Ateos

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En principio, las declaraciones de ateísmo (¡y cuánto más sus manifestaciones!) me suscitan, como mínimo, una cauta desconfianza.

Y no es que sea yo ningún defensor de la idea divina ni, mucho menos, de cualquiera de las religiones que, reclamando -o no- para sí el monopolio de uno o varios dioses verdaderos, predican a sus feligreses -y a quienes quieran escucharlas- una moral, unas doctrinas, unos mandamientos o dogmas.

Nada de eso. Cierto es -bien Dios lo sabe- que ya no tiene Dios cabida alguna en el mundo que la ciencia ha sido capaz de explicar y que, en lo aún no explicado, resulta en el mejor de los casos apenas una hipótesis innecesaria (por citar la famosa expresión de Laplace). Los dioses, en efecto, no hacen maldita la falta… al menos en el cosmos inmediato y físico.

Sin embargo, hay aparentes realidades (y perdóneme el lector esta -también aparente- contradictio in terminis) contra las cuales nuestra razón (y digo bien: nuestra razón: mortal, finita y “tridimensional”) se opone con tal fuerza que apenas parece posible aceptarlas sin titubeos ni incoherencias, o vivir conforme a ellas con todo lo que conllevaría.

Cuando pienso, por ejemplo, en nuestro universo y el inexplicado Big Bang (al que se ha dado, tal vez, demasiada importancia a juzgar por las últimas teorías, que apuntan a que no fue sino el resultado de una colisión, no especialmente extraordinaria, entre cuerdas o membranas de otro universo mayor, multidimensional, de misterioso génesis y enigmático futuro); cuando pienso en el concepto de eternidad, tan incomprensible como inefable; o -ya un poco más cerca de casa- en el planeta Tierra, cuyas circunstancias tan casualmente particulares han favorecido la aparición de una vida capaz de ser consciente de su propia existencia y muerte, capaz de observar desde su microscópico y despreciable rincón al propio universo en su caótico devenir, capaz de comprenderlo como un fenómeno de doble naturaleza, cognitiva y real, interna y externa a un mismo tiempo (se extingue para cada ser humano con su muerte y, a la vez, existe indudablemente más acá y más allá de ella); cuando considero la dinámica terrestre, las placas tectónicas modificando la faz del planeta, creando y engullendo geografías tan distintas como diferentes estructuras pueden construirse con las piezas de un mecano, dejando siempre en evidencia lo insignificante y precario de nuestra especie (y de la vida en su totalidad) al compararla con los telúricos procesos… Cuando observo todo esto, me resulta casi imposible aceptar su inherente absurdo y, de paso, me cuesta creer que pueda afirmarse sin ligereza ni titubeos, con sincero convencimiento, que no existe ninguna Causa ni Fin (¿y hay acaso alguna otra forma auténtica de ateísmo?); me cuesta creer que pueda mantenerse con total certidumbre que la materia, la energía, el tiempo y el espacio están ahí, girando en un loco torbellino, en un fabuloso y eterno espectáculo cósmico de fuegos artificiales, desde siempre, hasta siempre y… ¡para nada!

Más aún: ¿cabe que, quien tal cosa afirme, albergue algún tipo de moral? Me explico: a la vista del descorazonador absurdo de nuestra existencia y ante la certeza de la muerte (tanto la individual y próxima como la colectiva, más lejana pero no menos cierta) como fin absoluto y último, no ya de cualquier posible espiritualidad sino también del universo (al menos en lo que a nosotros concierne), ¿qué lugar queda para la moral? Y no me refiero ahora a una moral “externa”, conductual, adoptada con cinismo por mor de lo social, sino a una verdadera moral íntima, a una creencia en ciertos valores y principios. A quien convencido esté de que no jugamos papel de relevancia alguna en el sideral teatro de la historia; más aún: a quien convencido esté de que ni siquiera existe tal teatro, sino que todo deviene por casualidad y sin sentido, siendo la humanidad no más que una ínfima y pasajera contingencia, ¿qué coño -con perdón- importa nada? ¿Para qué las energías renovables, las economías autosostenibles, la ecología? ¿Y no debería a nuestro ateo, por ejemplo, resbalarle la memoria que de él quede entre los hombres tras su muerte? ¿Qué le puede importar lo que aquí suceda, se haga, diga o piense entonces? Incluso hacia nuestros propios hijos, por mucho que los amemos, ¿no deberíamos adoptar una actitud algo más indiferente respecto a su futuro? Si, cada vez que un ateo muere, el universo todo muere con él (y pienso que esta es una forma aceptable de expresarlo), ¿qué más le da lo que suceda después? La memoria de un hombre rara vez sobrevive más de dos o tres generaciones; luego no queda nada. Como tampoco quedará ni rastro de la humanidad en un abrir y cerrar de ojos a escala geológica, no digamos galáctica. ¿Para qué, pues, preocuparse por el mundo que hayamos de dejar tras nuestra muerte? El perfecto ateo, ¿no debería ser un cínico, un hedonista? ¿Por qué, sin embargo, no lo es? ¿No subyace, al fin, bajo toda moral cierto sentimiento religioso?

