La colonización cultural

Lo que vengo a exponer en este artículo trae origen en una curiosidad, en una observación casual que hice cuando estuve visitando Georgia: al caminar por las calles de Tbilisi o de Kitaisi me di cuenta de que muchas mujeres no usaban sostén. Como acababa de estar en otros tres países europeos y en ninguno de ellos había advertido nada por el estilo, lo primero que pensé fue que quizá se trataba de una costumbre regional. Yo había llegado a Georgia sin tener la más remota idea del tipo de sociedad que me encontraría, y estaba por tanto mentalmente preparado para cualquier cosa; aunque debo confesar, por cierto, que al salir de allí cinco semanas más tarde no había hecho grandes progresos en ese sentido: dada la considerable diversidad étnica que hay en Georgia y la plétora de países cuyos turistas la visitan, se me hizo muy complicado distinguir entre nacionales y extranjeros. El surtido origen de las gentes del Cáucaso se mezcla en ese país con el batiburrillo de visitantes turcos, musulmanes, asiático-orientales, eslavos, judíos y europeos hasta el punto de que, si no fuera por el característico alfabeto georgiano presente en letreros, carteles y anuncios por todas partes, sería muy difícil saber en qué lugar del mundo encuentra uno.

(Como nota curiosa, hay sin embargo un fenotipo muy peculiar que se manifiesta en muchas georgianas; es un parecido de familia entre ellas, un algo en sus facciones -la nariz, los ojos, las orejas y la boca- que, una vez detectado, resulta signo inequívoco de su nacionalidad o, al menos, de un ascendiente común. Debe de haber habido, en algún momento de la historia de Georgia, un donjuán excepcionalmente exitoso, un vigoroso semental o un violador implacable que sembró sus genes en cientos de vientres de la población autóctona.)

El caso es que, algunos días después de haber observado esa peculiaridad en el vestir del sexo débil (o, más bien, en el no vestir), empecé a preguntarme si no sería una moda más que una costumbre; aunque, si tal era el caso, me extrañaba no haberlo observado antes en Occidente, que es donde surgen las tendencias que luego se exportan al resto del mundo. Desde luego, bien podía ser que lo de no llevar sujetador fuese una novedad con origen en Georgia, pero no sé por qué se me hacía a mí que salir a la calle sin sujetador no era el tipo de iniciativa con mucha probabilidad de aparecer en una pequeña sociedad ortodoxo-musulmana en el corazón del Cáucaso. Como explicación alternativa, cabía la posibilidad de que esa novedad hubiese nacido, en efecto, en las pasarelas de París o Nueva York pero que las féminas de Georgia la hubiesen adoptado antes incluso que el propio Occidente. Al fin y al cabo, este tipo de países periféricos son a veces los primeros que, en su afán por ser vistos como modernos, progresistas y liberales, aceptan con entusiasmo cualquier idea, por peregrina que sea, que salga de las factorías de ingeniería social del occidente colectivo. Y todos sabemos lo ansiosos que están los georgianos por ser considerados europeos.

Pero aparquemos de momento aquíe esta curiosidad y vayamos a otras dos que observé, también en Georgia, respecto a la apariencia exterior, al aspecto decorativo, de la gente que vi por la calle: por un lado, los tatuajes y piercings, y por otro las prendas rotuladas. En cuanto a los primeros, me fijé en que son sumamente populares, más en las mujeres que en los hombres, y menos en los mayores que en los jóvenes. Elementos, se entiende, al estilo del que se lleva actualmente en cualquier país occidental; o sea que no hablo del clásico y burdo tatuaje de ex-presidiario, zarcillo herencia de un pasado turco ni perforación de tribu mongola, sino al modo contemporáneo, como los que exhibe uno de cada dos viandantes, entre quince y cuarenta años, en Europa o en América; es decir -y claramente en este caso- una moda importada del “primer mundo”.

