Bielorrusia. Cap. 7: Nuevos preparativos

ÚLTIMOS DÍAS EN BREST

A medida que iban transcurriendo mi estancia en Brest iba haciéndose necesario tomar una decisión respecto al alojamiento: en el Energía había reservado cinco noches y, pese a sus varias ventajas, no pensaba quedarme allí más tiempo. Entre otras razones, porque su clientela -sobre la que ya dije algo- tiene tendencia a ser algo ruidosa: esos tipos ponen la tele o se lían de charla en las habitaciones a partir del véspero, disfrutan (y esto parece un rasgo de la cultura eslava) dando portazos y se levantan temprano con las mismas ganas de hablar alto y molestar a los vecinos. El ambiente me recuerda un poco, salvando las distancias, al que había en la academia de policía: estupendo si formas parte de él, pero incómodo si eres un turista insomne y amante del silencio. Mi duda, por tanto, no estaba entre si seguir en ese hotel o no, sino entre buscar un apartamento en Brest o en irme a otra ciudad. Inicialmente tenía idea de pasar ahí al menos un par de semanas, pues contaba con resolver el asunto de la estancia temporal (o incluso, si salía una buena oportunidad, comprar alguna choza tirada de precio) con la ayuda de mis conocidos, y esperaba además poder quedar con ellos varias veces; pero viendo sus nulas muestras de interés por pasar algunos ratos juntos, esta idea empezaba a perder sentido; y como otro de mis propósitos al venir a Bielorrusia era el de conocer la región diametralmente opuesta a Brest (que yo suponía, por su vecindad con Rusia, más “auténtica” y menos europeizada), así como disfrutar un poco de lo que pudiese quedar de invierno, empecé a planificar un viaje al nordeste, donde el clima es algo más septentrional. Y como ya había pasado un mes entero en Brest el verano anterior y nada interesante ni productivo parecía esperarme ahora ahí, no vi razón alguna para obstinarme en permanecer. Así que, con el mapa delante, comencé a estudiar las opciones.

A mí suelen gustarme las localidades de tercera categoría: digamos entre treinta y cincuenta mil habitantes, que suelen tener un ambiente más genuino que las ciudades y, al mismo tiempo, una decente oferta de servicios. Pero en el nordeste de Bielorrusia vi que no era fácil encontrar hoteles en tales lugares, y menos ahora que Booking ha dejado de proporcionar resultados de búsqueda para “los enemigos de Ucrania”. Existe una web rusa equivalente que se llama Ostrovok, pero no ofrece, ni con mucho, la cantidad y variedad de alojamientos que aquélla. Además, aún confiaba yo en hacer algún progreso en mis averiguaciones respecto a las posibilidades y los aspectos prácticos de quedarse aquí una temporada más larga, y presumí que tal vez en un sitio demasiado pequeño se me limitasen demasiado las opciones. Por último, otro factor a tener en cuenta era la posibilidad de hacer contactos, vía redes sociales, en algún grupo de intercambio de idiomas o similar (que a veces en otros países me han resultado útiles), y esto también pesaba a favor de buscar una ciudad de mediano tamaño. Así que finalmente, entre Polatsk, Viciebsk y Orsha, me decidí por la segunda; con lo cual ya tenía resuelto lo más difícil, que para mí es siempre saber a dónde quiero ir. Sólo me faltaba buscar transporte y alojamiento.

EL TRANSPORTE

Bielorrusia tiene una nutrida oferta de transporte público. Aquí no todo el mundo es feliz poseedor de un automóvil, de modo que, a donde no llega el tren, siempre hay abundancia de autobuses y marshrutki, que es como llaman a los microbuses particulares de ruta fija, derivado de marshrut, que significa “ruta”. De todas formas, para ir hasta Viciebsk no me interesaba el transporte por carretera: tenía claro que quería ir en tren, no sólo porque es más cómodo sino, curiosamente, también bastante más barato.

