Bielorrusia. Cap. 5: Bancos

BANCOS

El resto de mis días en la ciudad lo empleé en hacer algunas gestiones, o al menos en intentarlo. Me habría gustado quedar con Ruslan, el simpático y amable bielorruso a quien, el verano anterior, había conocido por azar en Polonia y con quien luego quedé varias veces en Brest. Entonces me llevó a varios lugares en compañía de su adorable mujer y su hijo, y me ayudó a solucionar algunas cuestiones. Pero en esta ocasión no debía de apetecerle mucho porque, aunque me dijo que en cuanto se organizase un poco me llamaría, no llegó a hacerlo; y desde luego no soy yo persona para insistir ni mendigar un encuentro. Él se pierde mi compañía igual que yo me pierdo la suya.

Lo primero que quise hacer fue abrir una cuenta bancaria y sacarme una tarjeta de débito; no sólo para pagar con ella bienes y servicios sin tener que andar llevando míseros kopeks encima, sino también -lo admito abiertamente- para estudiar la posibilidad de sustraer parte de mis ahorros al férreo control económico y, lo que es peor aún, personal que ejercen los gobiernos europeos. Me enerva que no pueda uno hacer con sus dineros, que ya han pagado los debidos impuestos, lo que le dé la gana sin que alguna autoridad administrativa pretenda embargárselos o algún banco excesivamente ávido de ganancias ilícitas intente bloquearle las cuentas.

Con dicho fin, había estado varias horas mirando por internet algunos bancos bielorrusos para saber cómo y en qué condiciones podía abrir una cuenta, así como para comprobar cuáles tenían una versión en inglés de su web; detalle de gran importancia cuando no se conoce el ruso con la suficiente soltura. Sabía, por haberlo leído en una página muy completa (casi exhaustiva) dedicada a todo lo que tenga que ver con venir, visitar y quedarse en Bielorrusia, que tal cosa era factible para un extranjero aunque sea un mero turista. De ahí también saqué un listado de los bancos más sólidos; y con toda esa información me dirigí sucesivamente a varios de ellos, empezando por los que me parecieron más English friendly. Pero resultó que una cosa es el escaparate de la web y otra muy distinta la realidad de los empleados de banca.

Antes de relacionar el resultado de mis gestiones, quiero señalar que, al contrario que los bancos españoles, lo primero que te preguntan aquí cuando les dices que quieres abrir una cuenta es “para qué”; lo cual no dejó de resultarme chocante. Se supone que el “para qué” es cosa tuya, y que lo único que tiene que hacer el empleado es ver tu pasaporte, rellenar los impresos y dártelos a firmar. Pero aquí, por lo visto, las cosas no funcionan así. Para empezar, parece ser que todas las cuentas están asociadas a tarjetas, en lugar de al revés; es decir, que en lugar de abrir una cuenta y luego pedir una tarjeta -si la quieres- que tire de los fondos de aquélla, lo que haces es abrir una tarjeta en la que ingresas dinero (como ocurre con nuestras tarjetas prepago) que lleva una cuenta asociada; y luego ya veremos si puedes tener, para menesteres que no sean el puro comercio, una cuenta sin tarjeta. O al menos eso es lo que me ha parecido entender con mi escaso conocimiento del idioma. Aparte, está el problema del “para qué”: por lo visto, si no das la respuesta adecuada, no hay nada que hacer. Luego, la segunda pregunta que te hacen es “en qué moneda”, por lo que ya expliqué en un capítulo anterior.