En cuanto a las prendas rotuladas… bueno, este tema lleva llamándome la atención desde que era joven: en casi cualquier país del mundo, cuando una prenda -normalmente una camiseta o una gorra- tiene letras o palabras grabadas, en nueve de cada diez ocasiones éstas están escritas en inglés o pertenecen al mundo anglosajón. Aunque cuatro de cada cinco georgianos (y esto vale para marroquís, hispanos, tailandeses, japoneses, polacos, rusos…) no habla o ni siquiera entiende inglés, la mayoría de los rótulos que vemos impresos en la ropa vienen en este idioma; lo cual no tiene, en principio, el más mínimo sentido: ¿por qué habría un fulano de comprarse una camiseta rotulada en un idioma que ni él mismo entiende, habiendo otras en la lengua propia o, en su defecto, con bonitos dibujos sin texto? Bueno, pues existe una razón: la de que el comprador de esa prenda intenta -aun no siendo consciente de ello- dirigir a los demás un mensaje; un mensaje que no siempre es, paradójicamente, aquél que viene impreso en la camiseta de marras (bobadas sin sentido, con frecuencia), sino el de que el portador se considera un ciudadano contemporáneo, moderno, “internacional”. (¡Como si ser moderno fuese algún tipo de virtud!, cuando -en mi opinión- las más de las veces sólo evidencia un complejo provinciano.) Y otro tanto puede decirse de muchas tiendas, restaurantes, comercios, negocios y productos de todo tipo que, fuera de los países angloparlantes, se bautizan con palabras inglesas. Georgia no es una excepción a este fenómeno. Si quiere el lector entretenerse un momento, ponga la palabra “gorra” o “camiseta” en un buscador, vea las imágenes que se le muestran como resultado y dígame cuántas están en ruso, en hindi, en chino o en español.

 

“¡El cosmopolitismo!”, dirá alguno. “Es para que todos puedan entenderlo, ya que el inglés es el idioma universal de hecho.” ¿De veras? Si yo quiero llegar al máximo número de receptores con el -a menudo perfectamente absurdo- slogan impreso en mi camiseta, ¿no será mucho más eficaz que dicho eslógan esté en español, entendido por todos los españoles, que no en inglés? No, no se trata de maximizar el número de receptores del mensaje: se trata de que el mensaje es otro; no lo que dicen las letras de mi gorra de béisbol, sino lo que yo digo poniéndome esa gorra.

Permítanme otra breve digresión sobre esta colonización del inglés que sufrimos. Cuando viajo suelo escribir un pequeño diario, a cuyo efecto siempre intento comprar, sobre la marcha, algún cuaderno de notas que, a ser posible, tenga una portada con motivos o palabras del país que estoy visitando. ¿Puede usted creer que, a veces, me ha sido totalmente imposible encontrar un tal cuaderno en ninguna tienda? Recuerdo en concreto los casos de Polonia y Japón, donde las portadas de todos los que pude ver o bien no tenían ningún dibujo o estaban rotulados en inglés, o con dibujos o fotos propios del mundo anglosajón; pero nada que perteneciese al idioma o la cultura nacionales. Interesante, ¿no es cierto? ¿Se imagina un británico o norteamericano ir a comprar un cuaderno a la papelería de la esquina y que todo lo que encuentre esté rotulado en chino, español o ruso?

Hay una última observación que hice durante mi viaje a Georgia: la religion vegetariana ha echado raíces ahí también, pues en sus ciudades no hay escasez de restaurantes de ese tipo. Y puede uno apostar el cuello a que el rechazo a la carne, el pesacado o los productos lácteos no es una invención georgiana. Esa idea les ha llegado de Occidente.

Después de Georgia, mi siguiente parada fue Bielorrusia. Ya sabe: esa autocracia rusoparlante que vive de espaldas a Europa y está gobernada desde hace treinta años por un déspota de mente cerrada y enemigo del progresismo. Pues bien: cuando me pongo a caminar por las calles de Brest, ¿qué es lo que advierto? Que muchas mujeres tampoco llevan sostén. Esto, desde luego, me hizo descartar la hipótesis previa de la “costumbre local” que barajé estando en Georgia, y concluir que se trataba, ya sin lugar a dudas, de una moda de más extenso alcance. Así que me fui al ordenador, hice una búsqueda y… ¡eureka!: resulta que ir sin sujetador es la última tendencia femenina en el año 2022. Y desde luego no se trata de una moda como otra cualquiera, sino que es bastante audaz, por decirlo suavemente; una que, además, transmite -o así lo leo yo- un mensaje especialmente progresista o feminista: una idea al estilo de “Sacudámonos la opresión patriarcal y dejemos que nuestras tetas hablen por nosotras”.

30+ Hot And Sexy Braless Girls - Barnorama

Y junto con esta moda también observé en Bielorrusia la misma proliferación a que me he referido arriba: piercings y tatuajes, así como prendas, negocios y productos de todo tipo, tanto nacionales como importados (incluso de Rusia), rotulados en inglés. Del mismo modo abundan allí los lugares de comida vegetariana, muy populares entre los jóvenes acólitos de la Iglesia Verde.