La web de los ferrocarriles (estatales) de Bielorrusia está muy bien diseñada, funciona a la perfección y tiene además una versión en inglés, de modo que comprar un billete online no puede ser más sencillo. Puedes incluso escoger el asiento exacto que quieres, sin coste adicional alguno. Pero cuando me puse a buscar trenes, como mi viaje era para un viernes, ya no quedaba ni un sólo billete en ninguno de los dos que partían a las horas decentes del día, que además son los más rápidos. No es que tanta gente viaje desde Brest a Viciebsk, sino que esos trenes pasan por Minsk, la capital, y llegan hasta San Petersburgo, y ése es, al parecer, el tramo más demandado.

Tenía, pues, dos opciones: o ir primero a Minsk, hacer noche allí y continuar al día siguiente, o coger un tren nocturno, para el que sí quedaban bastantes plazas. Había aún una tercera posibilidad, que era tomar dos trenes distintos haciendo transbordo en la capital; pero el tiempo de conexión era breve y además había que cambiar de estación, lo cual, además de engorroso, me parecía un poco arriesgado, pues un pequeño retraso en el primer trayecto y el más mínimo error al hacer el cambio podían hacerme perder el segundo tren; de modo que descarté enseguida esta combinación. La primera tampoco me atraía mucho, porque las capitales no me interesan y tampoco me apetecía buscar hotel para sólo una noche en Minsk. Así que elegí la segunda: el tren nocturno, y por el ridículo precio de trece euros me compré un billete en coche-cama.

EL ALOJAMIENTO

Para buscar un lugar donde quedarme en Viciebsk utilicé Ostrovok. En estos países del antiguo bloque soviético la infraestructura turística está aún poco desarrollada y, como el número de viajeros y visitantes aumenta a ritmo mayor que el de hoteles, la demanda va por delante de la oferta, resultando así una escasez de alojamientos. Por eso en las últimas décadas ha venido proliferando mucho la oferta de apartamentos privados: los propietarios más despiertos que tienen un piso vacío lo ponen en alquiler a través de cualquiera de las webs hoteleras, e incluso mucha gente que tiene unos ahorros compra apartamentos con este fin, ya que aquí el mercado inmobiliario es bastante asequible.

Sin conocer una ciudad es difícil saber qué zona es la más conveniente o la más interesante, así que tenía pocas referencias a la hora de elegir un alojamiento u otro. Y como Ostrovok ofrecía muy pocos hoteles, finalmente me decidí por un apartamento, que a igualdad de precio siempre resulta más cómodo y, casi siempre, más tranquilo: es muy raro que los hoteles tengan tabiques insonorizados, y el constante movimiento de huéspedes los hace invariablemente más ruidosos. No tenía ni idea de cómo sería el barrio donde había escogido alojarme, aunque a juzgar por la densidad de restaurantes y tiendas que daban los mapas de la ciudad presumí que habría una buena caminata hasta el centro. Y no me equivoqué.

Así, pues, con todo ya planificado y reservado para los primeros días, no me quedaba sino esperar al momento de la marcha.

LOS DEL MONOPATÍN

Durante mis paseos por Brest pude observar que había muchos jovenzuelos por la calle jugando al monopatín. Y aunque no puedo disimular la envidia que me da el ver a estos skaters (yo nunca fui capaz de aprender a mantener el equilibrio sobre ningún tipo de patines), y aunque se trata indudablemente de un deporte sano, divertido y relativamente inofensivo, hay dos aspectos de él que me disgustan.

