El ombligo del mundo

¿Tiene el hombre razones para considerarse el ombligo del mundo?

Desde luego no le faltan.

Me parece que fue Carl Sagan quien dijo lo siguiente: [b]A veces creo que hay vida en otros planetas y a veces creo que no. En cualquiera de los dos casos, la conclusión es asombrosa. [/b]

No soy un creyente, ni mucho menos un crédulo, pero entiendo demasiado bien a quienes hablan del “milagro” de la vida con conocimiento de causa, y no puedo esperdecir el tino accidental de quienes lo hacen por simple fe; porque, en efecto, el capricho de las fuerzas nucleares ha querido que los átomos con ocho protones -ni uno más ni uno menos- presenten un comportamiento inesperado, anormal, dentro de los elementos de su grupo; una contingencia tan extraordinaria que resulta difícil considerarla fortuita (y quizá esos ocho protones sean “la firma del artista”, por usar palabras del propio Sagan), pues a partir de ella es posible la vida.

Posible -digo-, mas no necesaria aún; porque las condiciones prebióticas son tan particulares, tan precisas -mientras que las combinaciones son de un orden de magnitud inconcebible- que las probabilidades resultan infinitesimales. Una simple variación, respecto al nuestro, en las características del sistema solar que haya de albergarla, y la vida no existiría.

Así, pues, si el margen es tan estrecho que tan sólo hay vida, a pesar de la inmensidad del universo, sobre el planeta Tierra, se comprende el asombro de Carl Sagan y, con él, cualquier teísmo; mientras que si, por el contrario, la vida existe también en otros lugares del cosmos el asombro no es, desde luego, menor.

Pero en cualquiera de los dos casos, si tenemos en cuenta la inconmensurable cadena de causalidades que, desde las primeras protocélulas, han sido precisas para llegar a la inteligencia, me temo que el hombre tiene sobradas razones para considerarse el ombligo del mundo e incluso más aún: el objetivo último de un plan preconcebido (si bien maquiavélico y absurdo, ya que el equilibrio astronómico que nos mantiene es tan precario y frágil que nuestro final es inexorable: si no nos hemos encargado antes, personalmente, de convertir la tierra en un desierto inhóspito, cuando el combustible solar empiece a consumirse los planetas quedarán literalmente calcinados, de manera que el exterminio de toda vida en nuestro sistema está, de algún modo, codificado en la propia naturaleza).

Ahora bien: que el hombre tenga razones no significa, ni mucho menos, que esté en lo cierto. De hecho yo, a pesar de tanto indicio, me niego a creerlo.

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Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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