Ahora bien, Bielorrusia no es Georgia, ¿verdad? El gobierno bielorruso no anhela (al menos oficialmente), como el georgiano, incorporarse a la Unión Europea ni a la OTAN, ni está dispuesto a rechazar la cultura propia para sustituirla por la occidental; razón por la cual me resultó incluso más chocante que en Georgia encontrar una sociedad visiblemente propensa a adoptar los estándares de consumo y las desinhibidas modas occidentales; una sociedad, en suma, culturalmente más colonizada de lo esperado. Y me atrevo a suponer que en Rusia ocurre exactamente igual, siendo Bielorrusia, en cierto modo, una especie de “extensión” de su vecino mayor.

Estas dos experiencias recientes me han inspirado la reflexión que constituye el objeto último de este artículo, y que es la siguiente: Rusia puede ganar la guerra militar que libra contra la OTAN sobre suelo oficialmente ucraniano; Vladimir Putin puede hablar todo lo que quiera sobre religión o valores tradicionales y promulgar todas las leyes que vea oportunas para preservar el patrimonio cultural ruso, proteger la iglesia ortodoxa, la familia y los niños, sujetar con rienda corta a la mafia transgénero, evitar la inmigración indiscriminada y mantener la política de Moscú a salvo del lobby verde; Lukashenko puede gobernar su país con mano de hierro; los países del BRICS pueden lograr crear un nuevo polo de poder mundial, descabalgar al petrodólar y acabar con la hegemonía norteamericana… pero la colonización cultural del mundo por EE.UU. es una realidad, quizá irreversible; una empresa que las industrias del mercado y de los mass media norteamericanos acometieron hace bastantes décadas y que no ha encontrado oposición desde entonces. Simplemente no han tenido competencia alguna. Y esta es acaso, mucho más que la militar o económica, la principal amenaza para todos esos nobles objetivos que Putin dice perseguir, porque con la colonización cultural puede finalmente llegar -y seguramente lo hará- la victoria decisiva del globalismo, pese a todos los supuestos esfuerzos de determinada sociedad para mantenerse alejada de él.

No puede negarse, creo yo, que la moda es un ingrediente esencial de la cultura, que a su vez puede identificarse con las tradiciones. La historia nos proporciona no pocos ejemplos de sociedades que comenzaron aceptando y asimilando los hábitos de comer, vestir, adornarse, u otras manifestaciones de una cultura foránea dominante y acabaron “comprando” el paquete completo de sus costumbres, opiniones y valores.

A principios del siglo diecinueve la sociedad española era muy tradicional. Pese a su victoria sobre las invasiones napoleónicas, una vez que se expulsó a los intrusos la población comenzó a adoptar las modas francesas, no sólo en el vestir sino cada vez en más ámbitos a medida que pasaban los años. Europa era, ya se sabe, una civilización “culturalmente superior”. Dos o tres décadas más tarde los españoles se habían tragado ya la mayoría de los valores franceses, lo que hizo, a su vez, que la política en España cambiase drásticamente. Y ese fenómeno de la absorción de costumbres foráneas continúa. ¿Quién habría imaginado, hace sólo tres décadas, que en España íbamos a acabar celebrando Halloween, una fiesta tan absolutamente ajena a nuestra cuna católica, a nuestro propio folclore y herencia cultural?

Con esto no quiero decir que haya nada intrínsecamente “malo” en las modas, en los hábitos alimenticios o en las producciones de televisión extranjeras, ni que las sociedades deban aislarse del resto del mundo y rechazar toda influencia cultural extraña. Me limito a hacer constar el hecho de que todas estas influencias tienen, al final, un fuerte impacto en los valores y prioridades de un pueblo; tanto más cuando, como es el caso de los medios de comunicación prevalecientes, las redes sociales, el cine, el vegetarianismo o el no llevar sostén, se han diseñado con el objeto de diseminar determinados mensajes y creencias sobre cómo debe vivirse virtuosamente. Y esto, al fin y a la postre, no puede sino acabar en cambiar la sociedad objeto; o, dicho de otro modo, en una mayor colonización cultural.

