Ejercicios de sociopolítica

(Imagen: latest-law-news.blogspot.com)

Hoy voy a proponerle al lector algunos ejercicios (que espero encuentre entretenidos) relativos a una situación sociopolítica. Expondré un escenario ficticio, aunque verosímil, y haré algunas preguntas. Creo que esta puede ser una buena forma de razonar y desarrollar nuestros propios puntos de vista sin que el sesgo ideológico que cada uno de notros tiene nos estorbe demasiado.

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Érase una vez un joven país llamado República de Katlunya (RK); tan joven que aún estaba aprendiendo a conocerse y construirse a sí mismo. Pese a los anhelos, albergados durante décadas por gran parte de su población, de segregarse de Iberka (el reino del que había formado parte desde la noche de los tiempos), esta república se hizo por fin realidad aprovechando una época de fuerte declive de su madre patria más el apoyo de la Confederación de Uropia, una alianza de países ricos adversaria política y económica de Iberka.

Sin embargo, no todos los ciudadanos de la RK estaban tan contentos con su nuevo estatus, en parte por los desacuerdos internos respecto a su supuesta “especial identidad” -ya que muchos de ellos seguían considerándose iberkos- y en parte porque, años antes de la ruptura, el influyente y autónomo gobierno regional katlunyo había logrado ampliar sus límites territoriales a costa de la vecina Argos, otra región del reino en la que no había ningún anhelo de secesión y cuyos habitantes, por tanto, no acababan de conformarse con el nuevo país al que de pronto se vieron perteneciendo. Pero así estaban las cosas, y la joven república tuvo finalmente su deseado estado soberano, sus tres poderes nacionales y todas las instituciones de un país democrático; aunque bien se comprende que, como un buen tercio de la población no era separatista (sobre todo, aunque no sólo, los argoseños), desde la misma creación de Katlunya su electorado estuvo dividido en dos principales partidos políticos, el Exaltado y el Estoico, y las elecciones presidenciales eran bastante reñidas.

Ejercicio 1: Dado que una parte considerable de la ciudadanía de la RK no compartía el “hecho cultural diferencial” de la otra parte y su región había sido “anexionada” administrativamente cuando aún eran todos parte del reino de Iberka, ¿era sensata la secesión de Katlunya como un país inherentemente dividido? ¿Era justa para los argoseños? ¿Era prudente separarse sin restituir a Iberka el territorio de Argos?

Nos asomamos a este escenario en el momento en que el líder de la RK, elegido por una holgada mayoría, intentaba guardar el equilibrio entre estoicos y exaltados. En concreto, lo vemos sentado a su despacho presidencial rumiando acerca de dos documentos que Iberka y Uropia habían enviado respectivamente a su gobierno ofreciéndole sendos acuerdos comerciales. Y dado que ambos eran mutuamente excluyentes, nuestro atribulado presidente tenía delante suyo una difícil decisión, pues si, por un lado, la oferta de Iberka era claramente más favorable para las economías domésticas y nacional de su pueblo, por el otro temía que, si la firmaba, podría enfurecer a los exaltados, que -como su nombre indica- eran políticamente más activos y se sentían en deuda con la Confederación por haberlos apoyado en su creación de la república. Además, “fuera de contrato”, ambos competidores por la asociación comercial ejercieron sus respectivas influencias (y dejaron caer sus veladas amenazas) sobre el pueblo katlunyo: los iberkos apelaban a la fraternidad y mutuas raíces (recordándoles que dependían de sus suministros de bienes esenciales), mientras que los uropios les prometían la entrada en una esfera superior de ilustración, libertad y prosperidad (asustándolos con el espantajo de quedar a merced del reino imperialista y depredador del que acababan de salir).

Nuestro presidente escogió la propuesta de Iberka.

Ejercicio 2: ¿Fue razonable esta decisión? ¿Fue legal? ¿Podría decirse que el presidente traicionó su pueblo?