Pero no se me malinterprete: mi intención está tan lejos de afirmar a Dios como lo está de negar el ateísmo. Admiro a los ateos. Lo que dudo es que haya tantos como dicen ser. Negar la existencia de cualquier Dios equivale, me parece a mí, a negar la de cualquier causa o razón última y, por tanto, a afirmar el terminante absurdo universal. Pero para sostener una afirmación de tal corte nihilista, para aceptar con serenidad y honrado convencimiento, antes que con teatro o dramatismo, el desconcertante absurdo de nuestra existencia; para, a la vista de este fabuloso y frenético espectáculo sideral en que estamos inmersos, vencer la irresistible sensación de que es imposible que nada de esto vaya con nosotros, hay que ser muy chulo; hay que estar hecho de una pasta que -siento decirlo- abunda en muchísima menor proporción que la cantidad de ateos que así se dicen.

Por esto; por dicha escasez que percibo en nuestra especie del temple necesario para ser un honesto ateo sin grietas ni inconsistencias, es por lo que en principio sospecho de quien tal se declara. Más aún: en la presteza con que muchos de ellos manifiestan su convicción, y en la vehemencia con que suelen arremeter contra los dioses o las religiones, creo más bien identificar un antiteísmo que un ateísmo; una rabia por no ver a Dios que una serenidad al saber que no existe; en el mejor de los casos, un agnosticismo.

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Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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10 respuestas a Ateos

  1. Suso dijo:

    Tal vez olvidas que, incluso para el que se declara ateo, existen una serie de valores que hacen de tu observación, confusión.
    Dices no entender que una persona se declare atea, por la sencilla razón de que ello haría inexistente cualquier valor (en lo más profundo de su ser) al faltar un sentido final y una causa inicial en su paso por la vida; pero olvidas que a veces ese deambular por la vida puede hacerse mucho más largo y pesado en soledad y olvidado de tus semejantes. Tal vez ese pavor a la soledad y a la falta de reconocimiento de nuestros semejantes hacen agua bajo la línea de flotación del argumento que has esgrimido en tu ensayo sobre el ateísmo o, como bien dices, falso ateísmo que disfraza un antiteísmo o agnosticismo.Y es que esa moral que echas de menos en el verdadero ateo, realmente se sustenta del reconocimiento de los demás hacia la labor que desempeñas por el bien ajeno, cuando menos, por el bienestar de los de tu entorno.
    Y refuerzo más mi pobre teoría -sospecho que en un vano intento de que parezca realmente una teoría, en cuanto a que de un sistema lógico deductivo se trate y no quede como una triste perorata- con el hecho de que el personaje sobre el que se basa la cristiandad -sobre la que intentaron cimentar nuestra educación los progenitores y los maestros de nuestra generación- supuestamente dijera aquello de “que tu mano izquierda nunca sepa lo que hace tu mano derecha…” , contradiciendo precisamente esos valores que un ateo esgrime en contra de tu diserción; la falta de humildad y la contínua necesidad de ser reconocido; que digan de uno cosas buenas, que todos hablen bien de mi persona, que se diga que soy un tipo estupendo, generoso, entregado… al menos en vida. Creo que lo llaman ego. Tras la muerte, efectivamente estoy contigo, lo mismo dará.
    Ahí sí que estuvo acertado don José Zorrilla, y vaya con esta cita la prueba de mi falta de seguridad y mi apoyo al objeto principal de tu ensayo. La inseguridad al declararme ateo:
    Estatua: Don Juan, un punto de contrición da a un alman la salvación, y ese punto aún te le dan…
    Don Juan:¡Imposible! ¡En un momento borrar treinta años malditos de crímenes y delitos!
    Estatua:Aprovéchale con tiento porque el plazo va a expirar…