Y en el mundo actual, donde ya no hay barreras a la comunicación ni al transporte, es más fácil que nunca que se dé este fenómeno. Además, conviene notar que el flujo de la moda ha sido unidireccional durante las últimas ocho décadas: se originan en Occidente (sobre todo en EE.UU.) y viajan hacia el resto del mundo. Casi nunca sucede a la inversa. Esta es la razón por la cual, a nivel global, no se ven camisetas rotuladas en ruso por doquier, ni franquicias japonesas en cada esquina, ni películas argentinas en cada sala de cine ni gazpacho en todos los supermercados del globo como sí se ve la Coca-Cola, pese a ser aquélla una bebida vegan-friendly y ésta no. El intercambio cultural no es multidireccional, sino que viene sólo de un lado. Las creencias, actitudes, ideas, modos de pensar, etc., promovidos por Occidente son ubicuos: en todos y cada uno de los anuncios, revistas, películas, documentales, series, comestibles, portadas de cuadernos, envoltorios, gorras, camisetas, etc., y no digamos en las redes sociales, hay algún mensaje, abierto o subliminal, que el mundo entero puede ver, percibir y en última instancia absorber, aunque sea de manera subconsciente. Y tras dichos menasjes hay una maquinaria profesional, muy especializada y efectiva, con décadas de experiencia, bien subvencionada y engrasada.

Permítanme relatar otra pequeña historia. En uno de mis viajes, por pura suerte estuve pasando una semana en la tierra y entre los indios cree de Chisasibi, a las orillas de la bahía James, provincia canadiense de Quebec. Tuve ocasión de dormir en el improvisado teepee (tienda india) de una familia y de charlar varias veces con el organizador de la conmemoración que andaban entonces celebrando. Esto es más o menos lo que, en tono apenado, me contó:

Nuestra nación (los cree) recibe un montón de dinero del gobierno en ‘compensación’ por los espolios territoriales y la limpieza étnica del pasado. Además, se nos anima a practicar nuestro modo de vida tradicional, para lo cual nos dan importantes incentivos económicos, como viviendas, motonieves, autonóviles, combustible o electricidad gratuitos, a condición de que quien se apunte al proyecto se comprometa a permanecer aquí y continuar nuestras tradiciones, seguir cazando y pescando, criar algunos renos y continuar erigiendo teepees de vez en cuando. En suma, una vida libre y prácticamente gratis. Pero nuestros hijos lo rechazan. Prefieren hacer lo que ven en la tele, estudiar en Montreal o en Quebec, trabajar y vivir allí, en el sur. Algunos de nuestros jóvenes incluso se avergüenzan de su apariencia nativa: quieren SER blancos, parecer blancos, vestir y maquillarse como en la metrópolis, abandonar nuestro lenguaje, hablar sólo francés o inglés… Pese a todo el dinero que nos dan y las ventajas de vivir aquí, la juventud continúa emigrando; nuestra población declina y al final nuestra comunidad desaparecerá.

Esta fue una de las experiencias más reveladoras de mi visa, y un claro ejemplo de lo que hace la colonización cultural.

Por consiguiente, y volviendo al tema de Rusia, me temo que para preservar de modo efectivo sus valores y tradiciones es necesario mucho más que ganar la guerra en Ucrania u organizar un segundo polo de poder en torno al BRICS. La amenaza existencial a Rusia de la que tanto habla Putin no viene tanto de una hipotética agresión militar por parte de la OTAN, sino del hecho real de la colonización cultural. Y es en este terreno donde se debería librar la guerra, más que en el campo de batalla.

Huelga decir que yo no sé qué puede hacerse, si es que se puede y suponiendo, claro está, que se quiera hacer algo. Imagino que sería necesario algún tipo de contraofensiva cultural. Y con eso no me refiero a censurar las emisoras angloamericanas, prohibir los restaurantes vegetarianos, cerrar los McDonald’s o bloquear Facebook e Instagram, sino acometer un esfuerzo serio y a largo plazo para promover y reforzar lo que es ruso, proponer alternativas atractivas y plausibles, volver a la producción cinematográfica de calidad y que no sea una réplica de Hollywood, confrontar o directamente ridiculizar la basura woke de Netflix o Disney, apuntalar el orgullo nacional, explicar a la población lo esencial que es comer carne, educar a la ciudadanía para que valore lo que les es propio y tratar por todos los medios de superar el nefasto complejo de inferioridad que la mayoría de naciones no occidentales han albergado y nutrido desde hace muchos años. E igual cosa deberían hacer otros países. De lo contrario, al final las semillas del globalismo, el individualismo y el relativismo moral seguirán extendiéndose y creciendo hasta la definitiva desocialización (vale decir: deshumanización) de los pueblos, haciendo así estéril, para el supuesto propósito de proteger los valores y las tradiciones, cualquier victoria económica o militar.

Acerca de The Freelander

Trotamundos, apátrida, disidente y soñador incorregible
Esta entrada fue publicada en sociopolítica. Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.