Las blancas abren y… ¿ganan?

Hace poco escuché un programa de radio en el que los participantes discutían una cuestión sobre la que yo, precisamente, venía pensando desde hacía una semana: ¿Cuál es el plan de Putin para cuando Rusia alcance sus objetivos militares en Ucrania? Vista la decidida voluntad de Biden & Asociados de seguir avivando el conflito hasta que no quede un soldado ucraniano vivo, ¿cuándo y cómo puede el Kremlin poner fin a las hostilidades?, ¿cómo salen de esta guerra?

Se me antojaba difícil papeleta; y esos analisttas del programa de radio sacaban a colación las mismas razones y argumentos que yo venía barajando. Por supuesto, ninguno de nosotros está en la cabeza de Putin. En cuanto a cuáles eran sus objetivos cuando lanzó la operación militar en el Donbás, de sus propias declaraciones podemos sacar una idea aproximada: liberar a las repúblicas populares de Lugansk y Donetsk del acoso del ejército y milicias ucranianas, asegurar ambos territorios como “países colchón” favorables a Rusia y, de algún modo, forzar al gobierno de Kiev al compromiso de que Ucrania nunca será aliada de la OTAN. Pero Zelenski, al parecer, no tiene intención alguna de aceptar esos términos. Acaso Putin, subestimando el empuje del enemigo, contaba con una rápida ocupación de Lugansk y Donetsk y con que las tropas ucranianas capitulasen más o menos pronto; acaso también los analistas del Kremlin no contaban con el firme e ilimitado apoyo -económico y militar- de USEuropa al régimen de Kiev. Sea como sea, en vista de cómo se desarrollan los acontecimientos bélicos, es razonable asumir que, a lo largo de las pasadas semanas, los esquemas de la política rusa deben haber cambiado al respecto; pero sobre esto ya sólo podemos especular.

A tal fin, pongámonos en un supuesto relativamente ambicioso: imaginemos que, en este momento, el objetivo de Putin no es ya sólo liberar al Donbás, sino también ocupar la franja sur de Ucrania a lo largo del mar de Azov y el mar Negro (conectando así, por tierra, Rusia con Transnistria); e imaginemos que el ejército ruso lo logra, cosa que inevitablemente sucederá a menos que la OTAN se involucre directamente en la guerra. Muy bien: ¿y después, qué? La guerra es algo muy democrático, en el sentido de que el enemigo siempre tiene algo que decir. De manera que, aunque uno puede decidir unilateralmente cuándo comenzar una guerra, no puede tan fácilmente decidir cuándo concluirla (a no ser que el contrario se haya rendido incondicionalmente). Así que, ¿qué ocurre una vez que Rusia haya tomado las regiones que quiere (o creemos que quiere) tomar, si Ucrania decide seguir luchando? Putin no estará en disposición de decir simplemente: “¡Eh!, ya estoy servido. Esto se acabó. Retiro mis tropas. Démonos la mano por tu derrota y, a partir de ahora, pórtate bien”. No; esto no parece que vaya a suceder, ya que los belicistas mecenas de Zelenski siguen animándolo (por decirlo amablemente) a continuar la lucha hasta su último soldado, de modo que, en tanto le quede un palmo de tierra ucraniana y un recluta que pueda disparar, no habrá capitulación ni fin del conflicto. ¿Qué va a hacer entonces Moscú al respecto? ¿Seguir guerreando indefinidamente? Porque, por muy poderoso que sea el ejército ruso, la cantidad de armas y apoyo militar directo que Occidente puede proporcionar a Kiev son inagotables, y las hostilidades pueden continuar a perpetuidad pese a cualquier volundad de ponerles fin que pueda expresar el Kremlin. Y, mientras tanto, flanqueada Rusia por una jauría de perros rabiosos espoleados por Estados Unidos, cada vez más hostiles y siempre dispuestos a llevar a cabo ataques de falsa bandera o incluso a involucrarse osadamente en el combate, ¿cómo puede Putin evitar una escalada hacia la guerra con la OTAN?

En esta latente y creo que probable situación, Moscú se encontrará tarde o temprano en un serio apuro de difícil salida. ¿Es verosímil que no considerasen ni por un momento la probabilidad de que esto suceda? Es bien conocido que los rusos dominan el juego del ajedrez. Si un profano como yo puede ver el dilema que acabo de describir, ¿cómo es que el equipo de consumados profesionales del Kremlin, que sin duda tuvieron en cuenta con mucha antelación todos los posibles rumbos y resultados de su belicosa iniciativa, no fueron capaces de preverlo? No pueden ser tan tontos como para no haber anticipado la eventualidad de que una Ucrania apoyada por la OTAN no llegase a acceder a sus demandas. ¿O es que acaso se guardan un as en la manga?

Si sólo fuera yo quien se planteaba estas cuestiones, probablemente habría acabado por desistir de resolverlas, diciéndome que me falta demasiada información. Pero resulta, insisto, que bastantes analistas y periodistas están debatiendo sobre exactamente el mismo asunto y, pese a su mayor conocimiento, parecen estar tan in albis como yo al respecto.

Meditando sobre el tema, se me vino entonces a la mente esta idea: ¿Y si estoy centrándome en la pregunta equivodada? Quiero decir: ¿y si la cuestión no está en saber si Putin preparó un plan factible para finalizar la guerra en el momento oportuno, sino si le cabía mejor opción que asestar el primer golpe? ¿Qué otras alternativas menos arriesgadas tenía? Cuando la partida de ajedrez es inevitable, quizá lo único que puede uno decidir es elegir las blancas y abrir el juego, para así tener al menos la pequeña ventaja del primer movimiento. Pero… ¿era acaso inevitable la partida?