    En definitiva, no sabría decir yo tampoco si el ateísmo existe o no, si tiene algún sentido pensar que cuando uno muera todo se va conmigo, que todo esto no es más que una broma pesada provocada por aquel Big Bang que citas, pero creo acertar al decir que la moral profunda que hace de nosotros personas enteras, entregadas a algo o a alguien con generosidad desinteresada (acéptese la redundancia y el abuso de términos) desde una moralidad profunda y no impuesta por un entorno social, no está ligada con la creencia de que cuando ya no estemos, habremos dejado una herencia necesaria e importante que puede quizá marcar para siempre nuestra andadura por la eternidad predicada por religiosos y creyentes -sean de la religión que sean, obviamente- .

    Deseo no haber mancillado tu “pablog” con el atrevimiento de utilizar tu espacio en la red, para esparcir mis pensamientos sobre un tema que me resulta tremendamente interesante, por lo encontrado de los propios argumentos que barajo a la hora de intentar definirme en él.

    No, la verdad es que yo tampoco sabría que decir al respecto… Al menos no con una seguridad aplastante.

    • The Pabster dijo:

      ¿Mancillar el blog? ¡No, por cierto! Cada vez que alguien comenta algo aquí me siento halagado: si para darme la razón, porque incrementa mi sensación de tenerla; si para quitármela, porque significa que mis argumentos son dignos de ser refutados. Bienvenido, Suso.

      ———————————————————————–

      Me consta que, en mi ensayo (como generosamente lo calificas) sobre los ateos, el punto más débil o peor defendido es la asociación que hago, la equivalencia que establezco entre ateísmo y amoralidad, dando a entender en cierto modo que para ser ateo hay que carecer de moral, o que toda moral implica una creencia religiosa (o de alguna forma sobrenatural, divina, de trascendencia). Pero sospecho que no se trata tanto de la debilidad inherente a mis argumentos como de mi torpeza a la hora de exponer tema tan abstruso. Ganas me entran de encoger los hombros y, en un gesto de impotencia, decir aquello de “es que no sé cómo explicarlo”. Pero con esto no convencería a nadie y, sobre todo, perdería la poca convicción que tengo en lo que digo. Así que lo intentaré de nuevo.

      Mencionas un par de veces en tu comentario al “bien”, y este concepto puede ayudarme en la tarea. ¿Son las ideas del bien y del mal inherentes al ser humano? ¿Existe una moral natural? ¿O se trata más bien de conceptos culturales, contingentes, necesarios para la supervivencia?
      Pienso (o lo intento) en el hombre de las cavernas y su moral. Los primeros homínidos, ¿tenían alguna? Aparte del necesario instinto de socialización (el miembro que no es de uso a la comunidad la pone en peligro, por tanto desarrollamos ese rasgo de manera evolutiva), ¿qué moral tenían aquellos hombres del paleolítico? ¿Qué sentido del bien y del mal, salvo lo que fuese bueno o malo para la supervivencia del grupo? Y aunque tuvieran alguna moral, ¿no evolucionaría ésta de la mano de las primeras creencias espirituales o animistas? A mí me parece una hipótesis bastante plausible, y por eso toda moral me ha dado siempre un tufillo a religión.

      Por otra parte, en comparación con la edad de nuestra especie, estamos huérfanos de dioses sólo desde hace un instante, como quien dice. Prácticamente toda la moral que soportamos y sus derivados, los principios y valores, los conceptos de bueno y malo, se han originado y nos han llegado a traves de cientos de miles de años de religiones, ignorantes creencias en dioses de una u otra catadura. Es la nuestra una moral de procedencia eminentemente religiosa, nos guste o no. Hoy estas creencias están en crisis porque la ciencia ya no necesita a Dios; pero el hombre tal vez aún sí, lo mismo el creyente que el ateo, y quizá por eso la moral todavía permanece aunque la religión parezca haber muerto.