El primero atañe a la causa de su difusión universal: si el monopatín hubiera sido un invento mongol, peruano o ugandés, jamás habría alcanzado las cotas de popularidad que hoy tiene; pero como esa actividad surgió en Usa, se ha extendido por el mundo entero. No se me malinterprete: lejos de mí lamentar que cualesquiera ideas interesantes o edificantes (cuando menos, no dañinas) se esparzan por todas partes y se hagan internacionales, sin que importe cuál sea su origen. Lo que me causa pesar son las implicaciones derivadas del hecho de que cualquier cosa que provenga de los Estados Unidos sea inmediatamente emulada en todos los rincones del orbe. Este fenómeno me habla de unas sociedades acomplejadas o, como mínimo, culturalmente colonizadas, frente al injustificado prestigio y supremacía de una nación concreta. En el tiempo de mis abuelos -y aun en el de mis padres-, en mi pueblo se jugaba al táviro, que no era menos sano, divertido o inofensivo que el patinete: un entretenimiento juvenil tan bueno como otro cualquiera y que servía a los mismos fines naturales: facilitar la socialización y ejercitar las habilidades físicas durante el desarrollo. Sin embargo, este juego no sólo no se ha propagado hacia región o país alguno, sino que ha quedado totalmente relegado al olvido incluso en mi pueblo mismo, donde en cambio sí que hay quienes usan el monopatín. La juventud ha adoptado espontáneamente este deporte foráneo porque percibe su lejana procedencia y, de modo subconsciente, asume que “es mejor”, que es “superior” al tradicional y local; a lo cual, por supuesto, contribuye decisivamente la difusión que de aquél se hace mediante la publicidad y los medios de comunicación, a su vez cautivados -e indirectamente subvencionados- por la influencia y hegemonía useñas. Los miles y miles de deportes regionales o autóctonos que, como la billarda en mi comarca, se jugaron o aún se juegan en nuestro vasto mundo no pueden competir en igualdad de condiciones por la atención de los chavales de otras regiones o países, ya que lo estadounidense cuenta con la inestimable, la insuperable ventaja de su desmesurado patrocinio mediático. De no ser así, a la hora de sustituir cualquiera de ellos, de origen local o tradicional, por uno que resulte más entretenido, retador o edificante, ¿no habrá, entre la innumerable cantidad de ellos que deben de existir por ahí, un centenar que superen en dichos aspectos al monopatín? El sometimiento de la inmensa mayoría de sociedades a la supremacía angloamericana me resulta deprimente.

El segundo está íntimamente relacionado con el anterior, y se refiere a la actitud característica de quienes practican el skateboarding, así como a las dañosas -cuando no destructivas- repercusiones de esta actividad. Y es que los émulos que la han adoptado no se limitan a importar un deporte forastero (lo cual, en sí, no tiene por qué ser algo negativo), sino que a menudo imitan también el estilo de vestir y de conducirse propios de la juventud del país de procedencia, la uniformidad de indumentaria, actitud y ademanes de los skaters useños: la imprescindible gorra de béisbol (a ser posible con la visera hacia atrás), las camisetas de heavy metal, los tatuajes, la chulería, el “chocarse los puños”, la falta de respeto por la infraestructura urbana (bancos, bordillos, escalones, etcétera) e incluso por los viandantes mismos, a quienes con frecuencia desplazan al efectuar sus amplias, impetuosas y bruscas piruetas. Los más civilizados aficionados al monopatín se limitan a usarlo en los parques o recintos específicos para ello (de los que cada vez hay más en cualquier pueblo o ciudad), o, en su ausencia, a zonas poco transitadas por los peatones; pero los más incívicos parecen carecer de la más elemental educación y no titubean en dañar elementos urbanos o en apropiarse de espacios destinados al disfrute general. Es como si, para ellos, practicar esta actividad demandase además una actitud inconformista, rebelde o insumisa; como si ambas cosas tuviesen que ir de la mano; aunque -dicho sea de paso- la rebeldía o insumisión que pueda haber en someterse a una moda inducida desde fuera es algo que escapa a mi entendimiento.

Mucho les falta por hacer a los gobernantes del “nuevo mundo multipolar” para contrarrestar de modo eficaz la influencia, la colonización cultural de Occidente.

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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