Norteamérica 2. La familia Walter

Lunes, 21 de junio de 2003. Orillia (Ontario).

No sabría decir, pero es posible que haya cerca de mil personas alrededor de este lago y parque natural [provincial, en realidad] en que me hallo. Las mil pendientes de un único sujeto, o al menos inevitablemente conscientes de su existencia. [No sé lo que quise decir con esta enigmática frase.] Pues sí, nunca falta un gilipollas con una moto acuática que no tiene nada mejor que hacer sino ruido y más ruido dando vueltas sin cesar. Bass Lake, creo que se llama este camping cercano a Orillia, en la provincia de Ontario, al que he venido a parar tras un día entero de autostop desde Niagara Falls [las famosas cataratas]. Cuatro conductores me han cogido, uno de los cuales, camionero autónomo, me ha llevado desde cerca de Niágara hasta Toronto en un entretenido viaje con amena conversación en la que me ha introducido a una “tradición” típica y exclusivamente canadiense: los cafés Tim Hortons. [Se trata de una cadena de cafeterías, semejante a Starbucks, de la que los canadienses parecen sentirse muy orgullosos.]

Venía escribiendo ayer sobre la familia Walter. El tándem Claire-Santiago (adviértase el orden) no puede entenderse individualmente. La personalidad de cada uno no basta para hacerse una idea la pareja, que debe ser estudiada dentro de las circunstancias que concurren. Claire, una letrada de buen nivel profesional, muy inteligente y con gran conciencia social, bastante buena persona, va una temporada a Honduras [en misión solidaria]. Tiene, entre otros, un objetivo: quedr embarazada para ser madre antes de que se le pase el arroz [esto no pasaba de ser conjetura mía]. Santiago, por su parte, es un pobre hondureño con algunos estudios básicos, vástago mimado entre los varios que tiene su madre y hermanastro de más de veinte hijos de su padre. Simpático, de buen corazón, interesado por todo y ambicioso, ve en Claire la oportunidad de oro para salir de la miseria hondureña, aunque no estoy seguro de hasta qué punto tiene protagonismo en la formación de la pareja. Se casan, se van a vivir a EE.UU., tienen una deliciosa hija llamada Alice y él consigue una beca para estudiar Zoología. Pero no es tan brillante como su esposa, ni tiene un trabajo tan bueno ni pertenece a una clase tan elevada, de modo que está siempre acomplejado y acaba por despreciarla al tiempo que la admira. Esto le provoca una disonancia psicológica que desemboca en frecuentes e injustificables cabreos con Claire, sobre todo al ser consciente de que su capacidad de razonamiento (de él) es inferior; hecho que viene exacerbado por tratarse de un hombre caprichoso y voluble, de pensamiento y conducta cambiantes, antojadizos. Su ambición lo lleva a desear mucho más de lo que tiene, a pensar en mil proyectos contradictorios e incompatibles, a no estar nunca conforme con nada y a la necesidad de justificar permanentemente su “pobreza”. En cierto modo detesta a su mujer porque es mucho más sensata y razonable, de más distinguida familia; pero a la vez la necesita, no sólo económicamente (menos, ahora que ha conseguido trabajo) sino para su propia estabilidad y también porque la hija tiene una clara preferencia por la madre. Además, Claire no le gusta físicamente: es mayor que él, gorda y no especialmente guapa. Santiago cree que podría tener acceso a algo más atractivo.

Ella, por su parte, sigue con Santiago, pese a saber que a la vuelta de unos años se separarán [predicción mía que resultó errónea], porque procura la mayor estabilidad familiar posible para su hija, que es, por cierto, el centro alrededor del cual gira ese hogar, además de la principal causa inmediata de problemas en el matrimonio, ya que allí no se hace nada sin el consentimiento (expreso o tácito) de Alice: es la verdadera ama, y a su lado toda la capacidad de razonamiento y la madurez de Claire quedan en nada. Y lo malo es que se trata de la niña más déspota y mimada que cabe imaginar. Su llanto artificial es una constante diaria que, estoy seguro, pondría a prueba la paciencia del espectador más imperturbable, salvo quizá Eladia, la madre de Santiago, cuya devoción por la nieta sólo queda parcialmente eclipsada por la que siente hacia su hijo, circunstancia ésta que hace de ella una suerte de contemporánea Yocasta.

Martes, 22 de junio. Mismo lugar.

Orillia, este inesperado pueblo (con 30.000 habitantes, ¿es un pueblo?) entre los lagos Cochichin y Simcoe, me ha deparado la sorpresa de un albergue juvenil (¡sí!, había albergue después de todo) y el encuentro con un grupo de mejicanos cristianos que andan haciendo una gira fraternal.