En el primer banco -y único donde encontré alguien que hablaba inglés- me dijeron que no había problema, pero que abrir la cuenta me costaba doscientos cincuenta rublos. Sin comentarios. En los tres siguientes me dijeron, una vez que hube respondido a la pregunta mágica, que no abrían cuentas a extranjeros que no tuviesen algún tipo de permiso de residencia, al menos temporal; o bien me dieron alguna otra negativa. Pero nótese que me lo decían sólo después de preguntarme para qué la necesitaba, y no antes, de donde deduje que si la respuesta, en lugar de ser “para hacer compras mientras estoy en Bielorrusia” -que es lo que yo contestaba- hubiese sido “para depositar cien mil euros”, tal vez todo habrían sido facilidades. Cuando estuve haciendo las averiguaciones en sus páginas web, leí que sí se podía abrir una cuenta sin tener la residencia. De hecho, en uno de los bancos a donde fui llegaron a preguntarme qué cantidad depositaría, y al responderle al empleado que, puesto que en principio estaría sólo un mes en Bielorrusia, no necesitaría ingresar mucho dinero para empezar, me dijo entonces que no. Hecho, por cierto, que después contrasté online con el propio banco, y el teleoperador que me atendió me dijo que no tendrían por qué haberse negado, y que volviese a intentarlo; pero, la verdad, la idea de tener de nuevo la misma difícil conversación en el mismo banco -quizá incluso con idéntico empleado- a través de la barrera del idioma se me antojó muy poco atractiva.

Así que por último, ya sin mucha esperanza y por aquello de no tirar la toalla, me dirigí a una sucursal de otra entidad, bastante más modesta, que estaba justo enfrente de mi hotel. Para mi sorpresa, la empleada, aunque de muy mala gana, no me hizo preguntas inoportunas y sólo me pidió el pasaporte; pero como no lo tenía traducido me rechazó: “Necesito una traducción oficial y apostillada por un notario”. Bueno, si sólo se trataba de eso, en cualquier caso nunca viene mal tener el pasaporte traducido, para cualquier futura gestión. Así que busqué una agencia que se dedicara a eso, de las que hay abundancia en este país, y en media hora ya tenía la traducción oficial por poco más de cinco euros. En el mismo edificio había, además, un notario, y en otros quince minutos (más otros diez euros) tenía la traducción apostillada. Con mis papeles bajo el brazo, volví a la sucursal. Esta vez me tocó una empleada distinta, que resultó ser un encanto de mujer: dulce, amable, paciente y con una bonita luz en los ojos. Hicimos el papeleo, que llevó un buen rato, y me enseñó cómo funcionaba la web y la aplicación para el móvil. Al despedirme le pregunté, a modo de piropo, si no necesitaba un marido, pero sólo me sonrió. Ya me había fijado en que llevaba alianza, de modo que ella tampoco habría podido contestar otra cosa que no fuese “no”, así que sonreír fue la mejor respuesta.

De modo que ya tenía mi cuenta bancaria… es decir, mi tarjeta virtual. No podía solicitar una física porque -además de que te cobran por su emisión y “mantenimiento”- tardan varios días en emitirla y yo no sabía dónde estaría para cuando la tuviesen lista. De momento no ingresé ni un rublo, no fuera a ser que al final no me sirviese de nada y tuviera que pasar apuros para retirar el dinero. Antes quería familiarizarme bien con la web del banco y con la aplicación, y ver si podía hacer pagos con el móvil y hacer disposiciones de efectivo en cajeros; aunque al cabo de varios días comprobé que no era tan fácil. Para usar la tarjeta en terminales y cajeros smart card (o sea, por proximidad) hace falta tener Samsung Pay, y yo ese tipo de software siempre lo desinstalo del móvil. Hay otra forma de hacer pagos en ciertos comercios, así como sacar efectivo en los cajeros de la entidad, pero con mi escaso conocimiento del ruso aún no he sido capaz de enterarme de cómo va. Así que tengo una cuenta pero no la utilizo. De momento, para lo único que me serviría es para hacer pagos online, pero ésos estoy haciéndolos hasta ahora sin problema -pese al supuesto bloqueo económico por parte de Occidente- con mi tarjeta española.

Acerca de The Freelander

Viajero, escritor converso, soñador, ermitaño y romántico.
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