V. De Burgos a Santander, entre montañas y canciones serranas

A lomos de mi fiel cabalgadura me dirijo hacia el norte, en busca del mar, junto al que discurrirá este viaje la mayor parte del tiempo. Siempre por carreteras locales, dejo Covarrubias atrás, rodeo Burgos y tomo la paisajística N623, por aquí llamada “la carretera de Santander”, que en su variado curso atraviesa desolados páramos y pintorescos cañones, bordea pantanos y salva cordilleras. Apenas a cincuenta quilómetros de Burgos, un pueblecito me inspira una parada y algunas fotos: es Tubilla del Agua, pequeña localidad sobre el estrecho valle del río Homillo, cuyas rápidas aguas se despeñan por entre las rocas en llamativos saltos de una altura regular.

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Tubilla del Agua

Feudo de la orden de Santiago y lugar solariego de los Villalobos, que andando el tiempo emigrarían a América, destaca hoy en Tubilla del agua la existencia de tres parroquias. Muchas son, para pueblo tan pequeño, que ni en sus mejores tiempos pasó de trescientos y pico habitantes. Ahora, apenas sesenta almas quedan en él, al haber ido desapareciendo poco a poco –y sobre todo a finales del siglo XX– lo que mantenía la vida de estos lugares, que eran la agricultura y la ganadería de pequeños propietarios.

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Único resto de la muralla que otrora tuvo este pueblo

Una cerveza y una tapa en El Rincón, cuya terraza da sobre una apacible acequia, me sirven de tentenpié hasta la hora de la cena.

Carretera adelante, pasados unos baldíos altozanos que el viento barre inmisericorde, llego al embalse del Ebro y allí abandono la 623 (y con ella la provincia de Burgos), desviándome hacia el oeste para bordearlo y desembocar en Reinosa, uno de esos pueblos que, en la Enseñanza General Básica de mi época, se estudiaban en la asignatura de geografía junto con otros igualmente privilegiados lugares y accidentes. Pero como nunca me inspiró mayor curiosidad, no me detengo en él y continúo hasta Espinilla, donde nuevamente cambio de carretera, esta vez hacia el norte, por una local sin apenas tráfico, que se adentra por la Cordillera Cantábrica atravesando el soberbio parque natural Saja-Besaya, verde todo él, asilvestrado y agreste. Es una carretera estrecha, llena de curvas que van trepando por los montes hasta ganar considerable altura, donde aún quedan muchos parches de nieve sin derretir y el agua mana de las fuentes tan fría como el hielo, lacerando las manos del ocasional bebedor.

Fuente en el parque Saja-Besaya

Rosaura junto a una fuente en el parque Saja-Besaya

Un poco más abajo, paso el desvío que lleva a Bárcena Mayor, al parecer uno de los pueblos más pintorescos de España, que -según dicen- se conserva igual que hace cien años. Pero de esto sólo me enteré después, así que por desconocimiento he perdido la ocasión de visitarlo. Lo apunto para una próxima ocasión.

Una tormenta vespertina me obliga a refugiarme en una venta al borde del camino, famosa al parecer por su cocido montañés, y donde un nutrido grupo de comensales, montañeros, se halla en la fase de entonar canciones regionales; cosa que no hacen nada mal, los condenados; así que aprovecho mi parada obligada para pedir un café y disfrutar del espontáneo concierto. Afinan bien y alegran mucho la tarde. Es un placer -y una feliz concidencia- asistir a una muestra de cultura tradicional que aún no ha sido adulterada por la “modernidad” ni vulgarizada o frivolizada por las redes sociales. Cuando, una hora más tarde, el cielo escampa, me da lástima verme obligado a continuar viaje; pero no hay más remedio, no sea que caiga luego chaparrón y se me haga ya demasiado tarde para buscar alojamiento. Por desgracia, en este mesón no alquilan habitaciones.

A medida que la carretera desciende por el lado norte de la sierra, va recogiendo, como si fuera un río, el tráfico de las afluentes y haciéndose poco a poco más ancha. Los pueblos de recio nombre (Fresneda, Renedo, Barcenillas, Ruente, Santibáñez) menudean otra vez y, tras un par de intentonas fallidas por el camino, en Cos (cerca de Cabezón de la Sal) doy con una pensión muy apañada y a buen precio, regentada por una paisana muy amable, que me acoge con la franqueza de carácter típica de esta gente del norte y me deja aparcar la moto en su cochera particular, aunque no creo que aquí corriese ningún peligro en la calle. Pero me ocurre con frecuencia que mis anfitriones se preocupen por Rosaura más que yo. Quizá es porque ellos están al tanto de peligros de los que  yo no soy consciente, o quizá es sólo por esa especie de reverencia o medroso respeto que mucha gente siente por las motos grandes.

No hay en Cos bar alguno, así que para cenar algo la patrona me sugiere que vaya hasta alguno de los pueblos vecinos, río abajo. Como Cabezón está un poco lejos para ir andando, y de moto ya estoy cansado, me voy caminandn por un senderillo que discurre entre arboledas junto al río Saja hasta el pueblo vecino, Mazcuerras, donde -ahí sí- en un bar junto a la carretera me preparan una ensalada de hortalizas bien frescas y alguna otra cosa. El camarero es un tipo seco, de pocas palabras, pero servicial. Dos o tres clientes, conocidos, remolonean por allí un poco hasta que al final me quedo solo. Gente sobria pero noblota, estos cántabros.

Cuando regreso a Cos ya casi anochece. Hace fresco, y unas nubes bajas, meonas, quieren convertirse en niebla. En la pensión estoy solo, sin más clientes ni personal, y apenas escucho otro ruido que, de rato en rato, el de algún coche pasando por la carretera. La quietud y la noche sumen a este lugar, a este momento, en una atmósfera de irrealidad.

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Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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