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A lo largo de las últimas semanas una cosa ha quedado de manifiesto, creo, para cualquier ciudadano informado: esta es una guerra que libran los EE.UU. e Inglaterra (junto con sus subordinados europeos) contra Rusia por mediación de Ucrania. No sólo Joe Biden, sino otros políticos occidentales se han delatado en varias ocasiones al declarar abiertamente que el objetivo es debilitar a Rusia y derrocar a Putin. Aquí y allí vamos viendo cómo varios gobiernos e influyentes personajes han dejado de disimular y comienzan a revelar sin tapujos su fin de cambiar el régimen político de Moscú. Sin ir más lejos, por ejemplo, hace unos pocos días, en el Foro de Davos, George Soros manifestaba que “Ucrania está luchando nuestra guerra“. Con “nuestra”, desde luego, no se refiere a Ucrania.

Por otra parte, antes de que comenzaran las hostilidades la OTAN ya estaba enviando armas al gobierno de Kiev, concentrando tropas en el este europeo, realizando ejercicios junto a la frontera rusa y entrenando al ejército ucraniano para una “eventual” guerra con Rusia, junto con otras iniciativas poco amistosas -por decirlo suavemente- hacia este país (supuestamente en respuesta a las hipotéticas intenciones de Moscú). Recordemos también que, de manera bien oportuna y significativa, la tensión creció -y la “invasión” comenzó- justo cuando estaba a punto de inaugurase el gasoducto Nordstream 2, cuya puesta en marcha habría beneficiado enormemente tanto a Europa como a Rusia y reforzado sus relaciones, si bien en detrimento de las exportaciones de gas licuado del Tío Sam y para enorme disgusto de industria armamentística de este país. Todos fuimos testigos de cómo Biden sorprendió al canciller alemán Scholz cuando, en vivo y en directo, le hizo saber que el gasoducto (de propiedad eurorusa, no se olvide) no iba a abrirse, y de cómo Scholz, para su vergüenza, bajaba la cabeza y asentía en silencio.

Aparte, desde hace décadas existe un proyecto angloamericano (plan, designio, intención, llámese como se quiera excepto conspiración, pues está escrito negro sobre blanco) para dividir Rusia en varios estados más pequeños con el fin de hacerse con sus recursos naturales y explotar éstos por las grandes multinacionales. Y desde que Vladimir Putin llegó al poder y puso fin a la política de Boris Yeltsin de vender las riquezas rusas (época que los “empresarios” occidentales habían aprovechado para saquear y desangrar el país), las hostilidades de Occidente hacia Moscú no hicieron más que aumentar año tras año. La Alianza militar atlántica, cuya mera existencia dejó de tener justificación tras el colapso del régimen soviético y la disolución del Pacto de Varsovia, ha continuado, en cambio, expandiéndose hacia Rusia a pasos agigantados. El golpe de estado ucraniano del Euromaidan en 2014 estuvo patrocinado por EE.UU. y por la Agenda globalista con el fin de colocar en Kiev a obedientes peones que, con sus políticas, consiguieron radicalizar a la ciudadanía y desestabilizar la frontera oriental ucraniana. Si retrocedemos un poco más en el tiempo nos encontramos con la Revolución naranja de 2003, otro importante evento mediante el que EE.UU. se entrometía en el gobierno de Kiev. Hay que estar ciego para no comprender que el régimen de Putin viene siendo hostigado desde hace dos décadas; y no se requiere mucha sagacidad para adivinar con qué objeto: arrinconar al Oso ruso y provocar su reacción. Si Rusia invade, la machacamos, y si no invade le metemos la OTAN hasta la cocina. Incluso el políticamente correcto Papa Francisco, subordinado del globalismo, dijo recientemente que la OTAN era en buena medida responsable de la guerra por haber estado “ladrando a la puerta de Putin“. Actualmente hemos visto cómo, con el conque de la “invasión rusa”, Suecia y -sobre todo- Finlandia, países que durante décadas venían coexistiendo en paz con su vecino, han sido fuertemente presionados por EE.UU. para unirse a la Alianza aun en perjuicio y para peligro propios.

Cuando, al principio de este conflicto, escuché a Putin calificar su operación militar especial como un “ataque preventivo”, lo consideré una exageración propagandística destinada sobre todo a ganarse el apoyo de su pueblo. Pero ahora, tras informarme un poco mejor sobre la historia reciente, me pregunto si, después de todo, no estaría diciendo la verdad. Me parece bastante plausible que, tarde o temprano, la OTAN habría encontrado el modo de desencadenar una guerra contra Rusia o, cundo menos, derrocar su actual régimen político. A Putin estaban colocándole el tablero de ajedrez ante sus mismas narices y empujándolo hacia él. La partida era ineludible. En esas circunstancias, pues, quizá lo mejor que podía hacer era sentarse, elegir las blancas y abrir el juego para tener una mejor oportunidad de ganar.

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Si todo lo que acabo de decir tiene algún sentido, entonces el acertijo con el que comencé este artículo resultaría una cuestión secundaria: ¿Qué plan preparó Putin -si es que lo hizo- para poder finalizar este conflicto sin sufrir una derrota? Pues… si se vio empujado a la guerra por las circunstancias, quizá simplemente pensó: Cuando lleguemos a ese río, cruzaremos ese puente.

Acerca de The Freelander

Viajero, escritor converso, soñador, ermitaño y romántico.
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