      Y es así que yo siento que hay ese parentesco entre ateísmo y amoralidad: porque me parece que todo hombre necesita creer en algo; no sólo en su familia, sus hijos o seres queridos, sino en algo más; necesita creer que, aparte asegurar un futuro a su descendencia, su vida tiene algún sentido, aunque sea como simple broma macabra (y donde hay una broma hay un Bromista, ¿no?); todo, antes que aceptar que tanto nosotros como el universo entero somos un puñetero evento del azar, una insignificante casualidad de los átomos. Y pensar en que nuestra vida debe tener un sentido, ¿no equivale a pensar en Dios? Sólo quien acepte el Absurdo Mayúsculo, sólo quien crea en un irredimible Sinsentido, podrá ser un verdadero ateo; pero entonces habrá de ser también un cínico, un amoral o un suicida.

  2. Por sus obras los conoceréis. Yo iba el otro día en moto hacia Soria, atravesando unos campos verdes y asombrososos, y me dije a mí mismo pensando en estos que dicen que Dios no existe apoyándose en una presunta lógica racional : “¡Por mis cojones no existe!”

    Vamos, que Dios existe o no existe por los cojones de cada cual, porque cada cual apoya su tesis en un apriorismo apoyado exclusivamente en su propia voluntad, o sea, en sus cojones.

    Débil argumentación porque las mismas razones hay para decir que existe como que no existe. Y es que no hay razones para ser ateo o creyente, las hay en todo caso para ser agnóstico, como yo era hasta ayer mismo como quien dice.

    Pero hay una diferencia a favor de los creyentes. A ningún ateo se le presenta Dios para decirle: “macho, tienes razón, no existo”; en cambio a muchos creyentes sí se nos ha presentado Dios para decirnos “no te escapas, tronco, yo existo y no te quedan más cojones que reconocerme”.

    A mí me ocurrió en Uzbekistán, así que sé de lo que hablo. Claro que al ateo le queda siempre el recurso de decir que estoy loco o sugestionado. Pues sí, loco o sugestionado, pero por sus cojones.

    • The Pabster dijo:

      Al final nos veo, dilecto Miquel, fundando una hermandad o una orden religiosa. Ya lo verás. O como aquellos charlatanes conversos que dejaban casa y hacienda para irse a predicar bajo el cielo inclemente, a lomos de un humilde borrico, el milagro de su iluminación.

      ¡Bienvenido seas, por cierto!

  3. Suso dijo:

    Vaya…
    Si va a resultar que sí hay “iluminados”.

    Yo no he visto a dios y ciertamente no forma parte de mi agenda (yo hago mi agenda como los políticos, anoto en ella a quién quiero visitar según mis intereses personales).

    Me aterra encontrárme a ese ser superior por aquello tan obvio de que me vería en el deber de preguntarle el porqué de esta broma absurda de la creación.

    Prefiero pensar en aquel argumento (que ahora no recuerdo en las páginas de qué novela lo hallé -que no hayé-) que defiende que dios montó todo este tinglado -aún no se ha averiguado muy bien con que objeto- y al poco se aburrió de observarnos y cambió de ocupación para dedicarse a asuntos de mayor envergadura que nosotros.
    Tiene sentido ¿verdad?. Eso daría valor al argumento de que nos hizo a iamgen y semejanza suya. El ser humano (incluídas las “personas humanas”, por supuesto) duramos más bien poco tiempo dedicados a una sola ocupación y, cuando ya no la encontramos interesante o satisfactoria la abandonamos, generalmente de forma poco noble.

    Pero volviendo al tema de este hilo (si es que se puede hablar de un solo tema en tremendo debate que se está organizando de forma espontánea en el Pablog) estoy totalmente de acuerdo en que toda y cualquier moral que se peuda esgrimir hoy en día, tiene una base religiosa, sea del signo que sea.
    Y eso precisamente es lo que yo no deseara para mi persona.
    Me gustaría disponer de una moral “susiana” -es decir, de Suso- y no una moral formada por los retazos de una educación basada en el cristianismo transmitido en cada acto de sus vidas por mis padres, mis profesores y mi entorno social.
    Pero no puede ser, así que tendré que convivir con esa moral y ese concepto del bien y del mal, creyendo estar en lo acertado en cada acción que ejecuto.

    Lo único que me queda es rebelarme contra las religiones que la han creado, pero no porque me parezca una mala opción esa moral que tengo, sino porque los creadores de esas morales las han traicionado y siguen traicionando día a día.

