Por la Gascuña de d’Artagnan

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Francia va de bien en mejor y ahora me tiene boquiabierto. Si ya me sorprendó a la ida, a la vuelta me está fascinando. ¿Quién me lo iba a decir? Toda la vida teniéndole antipatía y resulta que es, quizá, el país más bonito de Europa. ¡Y pensar que, después de recorrer Noruega, creí que ya no me quedaba nada por ver!

Puente sobre el sinuoso Vézière

Puente sobre el sinuoso Vézière

Detalle del puente: la pasarela es de madera

Detalle del puente con su pasarela de madera

He zarpado esta mañana más temprano que de costumbre a causa de la intempestiva hora del desayuno en la casa de huéspedes (diez de la mañana, ¡qué locura!) y he continuado viaje hacia el sur suroeste creyendo que, al aproximarme a las extensas campiñas de Aquitania, el paisaje sería más feo, pero por suerte me equivocaba. Por ejemplo en este departamento de Dordogne, aún algo montañoso, si un paisaje es bonito el siguiente lo es más y si un valle tiene encanto el siguiente lo supera.

Palacete con jardín, valle del Vézière

Palacete con jardín, valle del Vézière

Boscosas laderas sobre el río Vézière

Boscosas laderas sobre el río Vézière

En la región de Limusín y valles del Vézière y del Dore, ¡qué lugares! Campo y montaña vestidos de otoño, llenos de contrastes: los prados verdecidos, la amarillenta hojarasca, los oscuros pinares, caseríos de piedra y madera, jardines tras los muretes de mampostería con sus verjas de hierro, gallardas construcciones con arcos y columnatas, palacetes con torreones, terrazas y balaustradas… un auténtico carrusel de paisajes.

Romántico caserío

Viejo caserío, pero aún con actividad

Nuestra Señora de los Campos, y palacete al fondo

Estatua de Nuestra Señora del Campo, y palacete al fondo

Pero a última hora se me va la mano y, en poco más de diez quilómetros, la carretera desciende hasta una ancha campiña mucho menos atractiva, departamento de Lot y Garona. Es uno de esasos valles calurosos (seis grados ha subido la temperatura), ajetreados, semi industriales.

Sugerente albergue del Puente, valle del Vézièr

Sugerente albergue del Puente, valle del Vézière

Conjunto medieval junto al Vézière

Conjunto medieval en el valle del Vézière

Aunque a las tres de la tarde ya había cubierto la jornada y podía haberme quedado en cualquiera de los muchos lugares encantadores y sugerentes que he visto, hoteles en mitad del campo, tranquilos, que invitan al viajero, por querer avanzar otro poco me he pasado de frenada, y cuando me pongo a buscar alojamiento ya he dejado atrás lo mejor. ¿Quién me mandará? De hecho, al ver en el mapa que la carretera dejaba de tener curvas, podía haberlo imaginado. Pero ya está hecho, y tampoco es cosa de volver atrás.

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Para encontrar hotel por aquí he tardado una hora, porque la mayoría están cerrados, y si me descuido se me hace de noche. La crisis debe de haber sacudido fuerte en esta región. El primer pueblo que probé, feo y maloliente, no tenía ninguno (de lo que casi me alegro). En el siguiente, donde mis útiles de navegación y letreros de carretera indicaban cinco hoteles, resulta que estaban todos cerrados. Al final he venido a parar a Villeneuve-sur-Lot, un pueblo muy normalito en una región de Marruecos donde viven bastantes franceses. Me alojo en un pequeño hotel en un barrio tranquilo, junto a una plaza sin más tráfico que el de los coches que aparcan; aunque como los huéspedes de la planta de arriba son ruidosos y el suelo es de tablero, ya veremos si descanso. Tan pequeño es que la recepción apenas merece ese nombre, y más parece un armario. El recepcionista, un hombrecillo también pequeño y alegre, apesta a alcohol.

Orilla oeste del Lot a su paso por Villeneuve

Orilla oeste del Lot a su paso por Villeneuve

Al darme un paseo por el pueblo veo que hay bastantes casas en venta -otro efecto de la crisis, supongo- algunas de las cuales tienen muy buen aspecto y están situadas nada menos que en la orilla del río, la zona más bonita de Villeneuve con diferencia.

