42 $; así que volví a apostarme en la cuneta y, tras un buen rato de espera, alguien a que no recuerdo bien, pero también agradable, me dio otro empujoncito hasta Constable, un pueblo de película, pequeño y solitario en el que todo el mundo se conoce. Como estaba ya muy cerca de la frontera canadiense y necesitaba cambiar dinero, entré a preguntar en un bar, también muy de película, donde tres o cuatro ociosos lugareños, que se recostaban indolentemente sobre la barra, se giraron al verme aparecer. El camarero, sin hacerme mucho caso, me dijo que no tenía dólares canadienses. Pregunté luego en una tienda vecina, el único store de Constable, con el mismo resultado. Tras charlar un momento con el dependiente me puse otra vez junto a la carretera para probar suerte, pero transcurridas dos horas sin que nadie me diese un ride decidí continuar andando hacia el país vecino, apenas a 4 ó 5 millas de distancia.
No tardó en aparecer un coche de la policía, a la que algún cívico vecino había llamado alertando de mi peligrosa presencia, según me dijo el educado agente, casi disculpándose. Tras pedirme la documentación me ofreció llevarme hasta la misma frontera para que no le dieran la lata otros moradores con el mismo cuento de que habían visto “a un tío sospechoso que va caminando y lleva mochila”. El polizonte era un hombre bastante amable, y habló con sus compañeros del puesto de migración para que no me pusieran sello de salida y facilitarme así el regreso (aunque no sé si esto resultará, más adelante, para bien o para mal). El paso de la frontera, sobre todo del lado canadiense, fue un poco singular, pues les extrañó mucho que alguien cruzase a pie; tanto que me acosaron a preguntas y hasta me hicieron hablar por teléfono con algún superior; pero al final me dejaron pasar.
Evacuado ese trámite, estuve aún largo rato haciendo dedo hasta que me dio un lift a Châteauguay (Quebec) un tipo con una furgoneta tan sucia y desaliñada como su persona. Aun así, parecía buena gente. Era ex-alcohólico, según me dijo, y llevaba una vida extraña, inusual, quizá al estilo de la que llevo yo. Hablaba francés e inglés -mejor el primero que el segundo-, y me dio todo tipo de explicaciones sobre cómo y dónde debía coger el autobús a Montreal.

En autostop desde Ray Brook hasta Châteauguay, con parada en Constable
La última etapa de ese día la hice en transporte público. Tras una hora de espera en Châteauguay junto a unos chavales marchosos, fui en bus hasta la banlieue de Montreal, donde me desplazé en metro a la estación central de autobuses. Como iba haciéndose tarde, pregunté por alojamiento en el albergue, pero no había vacantes, de modo que cogí otro bus a Drummondville que salía dos horas más tarde. Ahí, ya de noche, estaba esperándome Lucas en la terminal.

Châteauguay-Drummondville en transporte público