Decía que Alice está muy consentida, pero a pesar de sus pataletas tiene buenos sentimitntos, es cariñosa, alegre y poco egoísta para lo que suelen ser los niños. Aunque, claro está, mi forzada indiferencia de nada servía para contrarrestar el exceso de mimo y atención de los otros tres adultos. Eladia, en cambio, aunque católica devota y aparentar ser buena persona, humilde, bondadosa y comprensiva, no lo es; salvo devota, eso sí, pero con una fe estúpida, ciega e irracional (supongo que la fe siempre es así). Desde el segundo día nos caímos mal uno al otro. Y digo el segundo porque, en un primer momento, nos convencieron mutuamente nuestras fingidas humildades; pero enseguida nos dimos cuenta de la falsedad del contrario. Celosa porque acaparé la atención de Santiago (suponiendo posible tal cosa) y ofendida porque no me gustaron sus tamales, rápidamente me retiró su simpatía, aunque trató de disimularlo frente a su hijo. Sólo una cosa me gustó de ella: en las rabietas de Santiago con Claire, tenía la objetividad bastante como para darle la razón a ésta cuando la llevaba, que era casi siempre. Que en los traslados en coche Eladia no concibiese la idea de que nadie salvo ella viajara de copiloto junto a Santiago es un detalle quizá secundario, pero negarse a ocupar otra habitación en la casa de la playa para que yo no tuviese que dormir en el suelo una noche fue una prueba de estrechez mental, si no de egoísmo. “Don”, me llamaba. Don Pablo; sí; pero me hizo dormir en el suelo.

En alguna de estas islas estaba la casa junto al mar

Pasamos, en efecto, una breve semana de vacaciones en una casa alquilada junto a la playa, en cierta isla del estado de Virginia adonde tuvieron la gentileza de invitarme. Creo que, al menos, pude “pagar” mi estancia haciendo de cocinero, cosa que además disfruté; y espero haberme lucido preparando los platos que mejor se me dan. En general lo pasamos bien allí, a pesar de las verdaderas nubes de mosquitos salvajes. La casa era un lujo total, con cuatro habitaciones, tres baños, un salón-cocina enorme, lavandería, ducha exterior con agua caliente, una gran galería y una vista impresionante sobre la laguna.

En total me quedé unas tres semanas con ellos, y confío en que mi estancia no se les hiciera demasiado larga. [Hoy estoy mucho menos seguro de esto. Tres semanas como huésped es demasiado incluso para la cultura mediterránea, así que no digamos para la anglosajona.] Durante ese tiempo me presentaron a algunas personas interesantes, entre ellas un agradable solterón que llegó a invitarme a conocer su casa a la vuelta de mi viaje [no llegué a hacerlo, y ahora que lo pienso quizá era marica el tío]; un venezolano, en morganático matrimonio con una periodista amargada e indisimulados aires de estar de vuelta de todo; y otro tipo (junto a su esposa), el más ameno, que había trabajado muchos años para el Department of the Interior como una especie de “informador”, muy culto y de grata conversación, que decía hablar ruso (ya será menos) y alemán. [Dudo de la precisión de estos datos, porque “informador” suena a agente secreto o espía, máxime si se trata de alguien que habla ruso y alemán, pero en EE.UU. los spooks no dependen del Ministerio del Interior, así que supongo que algo entendí mal.]

También pasó por casa de los Walter, un par de veces durante aquellas semanas, la madre de Claire, Brianna, que se encaprichó conmigo de un modo harto empalagoso. Buena persona ella, pero de un catolicismo exagerado. La “ña Brianna”, como le decía la ña Eladia. ¡Vaya par de suegras, una y otra! La escena de sus conversaciones, hablando cada cual en su propio idioma, asintiendo mutuamente pero sin enterarse de nada, era digna de ser llevada al cine.

Tratando de hacer de casamenteros me presentaron también a Jennifer, pero por esa misma razón (y, bueno, por su trasero de 42″) la cosa no salió adelante. Era reportera en el Washington Post. Tal vez debí haber aprovechado la oportunidad, pero no me apetecía el esfuerzo de representar el drama completo. De quien sí quedé prendado fue de su hija Ryan, un encanto de cinco o seis años con una cara preciosa, una sonrisa divina y unos ojos cautivadores (o quizá eran divinos los ojos y cautivadora la sonrisa).

Otra persona que conocí entonces, lista pero algo algo inquietante, fue la hermana de Claire, con su cara de bruja y aquella mirada insistente. Su hija May, por contraste, estaba para hacerle un favor, pese a lo jovencita, o acaso precisamente por eso. Inteligentes me parecieron las dos Walter, cosa que supongo habrán heredado de su difunto padre (excombatiente en Corea o en la SGM, no recuerdo), ya que Brianna no era ninguna lumbrera. Andaba por ahí con su actual novio, antiguo compañero de armas del finado, que llevaba el cuerpo lleno de heridas de guerra. Todo un poco ridículo, si bien se mira.

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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