La Confederación, que no estaba dispuesta a dejar escapar la república que había promocionado (y que tan útil debía aún resultarle), no dudó en organizar en ella una revolución de color: maniobró para activar la reacción de los entusiastas y, mediante tácticas de agitación urbana, promovió una encendida revuelta “popular” con objeto de destituir a su legítimo presidente. La estrategia funcionó: la revuelta creció y se hizo sangrienta, los medios de comunicación internacionales (financiados por Uropia) culparon de las víctimas a la brutal represión y el ataque armado de la policía a los manifestantes, y el presidente, para salvar su pellejo, hubo de huir a Iberka en busca de asilo. Entonces las masas (en su inmensa mayoría del partido Exaltado) se hicieron provisionalmente con el poder, disolvieron al gobierno y convocaron nuevas elecciones, cuyo resultado -como era predecible- colocó en el sillón presidencial al candidato designado por Uropia, bastante más subordinado a sus intereses que su predecesor. En poco más de dos semanas revocó el acuerdo firmado con Iberka y lo sustituyó por el que habían presentado sus patrocinadores.

Pero los votantes del partido Estoico ni participaron en las elecciones ni las aceptaron (y, por consiguiente, tampoco la validez de acto político o jurídico alguno derivado de ellas), aduciendo que habían sido el fruto de una rebelión urdida desde el exterior y del ilícito desalojo de un presidente democráticamente electo, siendo por tanto nulas de pleno derecho.

Ejercicio 3: ¿Fue legítima la expulsión del presidente? ¿Lo fueron las nuevas elecciones y el subsiguiente gobierno? Para contestar a lo anterior, ¿sería esencial dirimir “quién empezó la escalada violenta en las manifestaciones”, o eso no cambiaría la respuesta?

A partir de estos acontecimientos, Katlunya se escindió más que nunca en dos grupos políticos -y territoriales- irreconciliables que se negaban mutua legitimidad: los exaltados, en su mayoría residentes en la parte oriental y bastante más extensa del país (lo que había sido la Katlunya de Iberka), y los estoicos en el extremo occidental (lo que fue Argos antes de la independencia). Y puesto que unos y otros creían tener a la razón y a la justicia de su lado, y estaban dispuestos a derramar la sangre por sus respectivas causas, estalló una guerra civil entre ellos, con el frente establecido bien dentro de Argos. Una guerra muy desigual, ya que, al ser los exaltados mayores en número y territorio, y dado que controlaban el poder, las instituciones y casi todo el ejército, los estoicos hubieron de recurrir a milicias apresuradamente reclutadas y a luchar en guerra de guerrillas. No obstante, comprendiendo enseguida que su manifiesta inferioridad no les permitiría nunca vencer al enemigo ni restaurar en toda Katlunya “el orden legal” (según su criterio), decidieron convocar un referéndum en Argos con objeto de independizarse de la república y conformar una nueva para ellos. Las urnas hablaron, ganó el SÍ (aunque con poca participación ciudadana) y quedó autoproclamada la República Popular de Argostán (RPA), renunciando al nombre Katlunya, que quedó para el lado occidental.

Pero esta escisión, por supuesto, no puso fin a la guerra (ahora ya internacional, según Argostán). Katlunya, que no estaba dispuesta a renunciar ni a un metro cuadrado de tierra, no reconoció dicha independencia y mantuvo a su ejército dentro del nuevo país, hostigando no sólo a las milicias argostanís sino también a su población civil, a la que sometieron a continuas masacres de tinte marcadamente étnico (pues, para entonces, los katlunyos ya habían dado un giro xenófobo sin disimulos hacia sus vecinos, a quienes calificaban de infrahumanos separatistas pro-iberkenses.)

Ejercicio 4: ¿Cuál de los dos bandos había sido en realidad más “leal” a la original República de Katlunya: el que defendía al régimen anterior a la revuelta inicial, o el que lo derrocó y cambió al gobierno con una rebelión? En las circunstancias descritas, ¿fue antijurídico o ilegítimo proclamar la independencia de Argostán? ¿Podríamos considerar a la RPA un país soberano?