    Yo tampoco sé si dios existe pero prefiero pensar que no.
    Es absurdo, lo sé. Pero siempre me ha gustado el teatro del absurdo

    • The Pabster dijo:

      “¡No siento las piernas!”, decía el hombre asustado, acosado, acorralado. “¡No siento las piernas!”

      Eso de lo que tú me hablas, Suso, está “aguas arriba”, por así decirlo. Aguas arriba de mi batalla. Es un escalón más alto, más cerca del origen y, en cierto modo, más lejos de mí. Me refiero a la cuestión de la existencia de Dios, que es bizantino e irresoluble debate (por la consabida imposibilidad de demostrar un hecho negativo) en el que yo prefiero no entrar. Que Dios no exista me parece a mí la proposición más razonable y sensata del mundo; pero el hecho de que sea razonable no me impide anhelar unas respuestas que la propia razón me escamotea. Y es que, al tiempo que mi cerebro se niega a creer en Dios, se niega también a aceptar el absurdo. Y ahí es cuando viene el problema, que es como el otro -más prosaico pero no menos insoluble- que tengo con las mujeres: que no puedo vivir con ellas, pero sin ellas tampoco. Pues eso: ni me sirve Dios para nada, ni me siento más cómodo sin su existencia. Aunque, desde luego, en el que no creo de ningún modo es en ese Dios que concebimos los hombres a nuestra imagen y semejanza. Vamos, el de la biblia. ¡Valiente tío cabronazo! Ahí estoy de acuerdo con aquel que dijo que leerse la biblia era razón más que suficiente para apostatar de cualquier creencia que en ella se funde.

      Pero eso de la existencia de Dios es cuestión muy complicada y doctores tiene la Santa Madre Iglesia que os sabrán responder; por eso yo prefiero quedarme en mi modesto debate aguas abajo, el de los ateos, el Absurdo y la moral. Y al hilo de tu comentario, se me ocurre que esa carencia que tanto acusas de una moral propia, susiana, tal vez no viene sino a subrayar mi sospecha de que la moral es religión, pues a la hora de intentar inventarnos una moral propia estamos como al que le dan un chicle para crear un campo eléctrico: o sea, en pelotas.

  4. Laisa dijo:

    Interesante debate. Espero estar a la altura de los anteriores.

    Yo soy creyente, en primer lugar porque “siento” la existencia de esas cuerdas de las que hablan los físicos (¿o son ya metafísicos?) y que menciona Pabs. Digresión: ¿por qué las comillas a la palabra siento? Porque creo que debería hablarse de la religión como un sentimiento: la persona que reza, siente que dialoga con un interlocutor silencioso. En eso consiste en esencia el fenómeno religioso. Personalmente, todas las fórmulas racionales de justificar las creencias desde la razón, no me valen (si Dios cabe en la cabeza de un humano, entonces es un Dios muy pequeño).
    Pero, además de este sentimiento y, quizá de forma paradójica: soy creyente porque es más práctico. Hace algún tiempo me topé con “el dilema de Pascal” que viene a aplicar la probabilidad matemática a la opción ser creyente o no serlo. En resumen, sobre el dilema de creer o no, Pascal dice “Prefiero equivocarme creyendo en un Dios que no existe,
    que equivocarme no creyendo en un Dios que existe. Porque si después no hay nada, evidentemente nunca lo sabré, cuando me hunda en la nada eterna; pero si hay algo, si hay Alguien, tendré que dar cuenta de mi actitud de rechazo.” Para mí, esta idea cierra el debate: sólo en el caso de que se nos pruebe científicamente que Alguien no existe, es más útil pensar que Alguien puede estar ahí.

    ¿Y los científicos tienen esa prueba? Según recojo del periodico: “Hawking aventura que la llamada teoría-M, proposición que unifica las distintas teorías de las supercuerdas, conseguirá ese objetivo (conectar las partículas subatómicas con la gravedad): “La teoría-M es la teoría unificada con la que soñaba Einstein. El hecho de que nosotros, los seres humanos, que somos tan sólo conjuntos de partículas fundamentales de la naturaleza, estemos ya tan cerca de comprender las leyes que nos gobiernan y rigen el universo es todo un triunfo”, escribe el astrofísico.” Creo que estas teorías tienen el problema de que no saben si hay 10 dimensiones o veintitantas….En fin, que de momento, no está muy claro que lleguemos a la fórmula matemática por la que Dios no exista. Pero es que además, y volviendo al inicio, quizá es una cuestión de terminología: tu llamas cuerdas, a lo que ya llamo Dios, ese espíritu que flota sobre las aguas de la creación.

