El inglés como lengua fetiche

Posted by on 11/08/2020

Es Polonia. Entro a la ubicua libería Empik para comprar un simple cuaderno y encuentro que, salvo los dirigidos al público infantil, el 95% de la oferta restante lleva en la tapa, acompañando a la ilustración o el patrón cromático de rigor, alguna palabra o expresión en inglés; sin que esto signifique que el otro 5% lo haga en polaco, sino que no lleva texto alguno. Me es imposible encontrar, en todo el gran expositor de cuadernos, una tapa identificable como inequívocamente polaca; y no puedo evitar preguntarme: ¿qué problema tienen en este país con su propio idioma? Y no me refiero a una simple proliferación de la preferencia por el inglés; ni siquiera de su preponderancia, sino de su absoluto predominio en detrimento del polaco, al que arrincona y sofoca hasta su total destierro (salvo, insisto, en la oferta para niños).

Si estuviésemos en España (donde, aunque quizá en menor grado, supongo que también se dará este fenómeno) no tardaría en asociar la respuesta a esa pregunta con la leyenda negra. Pero no existe una leyenda negra polaca y se trata, además, de un pueblo en general muy patriota. ¿Por qué, pues, esa fascinación por el inglés?

Por supuesto, es demasiado fácil evitar una explicación -probablemente compleja- de la causa última de tal hecho desviando la atención hacia otra cuestión aparentemente previa que, no por ello, resulta menos interesante: ¿estamos ante una espontánea preferencia popular que el mercado editorial se limita a satisfacer, o ante una preferencia editorial que la clientela se limita a comprar a falta cosa mejor? En lo que a esta cuestión concierne, yo supongo que, de algún modo, ambas causas son simultáneas e influyen la una sobre la otra, aunque desde luego siempre cabe preguntarse qué vino antes, si el huevo o la gallina, si la demanda o la oferta; pero entonces entraríamos en una discusión bizantina de casi imposible resolución y nuestra ignorancia respecto a la cuestión esencial persistiría: sea culpa de quienes compran los cuadernos, de las editoriales que los ofertan, o de ambos, al final todos ellos son polacos, y mi pregunta continúa sin respuesta: ¿qué de tan malo hay en el polaco que ni un sólo cuaderno a la venta lo usa para frase de portada?

Desde luego, este caso no se limita a Polonia, pues ocurre en otros países, como por ejemplo Japón, donde observé el mismo fenómeno, si bien allí conseguí finalmente encontrar lo que buscaba. Pero, tanto en un lugar como en otro, quiero creer que la causa será similar. Y mientras nadie me sugiera una mejor, aquí ofrezco la mía; si bien, antes de exponerla, conviene desechar con carácter preventivo esa posible explicación, atractiva por lo sencilla, pero insatisfactoria, que alguien podría aportar: “es que hoy día el inglés es un estándar de facto, el idioma más útil y práctico del mundo”. Por supuesto que lo es; pero aquí no se dilucida qué lengua deben los poderes públicos enseñar a sus habitantes en el instituto, sino por qué al pueblo polaco -o al japonés- le resulta más sexy -por así decirlo- un cuaderno con una frase tonta en el idioma de Shakespeare que la misma frase tonta en el suyo propio, o -ya puestos- en cualquier otro.

Pues lo que yo creo es que el mundo wasp (white anglo-saxon protestant, protestante blanco anglosajón) lleva tantísimas décadas deslizándonos por todos los medios, de manera subliminar pero incesante, el mensaje de la universal supremacía de la raza sajona, que muchas sociedades han acabado por asumirla como cierta y, en consecuencia, por hacer del inglés un idioma fetiche. En el fondo, quizá subyazgan aquí unas causas no muy distintas a las de la leyenda negra: puede que la meticulosa y secular labor de propaganda del protestantismo europeo haya hecho sinergia con la innegable superioridad militar, tecnológica y económica del eje Londres-Washington y hayan acabado convenciendo a muchas naciones de su propia inferioridad cultural y de que, por consiguiente, nada es cool si no viene acompañado de algún lema escrito en inglés, la lengua de los ganadores. Es decir: puro complejo provinciano, señores míos. Y he aquí, dicho sea al margen y para concluir, otra razón más para envidiar a los galos: en Francia no encontraremos nada de esto.

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