Villeneuve-sur-Lot, fachadas mirando al sol

Villeneuve-sur-Lot, fachadas mirando al sol

Sentado a un banco en una pequeña alameda veo las fachadas de las casas que cuelgan sobre el río iluminadas por un sol que ya va declinando; y un sonido me sume en nostálgicos recuerdos: son los tres toques de campana, a intervalos de quince minutos, con que se llama a misa a los feligreses; una costumbre también de mi tierra natal, que tenía olvidada hace muchos años. Es curioso que haya tenido que venir a Aquitania para revivirla.

De Peyrat-le-Chàteau a Villeneuve-sur-Lot

De Peyrat-le-Chàteau a Villeneuve-sur-Lot

Ya es mañana. Apenas he podido dormir cuatro horas porque la ansiedad -que se ha propuesto amargarme estas últimas etapas del viaje- me ha tenido el estómago encogido toda la noche, y continúa. Incluso conduciendo la moto -que suele relajarme- sigue molestando.

Cuando llevo cuarenta millas me detengo en Condom -desafortunado nombre- para tomarme mi penúltimo café a la francesa. En el bar se les han acabado los croasanes, pero me indica la simpática, joven y bella camarera que, mientras me pone el café, puedo comprar uno en la boulangerie de más arriba. Es aquí costumbre que te ayuden a conseguir un croasán con el que acompañar tu café para desayunar como mandan los cánones. En general, son los franceses serviciales con la clientela y poco amigos de poner pegas ridíclas. Muy merecida tienen la fama de buen turismo.

Calle céntrica en Condom

Calle céntrica en Condom

En una plaza junto a la terraza donde estoy, junto al muro de la iglesia, hay una estatua de d’Artagnan y los tres mosqueteros: esto es Gers, el corazón de Gascuña, cuna del inmortal personaje de Alejandro Dumas. Al callejear un poco por el centro descubro un típico pueblo francés, armonioso y bien cuidado, atractivo, todo construcciones antiguas en piedra y madera, sin modernas estridencias. Además he vuelto a salir de Marruecos: no es que aquí no haya moros, pero muchos menos que en Villeneuve-sur-Lot. Lo que sí hay son más turistas: he escuchado a alguien hablando español y también a dos norteamericanas con su inconfundible acentro y resonancias nasales.

D'Artagnan y los tres mosqueteros en el corazón de Gascuña

D’Artagnan y los tres mosqueteros en el corazón de Gascuña

Subo a lomos de Rosaura y continúo rumbo al sur. Aunque el día ha empezado regular, abatido por la ansiedad y la falta de sueño, poco a poco parece que va enderezándose. El paisaje de esta tierra, entre bosques y viñedos, sembrados y suaves colinas, está salpicado de granjas, castillos, torres, iglesias y abadías que despiertan el interés del viajero. Doy la jornada por concluida en Navarrenx, un bonito y pintoresco pueblo, considerado uno de los más bonitos de Francia, ya bastante cerca de los Pirineos, donde a la primera de cambio doy con un hotel muy majo junto a la plaza misma. Por el estilo de arquitectura y el urbanismo, se advierte que estamos ya en el país vasco francés; y la etimología del topónimo es un ejemplo aparente.

Tomándome un vino en la terraza del hotel, sobre la más bien desierta plaza, disfruto de la preciosa tarde mientras veo algunos niños corretear por los soportales. Enfrente mío hay un edificio donde ondea una bandera de España, cosa rara. ¿Por qué será? Hacia el este, el cielo se cubre de nubes de lluvia y parece que se gesta un chaparrón.

Puente sobre el Gave d'Oloron

Puente sobre el Gave d’Oloron

Así que, antes de que se ponga más feo, me doy por ahí una caminata, como he intentado hacer todos los días durante este viaje. Navarrenx se halla sobre el Camino de Santiago; y más allá de su puerta sur, en la salida hacia España por donde cogeré mañana con Rosaura, junto al puente sobre el Gave d’Oloron están los gendarmes apostados. Es la primera vez que los veo en dos semanas, y no puedo evitar un pensamiento poco favorable hacia nuestro cuerpo gemelo, la Guardia Civil: ¡ya podían ser así de discretos! España sigue siendo un estado policial, donde el verdadero espíritu de la democracia no lo conoce ni la madre que lo parió.

Etapa de Villeneuve a Navarrenx

Etapa de Villeneuve a Navarrenx

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