    En cuanto a la relación entre ateísmo y ética, posiblemente la solución también sea práctica: el ateo no puede prescindir de las reglas morales o éticas, por la misma razón que no puede prescindir del Código de la Circulación: porque permiten el mantenimiento de la sociedad y la contención del caos.

    Espero no haber aburrido a mis interlocutores (no silenciosos, eso sí)

    • The Pabster dijo:

      Bueno, a mí ese de los rezos es un traje que me queda dos tallas pequeño, por decirlo de algún modo. O dos tallas grande, para no menospreciar. Ya bastante trabajo tendría con aceptar la existencia de una Razón universal. Dedicarle oraciones sería pedir demasiado de mi credulidad.

      Por lo demás, estoy contigo en que las creencias no pueden justificarse desde la razón. Por eso son creencias, actos de fe. Sin embargo, yo carezco de ésta pero no de aquélla, y es precisamente la razón quien me insufla la duda (aunque nada pretende justificar): de un modo algo paradójico, me proporciona la certeza de la inexistencia de Dios y, al mismo tiempo, me dice que Él sería un buen remedio frente a un mundo absurdo; y por desgracia a mí el dilema de Pascal me reconforta muy poco, porque se me da un ardite tanto equivocarme en la afirmativa como en la negativa: si hay un Dios, no va a exigirme cuentas algunas. Mi propio dilema es sutil en grado sumo: yo no forcejeo contra la inexistencia de Dios, sino contra el Absurdo. Y, ante este dilema, me encuentro un poco en la tragicómica situación del gallego a quien le preguntan por las meigas: “eu non creo nelas, pero habelas, hainas.” (Y, dicho sea de paso, ¿qué es el gallego sino un castellano mal hablao?) Pues eso: yo no creo en Dios, pero tiene que haberlo. Y lo que más me jode de no ser creyente es que cuando me desespero o me cabreo no tengo a nadie contra quien blasfemar, aunque no pueda evitar la costumbre adquirida desde la infancia, ya incorporada de forma indeleble a mi temperamento, de mirar hacia el cielo con ira.

      En fin: bromas aparte y volviendo a mi exposición inicial, lo que a mí me cuesta trabajo aceptar es esa gran proporción de ateos convencidos. Pero a aquellos que de verdad lo están, los admiro.

      Por cierto: no creo que la teoría-M vaya a suponer diferencia alguna en estas cuestiones metafísicas. Con unificación de las fuerzas o sin ella, entendiendo o no el funcionamiento del universo, éste ahí sigue y la incógnita en pie con él: “¿para qué?”

      Por último, no veo por qué el ateo no pueda prescindir de moral. ¡Si hasta yo, que no soy ateo, puedo prescindir de ella! Me considero un ser impecablemente amoral. En lo íntimo de mi ser, desdeño la moral como desdeño parte del Código de la Circulación. Ahora bien: otra cosa es que acepte las reglas del juego para que no me echen de la partida; al fin y al cabo, soy tan social como cualquiera.

  5. Suso dijo:

    Pero, ¿quién fue primero; el huevo o la gallina?…

    ¿Como es posible no pensar en la inexistencia de ese dios?
    Ah, perdón. Ya sé. La fe. Ese endiablado argumento que hace posible el sostenimiento de toda religión, por absurda e insostenible que sea.
    Jamás argumentes con un creyente porque todos los hilos de tu discusión te llevarán inoxerablemente hasta el argumento final de la fe. Hace ya tiempo que no discuto con gente religiosa. Les dejo que me cuenten su historia si se ven muy obligados a ello y luego borro todo eso y sigo mi camino.

    “¡ Se cree y listo ! Esto no tendría ningún sentido sin dios…”

    Y digo yo ¿quién creó a dios? Y ¿quién creó al que creó a dios? (Mejor no sigo que incluso Internet es limitado y podría provocar un colapso en las redes)
    Y lo que me causa mayor desazón aún si cabe: ¿para qué? ¿con qué objeto?
    Como se puede observar hasta para ser ateo se carecen de argumentos.
    Lo único que se me ocurre para defender el ateísmo es hacer preguntas que no tienen respuesta. ¿Ridículo, verdad?
    Tan ridículo como la fe como único argumento para defender la existencia de ese supuesto ser.