Por otra parte, dado que los katlunyos habían conseguido -o, al menos, argumentado- su independencia de Iberka basándose en su “distinta identidad cultural e histórica”, ¿no deberían, por idénticas razones, estar más que dispuestos a otorgar el mismo derecho a cualquier región de su república que quisiera independizarse?

Una vez los argoseños hubieron proclamado su independencia, y conscientes de su propia debilidad y el antagonismo internacional (Uropia, igual que la RK, tampoco los reconoció como país), pidieron su reincorporación al reino de Iberka, pero esta solicitud fue rechazada: tras siglos de leyenda negra y propaganda anti-iberkense promovidas por Uropia, la situación del viejo reinado era algo precaria, y su jefe de estado temía una reacción antagónica por parte de la Confederación. De hecho, tampoco Iberka se aventuró a reconocer a Argostán como nación soberana ni accedió a su petición de socorrerlos militarmente para expulsar a las tropas katlunyas, aunque sí les prestó solapada colaboración logística y les envió algunas unidades de voluntarios. De modo que la guerra, siempre en territorio argostaní, se prolongó durante diez años, a lo largo de los cuales su población sufrió quince mil bajas, la mayoría civiles.

Pero, entretanto, Katlunya y Uropia habían acelerado un programa, acordado antes de la revuelta inicial, para crear una alianza militar con el declarado objeto de frenar -o al menos prevenir- el supuesto expansionismo de Iberka; y en vista de ello los dirigentes de este reino comprendieron finalmente que semejante proyecto bélico suponía una amenaza real para su propia existencia, lo cual los llevó por último a cambiar su política y a reconocer oficialmente la existencia y soberanía de la RPA. Como consecuencia de esta decisión, para Iberka el conflicto en curso dejaba de ser una guerra civil y pasaba a convertirse en una agresión exterior armada hacia Argostán, lo cual, a su vez, permitía legalmente -y requería políticamente- que les enviase sus tropas para expulsar de Argostán a las tropas enemigas katlunyas. Y así sucedió: el ejército de Iberka reforzó al argostaní y el curso de la guerra cambió de manera drástica, los katlunyos acabaron por retirarse (no sin presentar denodada resistencia) y, al cabo de varios meses, Argostán quedó completamente liberada de los “invasores”.

Ejercicio 5: ¿Constituía la intervención militar de Iberka una invasión a un país soberano (Katlunya) o, por el contrario, deberíamos considerarla una ayuda legal a un país soberano agredido (Argostan)? En otras palabras: ¿era legítima esa intervención?

Y si lo era, habida cuenta de que los argostanís venían siendo masacrados, desde el famoso derrocamiento, en una guerra de limpieza étnica, ¿no debería el gobierno de Iberka haber adoptado esa medida política mucho antes para ahorrarle miles de víctimas a la población de Argostán? ¿Era moralmente aceptable esperar una década para cambiar su posición oficial, y hacerlo sólo cuando Iberka misma sintió amenazada?

Preguntas finales: ¿Qué es un país soberano? ¿Quién ostenta la autoridad para dictaminar sobrer esa cuestión? Y en última instancia, ¿de dónde dimana dicha autoridad?

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Eso es todo. Seguramente muchos lectores habrán visto claras analogías con, al menos, dos conflictos conocidos; pero antes de que se apresuren a objetar que “las cosas no fueron (o no son) así”, permítanme repetir que esto es una situación ficticia planteada para estimular un debate constructivo y ensanchar puntos de vista y percepciones de la realidad. Trate el lector de imaginarse siendo un katlunyo, argostaní, uropio e iberkense. Por supuesto que las analogías con realidades pasadas, presentes e incluso futuras son deliberadas. En última instancia, esa es mi intención. Pero en lo que respecta a generar opiniones, debe suponerse que la historia que he descrito es cierta en su totalidad. En cualquier caso, creo que vale la pena responder a las cuestiones que planteo.

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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