La galleta del bien y del mal

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Al principio era la galleta. Todo devenía con absoluta perfección y máxima eficacia. Yo mojaba las galletas en la leche como debe ser, como el Dios de Jahvé (con gran venganza y furiosa ira) había mandado a los hombres que hicieran: pinzándolas por un punto de la periferia, con su cara plana y porosa hacia mí, sumergiéndolas en el vacuno fluido e imprimiéndoles un ligero vaivén adelante y atrás de modo que el blanco líquido se viera forzado a filtrarse por los poros y las empapara en el grado necesario y suficiente para ablandarlas y conformar un bocado exquisito, un impecable equilibrio de textura, sabor y humedad que la boca paladearía con insuperable deleite, nutriendo no sólo al cuerpo sino también, y sobre todo, al espíritu–ad majorem dei gloriam.

Pero entonces llegó el áspid y nos trajo las galletas con chocolate, esa diabólica e insuperable tentación en apariencia tan inocente, tan en armonía con los designios divinos. ¡Nada más lejos de la verdad! Al disponerme a mojarlas enseguida comprendí con horror que la impermeabilidad del chocolate -que por algún nefando apaño entre el maligno y los fabricantes siempre baña la cara plana- impedía la absorción láctea por su lado; y demasiado bien conocía por la experiencia y la dinámica de fluidos que poco podía esperarse de la esmaltada y esquiva cara convexa de la oblea: con excesiva agilidad el mamífero humor se desliza y escapa por los bordes, burlando su destino. ¿Y cómo pensar en asir la dulce tortita al revés, ofreciéndome su lado curvo y lenticular? Tamaña herejía, por ende estéril; tamaña ofensa a las leyes físicas y el orden universal dispuesto por Nuestro Señor jamás mis manos perpetrarían. ¡Ah, qué sibilina y perversa trampa concibió Lucifer! La galleta ya no se empapa, apenas acusa su inmersión en el vital coloide, goteando -al ser extraída- todo el blanco alimento que debía haber absorbido, permaneciendo tercamente rígida y deshidratada, un quebradizo sahara, una hostia aristada, un desafío a la dentadura, el paladar y las encías; el agridulce sabor del pecado.

Los confesores me exortaron a volver a la buena y tradicional María, pero… ¿cómo ignorar lo que se sabe? Cuando se ha probado el cáliz, ¿cómo apartarlo? ¿Cómo pretender un mundo en que las galletas de chocolate no existen? ¿Cómo regresar al camino de la virtud? Sabios doctores me sugirieron que me pasara a los barquillos rellenos, y así hago a veces como terapia en momentos de crisis, pero pronto se pone de manifiesto la vil naturaleza del sucedáneo y el hechizo desaparece sin más.

Ahora todo es oscuridad en mi merienda. La tenebrosa oscuridad del cacao.

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Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
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