La visita

Estábamos en la cocina. Situado de pie, junto al niño, contemplaba yo cómo asentía -callado, obediente- a cada frase que su madre, con regular cadencia, le decía, aunque su voz -como en una película muda- no me llegaba, voluntad creativa del artífice de la escena. Indiferentes a mi presencia -o tal vez ajenos a ella, como a la de un espectador invisible- sentábanse el uno frente al otro a ambos lados de la mesa. Era un niño de tez pálida, lacio el cabello castaño y unos ojos oscuros que miraban a su madre con atención, pero a la vez con un aire vago y ensimismado, como de quien está inmerso en sus propios pensamientos, o un algo inquietante, como de quien vive en otro mundo o, quizá, en otro tiempo. Con una lástima inmensa, con la ternura y el amor que nunca profesé por nadie más, observaba yo su inocente rostro infantil, tan familiar y ajeno a un tiempo; su paradójica expresión, mezcla de atención y ausencia, morada de enigmáticos pensamientos o -tal vez- reflejo de una infinita candidez; y sentía por él una enorme piedad, derivada de conocer cuánto había de sufrir aún y envejecer su alma, ahora ingenua y pura.

Me incliné hacia él y, acariciando su cabeza dulcemente entre mis manos, lo besé en la turgente mejilla con calor, con inefable cariño, con el sentimiento del que se despide quién sabe si para siempre, como mis tías del pueblo me besaban cuando, al final de cada verano, regresaba con mi familia la ciudad. Sin dejar de escuchar a su madre, él aceptó mi beso sin dedicarme una mirada, una muestra de afecto, tampoco de disgusto; parecióme, más bien, como si no lo hubiera recibido; y tal vez así fue, pues aquel niño que tenía junto a mí, al que podía ver y tocar tan realmente, no era otro que yo mismo.

Cuando más tarde, al despertar, el hechizo de mi sueño se disipó, traté desesperadamente de recordar si alguna vez, durante mi infancia, sentí el calor de un beso fantasmal en la mejilla; si tuve algún día, siendo niño, el pálpito de estar recibiendo una caricia invisible; si me estremecí alguna vez con la impresión de ser visitado desde el porvenir… Pero no lo conseguí.

¡Ah, qué encuentro más triste y melancólico! Y, no obstante, ¡qué emoción la de haber podido verme a mí mismo desde el más allá, de manera tan vívida y palpable, cuando no era más que un niño: aquel niño silencioso de los ojos ausentes bajo sus cabellos lacios!

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Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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5 respuestas a La visita

  1. julio dijo:

    Al margen de trasfondo trágico, el relato plantea una paradoja muy interesante.

  2. Artur dijo:

    Dear Pablo, it’s one of the most touching entries I’ve ever read here, and not only here. It evokes some deeply hidden thoughts inside me.
    Take good care!

  3. LEIRE H Q dijo:

    Tu niño interior EXISTE =)

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