    También están a favor de su existencia argumentos como los que se han esgrimido en este espontáneo foro que se ha creado en Pablog.
    Cito textualmente: “si dios cabe en la cabeza de un ser humano es que es un dios muy pequeño”.
    Vaya, que bueno. O sea, que como dios es grande y omnipotente no cabe en neustra cabeza y por eso no hace falta que intentemos comprender que existe sino simplemente aceptarlo y listo.
    El otro razonamiento -que ya he oido muchas veces a mi madre católica- es el de que es preferible creer porque si luego resulta que sí existe, tendremos mejor puntuación en no sé que partida extraña de la que nos ha hecho formar parte ese mismo dios (sin habernos pedido permiso, por cierto). Si no creemos seremos castigados en este caso (atendiendo a las enseñanzas de nuestra querida iglesia). Empero, si no existe dios, total, cuando mi vida se apague, ahí quedó todo y, total, no he ganado ni perdido nada. Una pérdida de tiempo en cualquier caso.
    Pero siempre me queda la duda de si ese simple razonamiento no se basa en el miedo y la cobardía… Creo que sí. Y no me da muy buena espina basar mi transitar por este mundo basándolo todo en el miedo.

    Al fin y al cabo solo los hombres me han contado todas esas cosas de dios.
    Aún sigo esperando a que venga él para contármelo. Él o alguien divino, claro.
    ¿Jesucristo, me diríais entonces? Pues me temo que no, que eso no es más que otra leyenda que forma parte de todo este cuento. Es curioso además como se repite y se repite a lo largo de la historia con los mismos elementos. Ni siquiera son originales a la hora de crear mesías que den crédito a la teoría de que existe un ser creador, superior.

    En fin. ¿A ver si al final resulta que yo sí soy ateo?

    Pero eso sí (y para que quede claro que yo también tengo miedo); quiero, como Pablo, seguir formando parte de la partida y no deseo que me echen demasiado pronto. Me lo paso demasiado bien.

    • The Pabster dijo:

      Bueno, es que a ti sí te creo capaz de ser ateo, Suso. Uno de los de a de veras. :)

      No tengo más remedio que estar de acuerdo con los puntos básicos de tu comentario: la absurda cadena de creadores, el insostenible argumento de la fe y su necesidad de que Dios sea algo incomprensible, el apriorístico “dilema de Pascal” (basado, como dices, en el miedo o cuando menos en la pura conveniencia: la fe como seguro de accidentes), la farsa de cualquier mesías… En todo esto soy del mismo acuerdo.

      Sin embargo, noto en tu tono -corrígeme si me equivoco- cierto fastidio, casi un punto de rabia o amargura… no ya hacia los creyentes, sino hacia la propia ausencia de creador. Defiendes la inexistencia de Dios (tan obvia, por cierto, que no necesita abogado) con una vehemencia propia de quien, sintiéndose decepcionado, se revuelve provocativo por ver si el Decepcionador se pica y asoma el hocico por algún lado. No sé si me explico…

      Dime la verdad: ¿no sentirías, en lo hondo de tu ser, un enorme alivio si pudieras verle el rostro a Dios durante tan sólo una décima de segundo? Yo, sí. ¿Y qué clase de ateo, ¡por amor de Dios!, puede ser aquel que se alegrara de encontrárselo? (Bonito silogismo, ¿verdad?)

      En fin, está claro que nada de esto lleva a ningún lado, pero son cuestiones que no puedo evitar plantearme. Y, después de todo, es posible que yo haya dado origen a mayor confusión de la necesaria en este debate al escribir “Dios” cuando en realidad lo que quiería escribir es “Sentido”. Decir que no hay “ateos puros” es provocativo, y ¿quién soy yo para quitaros la satisfacción de negar al Dios clásico? Máxime cuando soy el primero que lo niega. Lo que mi inteligencia, o tal vez mi “espíritu”, se resisten con todas sus fuerzas a aceptar es que todo este universo tan desconcertantemente infinito y eterno, tan maravillosamente complejo (desde sus once dimensiones hasta la vida inteligente, y por tanto la mía), no tenga ningún Sentido.

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